Por jlriveirof
Poncio Pilato, en su calidad de gobernador de
Judea, fue el garante expeditivo de la
muerte de Jesús de Nazaret; y en el contexto de la aprehensión e
interrogatorio le pregunta al Maestro: “¿Qué es la verdad?” Pero no espera la
respuesta y de repente se vuelve hacia
los judíos que ofuscados demandaban la
muerte del Hijo del Hombre. En su afán de congraciarse con la chusma, supersticioso y temeroso del César, le manda azotar con un artefacto letal denominado
flagrum o flagelo romano, utilizado por los imperialistas de ese tiempo, para castigar a los insurrectos. En ese caso concreto fue
utilizado para deshumanizarse con Jesús, en un intento fallido por subyugarlo y
oprimirlo después de torturarlo.
Según se dice, fueron aproximadamente
doscientos azotes los que fueron descargados por los infames sobre el torso,
dorso y extremidades de Jesús; que atribulado y herido es presentado de nuevo por
Pilato ante la plebe, a quien se dirigió con estas o parecidas palabras: “ecce homo”, que en latín quiere decir:
“aquí tienen al hombre”, pero, ellos
de nuevo, rechazaron el camino, la verdad y la vida y la crucificaron; privilegiando a un criminal
confeso llamado Barrabás; a quien dejaron en libertad…
1984 años aproximadamente, han
transcurrido desde aquel juicio infame, y hasta el día de hoy; como sociedad, continuamos
rechazando la verdad, la seguimos crucificando y en consecuencia, seguimos eligiendo malhechores; que en su
deseo mimético, cada día se parecen más a Barrabas, a los judíos y a los romanos de aquel tiempo; por flagelar y crucificar a nuestros pueblos, con sus
actitudes y comportamientos; y en insensato contubernio, políticos malhechores y ciudadanos pusilánimes hemos echado sobre sus raquíticos
hombros, una pesada cruz…
Preguntando de nuevo “¿Qué es la verdad?”, nos podemos percatar que a pesar de ser una pregunta
poderosa de permanente actualidad, al igual que el pretor romano, la soslayamos
y damos la vuelta sin buscar la respuesta y nos lavamos las manos. Y; en el sopor de la complacencia, hemos elegido otros términos, como ese de la posverdad, en donde relativizamos lo absoluto
y absolutizamos lo relativo, inmersos en una sociedad liquida –Zygmunt Bauman- en donde las
cosas buenas que antes duraban toda una vida, se han debilitado, se han ido para no
volver, para dar paso a otras realidades más precarias, en donde seguimos
crucificando la verdad, para reencarnar la pos verdad, que ha venido para quedarse como tendencia y no práctica pasajera.
Como antítesis del nombre con que
intitulo este post, cabe preguntarse
entonces: ¿Qué es la posverdad?
Según José Antonio Llorente, socio fundador y
presidente de Llorente & CUENCA/EE.UU.-España; en el 2016, “post-truth” –posverdad-,
fue seleccionada como palabra del año por el prestigioso diccionario de Oxford.
Ese año es característico porque la clase política parasitaria, divulga
noticias falsas, banaliza la mentira y relativiza la verdad. “Los signos de los
tiempos” son interpretados con la emotividad y ya no con la razón, se les resta
importancia a los hechos concretos y se le da relevancia a lo que cada quien
“quiere escuchar, ver y leer”, según su pensamiento político e ideológico.
Izquierdas, derechas, católicos, evangélicos, Etc. Vivimos en la era de la
posmodernidad, en donde cobran vigencia
los “hechos alternativos y las noticias falsas”, es decir, la posverdad…
José Antonio Zarzalejos, Periodista, ex
director de ABC y El Correo/España; se sitúa en el contexto político estadounidense,
previo a los debates presidenciales, hasta las elecciones en ese país y contabiliza
hasta 217 falsedades, en los discursos de los candidatos. Donald Trump se
convierte en el campeón de los pesos pesados en la práctica de la posverdad,
con un 79%, ganándole en todo a su contrincante Hillary Clinton, a quien se le
contabilizó un 21% de falsedades durante
sus fogosos y emotivos discursos.
La posverdad, gana espacios a pasos agigantados,
no solo en la política, sino en el
comercio, la iglesia y la empresa, en donde la máxima maquiavélica: “el fin justifica los medios”, se convierte
en un pensamiento estratégico de grandes envergaduras, no importa el cómo, sino
el que… y eso lo podemos constatar de forma reincidente en las campañas
políticas, como aquella reciente que el actual presidente de Guatemala, acólito
impenitente e incondicional de Trump; utilizó
de forma reiterativa durante su campaña: “Ni
corrupto, ni ladrón”, una mentira que al ser utilizada con asiduidad, por
esos lobos rapaces disfrazados de ovejas; se convirtió en una verdad, al menos
en el imaginario del guatemalteco ignaro; de quienes se dice, fueron engañados
en su buena fe y jugaron con sus sentimientos, al perfilarse esas zorras
politiqueras, como probos en el amplio y
estricto sentido de la palabra.
Hoy, con Ralph Waldo Emerson les puedo decir:
Lo que hace el mandatario guatemalteco suena tan alto, que no nos deja escuchar
lo que dice… y podemos afirmar con toda
severidad, que con celeridad, se ha
convertido en el presidente de la posverdad, y es fácil comprobarlo. Sino
analicemos desapasionadamente el informe de labores presentado en fechas
recientes, ante los cancerberos del Congreso de Guatemala. A todas luces fue un
informe de posverdad, aplaudido solo por sus compinches, pero juzgado,
sojuzgado y humillado por las personas inteligentes, conscientes y responsables, que sin distingos
de ideologías políticas, religiosas y
económicas, quieren dejar a sus hijos y a los hijos de sus hijos, un mejor
país…
De manera imperiosa entonces, urge defenestrar
al escusado a todos los partidarios de la era de la posverdad y evitar
en la medida de lo posible, la estulticia que nace de una religión mal
comprendida y una política mal aprendida…
Santo Domingo de
Cobán, 19 de Enero de 2018
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