viernes, 17 de agosto de 2018

Vidas que dejan huella


Jlriveirof

     Desde los tiempos pretéritos y con la ayuda de algún guionista, muchas sociedades han creado historias sobre héroes y superhéroes, como Supermán, el hombre de acero y abuelo del resto de superhéroes. Batman, Robin, la Batichica, el hombre araña, entre tantos otros hombres y mujeres dotados de poderes míticos especiales.
 Los mismos han protagonizado la pantalla gigante, en donde los hemos visto como unos semidioses con poderes extraordinarios, que siempre anteponen la necesidad de los demás, a la propia. Superhéroes dechados de virtudes, que al ayudar a los otros, se ayudan a ellos mismos. Esa es su  misión y puede ser una dinámica que debe ser puesta en acción, por todas aquellas personas de buena voluntad, para que a partir de ahí, se pueda reconstruir un mundo más justo, solidario y fraterno.
     De tal suerte, podemos constatar en diversas películas, series televisivas y en las historietas escritas, -llamadas chistes durante mi niñez-  que el mal siempre ha sido vencido con la fuerza del bien, en las películas de indios y vaqueros el mal se representó en el indio y por eso solo éste fallecía, en las series policíacas norteamericanas, solo  el policía era el bueno; muy contrario a la realidad que vivimos hoy día los guatemaltecos. Sin generalizar claro está.
     La estima ante estos titanes, se deba quizás, a la necesidad del ser humano de sentirse seguro, de tener una esperanza; de emular a un personaje, aunque  sea ficticio y seguir su ejemplo; sobre todo para aquellos, que han tenido la mala suerte de vivir una niñez y adolescencia turbulenta, por la falta de una figura materna o paterna, y se han dejado guiar y motivar, por estos legendarios personajes.
     En contraposición a lo anterior,  por desconocimiento, o por la práctica de credos confesionales distintos, hemos dejado en el olvido a verdaderos héroes, de carne y hueso y  que con su vida santa y ejemplar han dejado un legado a la humanidad, cuyo estilo de vida podría ser un ejemplo moralmente correcto, demostrable, asequible y evangélico.
     Me refiero a todas aquellas personas que han vivido una vida ordinaria de forma extraordinaria, y a quien la iglesia los honra, llamándolos santos.  Los santos y  todas aquellas personas carentes de ese título, que con su vida, obra y trabajo ejemplar,  han dejado una impronta en la historia de la humanidad, y demuestran de manera irrefutable, que sí se puede vivir heroicamente, en santidad.
Dejando muy claro por supuesto, que la santidad no es ninguna cosa extraña, inalcanzable, y monopolio solo  para algunos elegidos. Sino, una obligación que nos atañe, porque tal y como lo explicita  el autor anónimo  del libro a los Hebreos, sino procuramos la paz con todos y la santidad, nadie verá al Señor. (12, 14)
    A ojos vistas, nos podemos percatar que en el devenir de los tiempos, una de las grandes paradojas de la vida,  es precisamente la falta de coherencia, entre lo que decimos y hacemos con la misión, que como seres humanos, tenemos establecida.
Y la falta de santidad, en todas las aristas de la vida, es la que tiene a la sociedad en vilo y, precisamente por eso, se trata de un tema candente, que requiere nuestra atención, y pronto.
¿Por que? Porque hay mucho desconocimiento al respecto; inclusive en muchos púlpitos se predican extravagancias y asuntos meramente abstractos sobre la santidad. Quizás por ello, con  frecuencia he escuchado que una vida santa, está destinada solamente para unos cuantos elegidos, extremadamente difícil de alcanzar para los cristianos de a pie, y que  se corresponde con una vida sin cometer errores y horrores,  en la que no podemos tropezar ante la inminencia de una tentación, ni fracasar en la tentativa de cualquier faena.
No existe nada más alejado a la verdad, en esas afirmaciones. Una vida en santidad, es una vida en donde se aprende a gobernar las emociones,  es una teología práctica, fructifica, fidedigna e innegable; enmarcada en el servicio a Dios, a uno mismo y a los demás.
No es una praxis romántica, en donde yo voy a la iglesia de vez en cuando, una praxis en donde peco premeditadamente, luego me confieso y empato. Sino una práctica cuya tridimensionalidad abarca a Dios, a uno mismo y a los demás.
     No es mi pretensión impartir cátedra sobre santidad, en virtud que no soy  experto en ello. Sin embargo, permítase usted estimado lector, descubrir  lo que es vivir una vida en santidad.  Para ello, puede ir escudriñando la vida de los personajes de la Biblia, y la vida de los santos que nos antecedieron, esos verdaderos héroes, cuya espiritualidad descansa en un modo de hacer las cosas, al estilo de Jesús.  Un modo que sigue vigente hasta nuestros días.
 Existen tantos programas radiales y televisivos, blogs y páginas web,  que pretenden formar, informar y transformar a la sociedad,  incidiendo de forma positiva en la población, mediante el rescate de los valores humanos y cristianos,  que estos personajes ilustres practicaron, y que sin importar el tiempo y la distancia, son valores de permanente actualidad.
     En nuestro medio, hubo un programa tropical, cuya propiedad intelectual, pertenecía a la Fraternidad “San Vicente Ferrer” de la Orden de Predicadores, y que con el patrocinio del también desaparecido programa de  Home Cinema de Televisión;  pretendendieron en su momento  ser actores corporativos, irrumpiendo en el campo axiológico, deontológico, ético, estético y espiritual, pero que lamentablemente por razones ajenas a la buena voluntad de ambas entidades, desapareció.
     Hoy, más que nunca debemos olvidar que en el mundo posmoderno, se vive una juerga desenfrenada, una vida light, sin sentido, carente de valores, en donde el hedonismo, el consumismo y  los antivalores, son el pan nuestro de cada día y que los obtenemos, inclusive a la carta.
Hoy, más que ayer, nos urge transitar de una espiritualidad alfeñique, cómoda y pasiva a una que deje huella y que incida tanto a nivel personal como colectiva,  transformando la vieja manera de pensar. Por eso,  urge que la sociedad en su conjunto, se convierta y se transfigure.
     Un fraile dominico dijo una vez que "la verdadera conversión es aquella que no se reduce a una mera experiencia intimista, sino que tiende a exteriorizarse y explicitarse a través de actos que reflejan un cambio radical de la persona; en su modo de relacionarse con Dios, con las demás personas y con el mundo”.
     Nada se pierde con intentar que, nuestra vida deje una huella indeleble, en la vida de los demás.


Santo Domingo de Cobán, 17 de agosto de 2018

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