domingo, 2 de junio de 2019

"La industria de la vagina"



Jlriveirof

    En el marco de la conmemoración del día internacional de la trabajadora sexual;  presto el nombre para intitular este artículo a la escritora británica, profesora y activista lesbiana   Sheila Jeffreys; que a comienzos de los años noventa investigó en Australia la floreciente comercialización del sexo a nivel global; y con la luz que arroja la economía política del tráfico galante, escribe un libro con ese  nombre: La industria de la vagina.

     Transitar por las  páginas del libro en mención,  permite la construcción de un eje problematizador para todo el escrito; como también retroceder en el tiempo y apuntar con fina puntería hacía mediados de los años setenta, principios de los ochenta, y contemplar como proxenetas locales, importaron mujeres dedicadas al más antiguo de los oficios  de El Salvador y Honduras, e instalaron en una población eminentemente católica, como lo era la Ciudad de Cobán en aquellos tiempos,  los primeros prostíbulos o casas de citas como  les decían,  para soslayar una actividad, pecaminosa y vergonzosa  en extremo, según la moral epocal.  

     Un negocio que según los “empresarios venéreos”, que se ganaron el pan de cada día  con la fruición corporal de los visitantes, que de incógnito llegaban al lugar para la compra de placeres sexuales; esa actividad económica,  era parte del nuevo orden civilizatorio que alcanzaba a una población que estaba progresando y que llegaba para quedarse y así evitar un mal mayor.  “Industrias de la vagina”, para denominar aquel submundo  instalado legalmente bajo la denominación de Cervecería de primera, segunda o tercera clase, según las reinas del antro y que funcionarían según ellos,  para evitar los continuos atropellos a la dignidad humana que cometían los miembros de la zona militar de Cobán, cuando les tocaba su “salida higiénica”, es decir cuando salían de descanso algún fin de semana concreto o durante algún asueto en particular.

     Presumiblemente, esos elementos castrenses cometían toda clase de ilícitos cuando de franco se encontraban, máxime después de consumir bebidas espirituosas en extremo, entre los que caben señalar violaciones a mujeres que andaban solas a cualquier hora de la noche, incluyendo borrachos varones y tarados mentales que deambulaban por las calles taciturnas de la época. Y según el chismorreo de las habitantes de más edad, ellos, se pasaron por las armas a todo aquello que se movía, hablando en forma de metáfora claro está, incluyendo semovientes que pernoctaban en algún sitio baldío, llevando a la  práctica aquel viejo refrán que dice: "conjunto de nalgas de bolo no tiene dueño"

     Pues bien, en el marco de esa celebración  internacional de la mujer que se recrea en el tráfico galante, importante es crear un contexto adecuado y retrotraer la mirada crítica hacía Francia en la década de 1,970, cuando gendarmes fieles del cumplimiento de las leyes de ese país, mantenían a las secretarias del amor en constante hostigamiento. Una persecución hostil que las obligo a tener que desempeñarse en el ejercicio de sus funciones amatorias en secreto; con lo que obtuvieron otra clase de atropellos, cuando sadomasoquistas durante esos encuentros eróticos empezaron a golpearlas e infringirles daños físicos,  morales y sociales. En adición a ese disfrute  obtenido mediante actos de crueldad, no se debe descartar  la muerte física y la desaparición forzada, esclavitud, discriminación, exclusión y el señalamiento en toda su expresión.
Entretanto  fueron apareciendo movimientos y grupos de apoyo para estas buhoneras de placeres y así; en un día como hoy, pero del año de 1, 975 más de cien sexo servidoras ocuparon la Iglesia de Saint-Nizier de Lyon para demandar la atención y discriminar la violencia institucional, pública y privada de la que eran objeto. Para el efecto se mantuvieron en huelga de brazos cruzados y piernas cerradas durante ocho días, en virtud que ocuparon y sitiaron la iglesia permaneciendo dentro de ella, hasta que la policía las dispersó.
¿Qué exigían estas santas y pecadoras mujeres? , ¡Libertad! De oficio y beneficio, tal y como ellas eran y no como la mentalidad de aquel tiempo querían que fueran.

     Esas flagrantes violaciones a los derechos de esta clase de trabajadoras; se mantiene igual o casi igual. Al menos así era en la década de los años 80, cuando el autor fungía como Inspector de Saneamiento Ambiental en Santa Cruz, Tactic y San Cristóbal Verapaz, y posteriormente en Fray Bartolomé de las Casas, siempre en el departamento de Alta Verapaz. En virtud de su oficio, el inspector en cuestión tenía que visitar asiduamente los antros que daban cobijo a estas señoritingas y en donde ellas llevaban a cabo la misión de su meretricio. 
En este sentido se tenía que tratar con el proxeneta del lugar e inspeccionar el antro de cabo a rabo, para ver si se cumplían con las leyes y los reglamentos de salubridad, así como también mandar a la cárcel en sentido literal, a aquellas pobres mujeres que habían sido contagiadas por alguna enfermedad venérea. El encarcelamiento duraba mientras cedía la infección,  y eran encerradas y privadas de todos sus derechos constitucionales precisamente para evitar que durante esos días que duraba la enfermedad venérea, “trabajaran.”  

     Por la carencia de centros carcelarios para mujeres, estas eran recluidas en la mazmorra publica para hombres del pueblo, la misma suerte corrían aquellas mujeres menores de edad o extranjeras que no tenían su documentación en orden, sin distingo de ninguna naturaleza. Las que eran bonitas físicamente corrían otra clase de suerte, rápido eran esclavizadas sexualmente por el jefe policíaco de la gendarmería, quien se cobraba en especie para no remitir a los reparos policíacos o devolver a su lugar de origen a dichas  mujeres.
Así se pasaba por encima de su dignidad y eran atropelladas en todos sus derechos humanos. Obviamente, en ese tiempo no existía la defensoría en esa materia  y el régimen era totalitario. 

     Sin embargo, y muy a pesar que la actividad prostibularia en este tiempo, sigue teniendo a la mujer como una esclava sexual del varón que utiliza sus servicios, y que los problemas asociados con el uso y el abuso de su cuerpo como “el dolor, el sangrado, la abrasión, el embarazo, las enfermedades de transmisión sexual y los daños psicológicos” que resultan de la explotación e instrumentalización  de su cuerpo y de su mente como peculio, la industria de la vagina se ha globalizado y, hoy día reporta a nivel mundial un incremento al producto interno bruto de muchos  países que reciben más divisas por la explotación vaginal de sus conciudadanas, que de las exportaciones de sus productos primarios y suntuarios.

     Las políticas económicas neo liberales que se dictan a nivel global; han permitido que la industria del sexo se haya normalizado; inclusive la terminología de antaño ha sido cambiada con algunos eufemismos para describir lo abyecto y lo vulgar. De tal guisa que  para describir a un  proxeneta que regentea un prostíbulo en esos países “progresistas”  se le llama industrial del sexo y es  visto como “un prestador de servicios”, sobre todo cuando el trabajo de una meretriz es visto ahora como un trabajo muy por encima de la economía informal, por los réditos que implica, en la satisfacción de necesidades presentes y futuras.  
La vagina entonces,  en esta industria ya no es vista como un aparato reproductor solamente, sino como el “epicentro de un negocio organizado a escala industrial”, el término prostitución es ahora un nombre arcaico para describir aquella ocupación propia de mujeres sin estudio, y que hoy es vista por el capitalismo voraz, alienante y esclavizante como cualquier trabajo, como “el lobby del sexo como trabajo”; posturas que se han posicionado como argumentos de defensa validos en extremo para legalizar aquella actividad criticada por las sociedades de todos los tiempos, pero visitadas por esos caballeros en  todos los tiempos. Aquellos que antes eran considerados unos putos y que hoy en virtud de toda esa terminología capitalista, son  concebidos con el nombre de clientes…, simple y llanamente clientes.

      A guisa de conclusión e inmersos en el sopor que causa la doble moral propia del tiempo que nos apremia durante esta conmemoración del día internacional de la trabajadora sexual, en aras de refutar cualquier posible objeción, cabe preguntar a las personas pietistas y rigoristas en extremo: ¿Quién peca más, la que peca por la paga o el que paga por pecar?”


Fuentes bibliográficas consultadas:
Sheila Jeffreys, La industria de la vagina. La economía política de la comercialización global del sexo, 1ª edición, Buenos Aires Paidós, 2011. Traducido por Paola Cortés Rocca.

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