lunes, 24 de octubre de 2022

El lugarteniente

 Por:

Jlriveirof, OP

     Durante mi azarosa existencia he intentado transitar por diferentes derroteros para alcanzar la transformación y el desarrollo socioeconómico para que, en palabras de Ulpiano, poder llevar a la praxis tres principios básicos: vivir honestamente, no dañar a los demás, y dar a cada uno lo suyo.

     En ese fluir de la vida, me he auxiliado siempre de la construcción psicopictórica que, en lenguaje sencillo y llano no es más que, amalgamar la visualización y la creatividad, mediante la cual, se puede construir en la mente, imaginando o creando una situación deseada y salir de la actual que, en aquel tiempo, la que estaba viviendo no me estaba gustando, dada la precariedad que me embargaba y alienaba.

     En ese sentido, recuerdo muy bien cuando en torno a una mesa de burdel, en compañía de mi amigo fiel y compañero de la niñez, infancia, adolescencia, juventud y, ahora de los años dorados de nuestra existencia, el San (Juan Francisco San José Leal). Me despedí y juré que, a Cobán no regresaba si en la capital de Guatemala no alcanzaba el sueño que muchos buscan fuera de nuestras fronteras. Y así lo hice.

     Mediante el uso ese de la visualización, me vi a futuro finquero: ganadero y caficultor.

Para llevar a cabo tal faena encontré trabajo como agente de seguros, habiendo obtenido un éxito rotundo en la colocación de seguros de vida y, con el dinero generado por concepto de comisiones y bonos de producción y persistencia, logré comprar una casa en la capital, carros y dos terrenos en Alta Verapaz, listos para fincar.

     De buena fe, compré sin ver ni conocer, dos caballerías y media de terreno en la antigua propiedad de un tío de mi abuelo materno Moge, llamado Abelardo Leal de la Cruz (+)), cuya propiedad denominada Las Conchas, a su muerte, había sido segmentada y heredada a la retahíla de hijos que tuvo, y yo, adquirí en propiedad la fracción antes citada.

     Mi primer desánimo vino al tomar posesión de la tierra y enterarme que, media caballería de la misma, ya estaba invadida por ex delincuentes subversivos que contendieron con el ejército durante el enfrentamiento armado interno, por lo tanto, dadas sus anti éticas y perversas costumbres, era más fácil que me enterraran como XX por ahí que, sacarlos legalmente de la fracción de terreno usurpado. Compre entonces, 2 caballerías de tierra útil y   media más con más de una docena de "canchitos" y sus familias, sin oficio ni beneficio alguno.

     Mi lugarteniente, nombrado así por el escribiente, en algún lugar remoto y ardiente del bello valle de las Conchas, mi hermano más pequeño de edad, pero más grande en estatura, Miguel Ángel Riveiro Fernández, que con botas "todo terreno" posa frente al Nautilus, nombre que le puse al forzudo Land Cruiser de mi propiedad, que en fotografía que acompaño al post, callado también posa.

Lo llame Nautilus porque inmerso entre aguajales y lodazales, vigoroso con doble y retranca se desplazaba en medio de la densa selva y en camino de herradura, como era en ese tiempo el camino que conducía desde Cangüinic Polanco hasta Salacuim.

     Pues ese fortachón, jamás nos dejó varados en el camino, era como una mula serrana que, en modo automático llegaba incólume a su destino, máxime cuando el colocho y yo, habíamos bebido de más los extractos de la uva, la caña, la cebada, del maíz o de lo que fuera, dada las circunstancias del momento.  El Nautilus fue un fiel acompañante desde Cobán hasta las Conchas, pasando por Cangüinic y otras partes.

Fue mi “colocho" hermano, mi lugarteniente en cuyo honor escribo estás letras, quien ingresó a pie las primeras cabezas de ganado "ixim", en cuyos parajes se loquearon y muchas en infernal carrera agarraron por distintas y distantes veredas, perdidas, buscadas y encontradas con el pasar de los días, con más pellejos que carne.

     Poco tiempo después compré mi primer lote de ganado fino en la Finca Dolores, unas cabezas de ganado raza nelore, que, pasado el tiempo del engorde, aproximadamente año y medio, fueron sacados de la finca a pie, cargados a camiones en Cangüinic y trasladados a un rastro a Ciudad de Guatemala en donde me los iba a pagar el carnicero.

     Ingrata fue mi sorpresa cuando el comprador llamado Cristóbal, vecino mío en Residenciales Atlántida, me llamó al teléfono, vociferando y maldiciendo de rabia, "encorajinado" como diría Cantinflas, –esos toros me dijeron, tienen de nelore lo que usted tiene de inglés. Ni m.…, –me gritó. Inmediatamente me puse en camino hacia EXGUAPAGRA y al llegar, me encaramé al camión y me percaté que, efectivamente, tales cebucanos me los habían canjeado por vacas y toros viejos.

A las vacas se les podían contar las costillas y a los toros de viejos, les colgaban las criadillas engarrapatadas hasta las rodillas, parecían nidos de oropéndolas, mismas que se mecían al compás de los gritos que con sapos y culebras salían de la boca espumosa de Cristóbal.

Todos los nelore habían sido metamorfoseados de la misma forma en que, Circe transformó a los hombres en cerdos estando en la Isla de Eea.

     A tenor de lo expresado postulo que, no todas las personas actuamos en coherencia con las reglas de Ulpiano, que consisten como expresé al principio en vivir honestamente, no dañar a los demás y dar a cada uno lo suyo, lo que en derecho corresponde...




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