Jlriveirof
Han transcurrido 1985 años desde que tuvo lugar ese acontecimiento histórico que Lucas expresa
en su Evangelio, haciendo referencia que el mismo se dio en tiempo del
emperador César Augusto, y cuando Siria era gobernada por un tal Quirino.
Hace mención a estos funcionarios que se desempeñaron en tiempos de Jesús; para que hoy, ningún historiador y persona documentada,
seria y entendida ponga en duda el nacimiento de Jesús; un hecho que cambio inclusive el tiempo en el calendario
en un antes y un después de Cristo. Así como también, en la vida particular de
muchas personas que le han conocido, en quienes ha dejado una huella indeleble
y que también pueden marcar su historia personal, en un antes y un después de
El…
La globalización de la increencia, del relativismo
de las costumbres y la expansión de las
sectas, ha traído como consecuencia que hoy, ese magno acontecimiento haya
perdido auge entre muchas personas, y la
celebración de la Navidad se celebra entre el contraste que hay entre la luz y las tinieblas: comidas y
bebidas de más, convivios en donde abunda todo lo que enajena los sentidos, las
buenas costumbres, la moral y la ética. El consumismo tiene mucha aceptación en
esta festividad, una festividad en donde el fenómeno religioso ya no tiene
cabida y en donde la verdad ha sido relativizada y paganizada aun más.
Hoy; es tiempo de gastar, de
estrenar, de comprar inclusive aquello que no es necesario y así, poco a poco
se olvida que esta solemnidad que la Iglesia
celebra, evoca, provoca y convoca un sentimiento que lleva a la trascendencia, a un cambio de vida
radical y permanente; matando por siempre y para siempre a ese hombre o esa
mujer vieja que antecede a todos aquéllos que han decidido cambiar sus estilos
de vida, haciendo las cosas al modo de Jesús. Es por ello que es importante conmemorar ese acontecimiento histórico, ese
acontecimiento del pasado, que se revive y se reencarna responsablemente en el
presente; manteniendo viva la llama de la fe, de la esperanza y del amor, sobre
todo cuando se hace a la luz de los evangelios, para reflexionar sobre el misterio del Espíritu
Santo que fecunda el vientre de una virgen,
para dar a luz al Dios y Hombre verdadero; Jesús el Mesías anunciado.
Con los vientos que nos vienen del norte
es bueno recordar que la fe de los cristianos, no se deriva de un árbol adornado de luces
multicolores, ni de la creencia en un personaje que viene desde el polo norte; para
repartir regalos a todos aquellos que le enviaron con la debida antelación una
carta petitoria; viajando a través del
cielo empíreo a la velocidad del pensamiento, ni en torno a un apetitoso pavo
relleno en el centro de la mesa junto a una botella de buen whisky; sin
importar si éste fue robado o comprado.
No obstante, al sacralizar las
costumbres mencionadas anteriormente y la cultura culinaria de cada lugar, pueden
convertirse en un importante punto de cohesión
para que las familias se reúnan alrededor de una mesa para alabar el
rebajamiento de Dios que a pesar de ser espíritu; se hace criatura de carne y
hueso, mortal como los seres humanos y “pone su Morada entre nosotros”. (Jn 1,
14).
Ilustrando los puntos anteriores, me
permito retrotraer el pensamiento a la distancia, hasta donde la razón alcanza,
para hacer eco de las nochebuenas ya idas y todas las
actividades que conllevaron, con cierta
alegría. Podría decirse que en tres
contextos diferentes:
El primero, cuando era niño y la esperaba
por los regalos que nos daban nuestros padres y familiares allegados, los que siempre eran puestos
debajo del arbolito con algunos días previos a la navidad, la quema de
cohetillos y las comidas como el tamal y
el ponche y algún pavo casero medio gordo, que casi siempre degustábamos en la casa de mis abuelos
maternos. Ahí la fiesta era todo un ritual y fue el punto de reunión hasta que mi
abuelo murió, porque en casa, mi papá era el Grinch de las navidades y
siempre se acostaba al filo de las ocho de la noche, justificando que “eso” (la
navidad) eran “cosas de viejas bolas” y le caía mal la bulla que traía consigo.
Quizás por ello, de forma asidua tiré
morteros, saltapericos y canchinflines cerca de su puerta y salía corriendo para
no ser descubierto.
El segundo durante la juventud; y después
que mi abuelo murió las cosas eran diferentes para esas fechas, su casa ya no
fue lugar de encuentro, su silla estaba desocupada y con él, la casa vacía se
quedó. Y esa festividad siempre la pasaba; algunas veces en casa de algún amigo
“bebedor y comilón” y otras en casa de
la pretendida del lugar.
Y el tercero se da en la segunda y ya cercana la tercera edad, cuando ya se ha
abandonado el nido materno. Y cada
familia, celebra las mal llamadas
fiestas de fin de año, en su casa de habitación. En mi caso particular, los
últimos años han sido trascendentes y
unidos al misterio, porque lo más
importante ha sido Dios que se hizo uno como nosotros menos en el pecado. Me he
dejado envolver por el mismo y hoy ya no pienso como pensaba antes: “comamos y
bebamos que mañana moriremos” como bien recoge San Pablo. Sino sintiendo y
viviendo una verdadera fe, haciendo la
debida preparación en tiempo de adviento con toda la familia, elaborando el
pesebre en compañía de mi esposa, preparándonos para hacer la cena conjuntamente
y asistiendo a las Sagradas Eucaristías
de fin de año.
Hoy; las llamas de la fe, la esperanza y
el amor están encendidas, intentando mantener la paz que tanta falta hace en
Centro América; ante todo en estos momentos en que las maras políticas, empresariales, militares y gubernamentales que operan al margen de la ley en Guatemala, intentan socavar la
tranquilidad, la gloria y la paz, violentando el estado de derecho y la
incipiente democracia.
Sin embargo como ciudadanos del
mundo; hay que unirse al ángel y al ejército
celestial para cantar: “¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los
hombres amados por él!” –Lc 2, 14-
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