Jlriveirof, OP
Una casa común que nos fue
dada en heredad como el primer don de parte de Dios hacia la humanidad y que no
hemos sabido agradecer y beneficiar, creando…, sino maleficiar, destruyendo…
Hundiendo una mirada crítica en las
profundidades de la Torá, especialmente en el mítico y simbólico libro del
Génesis, encontramos que, en los comienzos de la vida, todo era abstracto:
“caos, confusión y oscuridad”. No obstante, ahí, Dios dijo e hizo, llegando a
existir todo cuanto en la tierra hay. Después de crear al hombre a su imagen y
semejanza -macho y hembra, para que vivan en concordancia, enarbolando la
bandera de la libertad no la de colores- les bendijo y les dijo: “Sean fecundos
y multiplíquense, y llenen la tierra y sométanla”.
La expresión empleada por el
mismo Dios, según el texto veterotestamentario fue “sométanla”, teniendo como
sinónimo los términos dominar, subyugar y sojuzgar.
En contraposición, las grandes
mayorías poblacionales, especialmente las capitalistas, que en virtud a esa forma
de vida son avaros, voraces y rapaces, han cambiado el término empleado
“someter” por el de somatar, que según el diccionario es lo mismo que golpear y
casi matar.
En ese sentido, podemos
afirmar que estamos somatando y casi matando la tierra y todo cuanto en ella
existe, atentando contra la biodiversidad, que dicho sea de paso es el lema
escogido por la Organización de las Naciones Unidas para la celebración que
tendrá ocasión este cinco de junio próximo y que reunirá entre sus principales
a gobiernos, empresas, celebridades y ciudadanos de a pie, comprometidos con el tema ese
que hoy, nos embarga y nos enajena: el medio ambiente a nivel del mundo.
Cuando se habla y se escribe sobre
biodiversidad, se hace sobre los muchos seres vivientes que habitan sobre la
faz de la tierra, entre los que encontramos: microorganismos, hongos, animales,
plantas y el mismo ser humano. Aquel que
según las Sagradas Escrituras fue hecho a la imagen y semejanza del Creador,
pero que hoy, en virtud de un liberalismo totalitario, está somatando y casi
matando esa biodiversidad.
Al actuar así transgrede las leyes de Dios, porque
las leyes de la naturaleza, son también leyes de Dios. Quizás por ello, al
actuar con esa autonomía que le ha sido dada, la naturaleza ya empezó a hacer
estragos y a vengarse y pasarle la factura al máximo depredador que existe en
el mundo, y que es el hombre mismo. Para él nada esta prohibido. "¡El liberalismo
lo obliga!" …
Lo ha obligado desde que muchos que se han
enamorado de la forma y estilo de vida de los países occidentales, constituidos en un referente y en la vitrina misma del capitalismo, desde donde
se puede contemplar aquella tierra de la promisión, de la previsión y la
explotación del hombre por el hombre y sus recursos, en cuyos patios "mana la leche, la miel" y el
petróleo a borbollones, convirtiendo a los países pobres del tercero y cuarto
mundo en su patio trasero, y a sus habitantes en conejillos de indias para
experimentar en pellejo ajeno, cualquier cosa
que a ellos se les antoje. Algo así como lo experimentado por el
gobierno de los EEUU entre los años de 1946 y 1948, cuando en Guatemala,
inocularon enfermedades venéreas a 1,500 conciudadanos guatemaltecos entre los
que figuraban prostitutas, presidiarios, niños con enfermedades mentales y soldados
rasos que no cuestionaban órdenes y, a quienes siempre les han vedado el
derecho de pensar y hablar por cuenta propia.
Todos ellos fueron utilizados por
los malditos imperialistas yanquis, para averiguar si la penicilina daba buenos
resultados y curaba enfermedades venéreas, tales como la sífilis y la
blenorragia, entre otras. “This is good for you", recuerdan algunos
sobrevivientes que era lo único que decían los desnaturalizados gringos, previo
a inyectar los virus.
Volviendo al tema en cuestión, referente a
la depauperación que causa el liberalismo, no se puede pasar por alto que, desde que tuvo
lugar la industrialización y la explotación a mansalva del proletariado, ha
desaparecido la figura del pequeño campesino, aquel que tenía su tierra en
heredad de parte de sus ancestros y en donde podían vivir con relativa paz, haciendo sus
sembradíos de acuerdo a su cultura y a sus costumbres y que hoy, se han visto
amenazados por las grandes empresas agrícolas
de palma africana y narco ganaderas que no solo roban sus afluentes
hídricos y los contaminan, sino matan a los campesinos que se oponen a la venta
forzada de sus pequeñas extensiones de tierra, y cuando las compran, lo hacen con
precios muy por debajo de los reales en el mercado.
Tampoco podemos soslayar la falta de una
silvicultura real, aquella que tiene por objeto el aumento de la calidad de
vida de los bosques, así como la protección de afluentes de agua, entre los que
cuentan pequeños riachuelos, quebradas, que al ir bajando por las laderas de
los montes forman ríos, hasta desembocar en lagunas, lagos y los mares, que a
su paso nutren pastos y dan otras formas de vida a otras especies de flora y
fauna.
Hoy, lo que tenemos son
grandes depredadores y rateros de bosques maderables, y lo peor de todo ello es
que muchos son avalados inclusive por los gobiernos de los pueblos. En Brasil
tenemos un claro ejemplo con su gobernante de turno, un cuasi loco y fanático
religioso y político de extrema derecha que está destruyendo gran parte de la amazonia, con
incendios forestales provocados, en detrimento de los nativos que habitan en
esos lares y el resto de biodiversidad, y todo por beneficiar a oligarcas que
pretender beneficiarse de toda clase de madera, animales exóticos y hacerse de las propiedades de
todos esos nativos, quienes están siendo un objetivo militar y objeto de muerte
o desaparición forzada.
En Guatemala también vemos
grupos antagónicos, casi todos relacionados con el hampa, causando incendios
forestales en gran parte del territorio petenero, un pulmón para el mundo como
sin duda lo es la amazonia. Toda esa explotación trae consigo, graves problemas
societales, desempleo, destrucción y muerte. Sin que al liberalismo voraz y
carroñero le importe un comino.
Hecha la ley, hecha la trampa, como muchos de
ellos sostienen.
Sumados todos esos problemas al tema del nuevo coronavirus que vino para quedarse, nos da otro aviso entre tantos
otros, que las forma en que estamos explotando la tierra, nunca han sido las
adecuadas, y nos está enviando otras señales más drásticas de que tenemos que cambiar, no
solo como entes pensantes que presuntamente es lo que somos, sino la formas de cómo
la explotamos.
En caso contrario, nos recuerda el teólogo
Leonardo Boff, ella se encargará de nosotros desapareciéndonos de su faz.
¿Acaso no nos ha demostrado el rigor con que actúa, a través de las grandes
catástrofes naturales?
Sin ir tan lejos, la tormenta
tropical Amanda, que hace unas pocas horas perdió su fuerza y se convirtió en
depresión tropical, ha dejado por su paso, inundaciones de pueblos enteros, caídas de árboles y casas de habitación, muerte, destrucción, angustia, pérdida de sembradíos, etc., y eso
que no fueron muchas horas las que nos azotó, castigandonos. Pero con algo tan
sencillo nos ha dicho que está enferma y que necesita le prestemos
atención, y pronto. de lo contrario ella nos atacará con todo el rigor que la
naturaleza le ofrece, y se defenderá de nosotros a quien nos considera su mayor enemigo, quienes nos hemos ensañado con ella desde sus comienzos y que, en nuestra rebeldía,
orgullo propio y afán de mucho tener, no acatamos las órdenes precisas de Dios de cuidarla,
amarla, respetarla, someterla y multiplicar sus recursos. En lugar de todo eso
la seguimos somatando y la seguimos matando.
Como si lo externado en párrafos
anteriores fuera poco, muchos partidarios del liberalismo, haciendo un
aprovechamiento a su favor en su afán de amalgamar más riquezas, están
reduciendo los salarios y las cargas sociales o despidiendo a millones de
trabajadores a lo largo y ancho del mundo, lo que traerá consigo más hambre, pobreza
extrema, explotación y muerte. Se están preocupando más por la sanidad de sus
finanzas que de la vida de esas personas y, precisamente por eso, están
haciendo apología del máximo referente del liberalismo en el mundo: el imperio
del mal, muy bien representado por los Estados Unidos de Norte América,
aquellos que tienen por lema oficial la frase “In God we trust” -En Dios
confiamos-, pero no explican en que dios es en quien confían.
¿Será acaso el dios de los
cananeos Moloch o el dios de las finanzas especulativas Mammón, el dios de esos
hijos de la Gran… Bretaña?
¡Vaya usted a saber! Pero de
algo estoy seguro, que el Dios de Jesucristo, evidentemente no lo es…
Así como están las cosas, podemos colegir
que al COVID-19 no lo vamos a destruir, al liberalismo tampoco, ya Karl Marx se
equivocó en El Capital, cuando vaticinó que le quedaba poco tiempo de vida.
Después de la pandemia los países del primer mundo serán más ricos y los del
tercer y cuarto mundo más pobres...
Lo que sí podemos destronar y
destruir en nuestro propio beneficio es al diablo que muchos llevamos dentro,
con el entendido de que, si no lo hacemos, seguiremos en esa carrera
vertiginosa destruyendo nuestra casa común, somatando y rematando el primer don
que Dios nos regaló y que es la madre tierra…
Fuentes bibliográficas:
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