jueves, 15 de diciembre de 2022

Una catarsis caribeña

       

     Mi alma aventurera sorteaba el sargazo verde negruzco y las olas bravías del mar Caribe en la Ciudad de Cancún. Era el filo del atardecer de un día veraniego cualquiera del mes de mayo del año en curso, cuando de repente contemple a una mujer de mediana edad oteando el mar en dirección a donde yo me encontraba. Estaba parada frente a donde había dejado mis cosas: sombrero, gafas de sol, celular, toalla y sandalias. Vestía calzoneta y una salida de baño, cubría su cara un sombrero de ala ancha de paja. Sentí como si me llamase con la mirada, pues no la quitaba de encima de mí. Atendiendo ese llamado que sentí hacía con su mirada, asentí, salí y me dirigí en dirección a donde estaban ella y mis pertenencias. La salude amablemente y me respondió con mucha cordialidad, nos presentamos y resultó ser una compañera de viaje, que trabaja como asesora de seguros en GyT, en una población de la región central de Guatemala.

Rápido entablamos una conexión entre esa relación personal y la conversación, una conversación que inició ella y a la que ella le puso punto final.

     Su voz entrecortada, lastimada y queda, sus ojos nublados no por la brisa del mar, sino por lágrimas que habían brotado antes de ese encuentro, sus emociones eran notables a flor de piel. —Sabe una cosa —me dijo— cuando vi como las olas lo hamaqueaban de aquí para allá y acullá, me recordé de mi hijo. —El mar es su tumba. Cuando chico en compañía de mi esposo y demás hijos fuimos a pasear a Santa María del Mar, en el Pacífico guatemalteco y en cuestión de segundos en un descuido de ambos, el mar se llevó a dos niños y al mío nunca me lo devolvió.  Por eso estoy aquí, rezando y llorando, porque sé que está es su tumba.

En la medida que hablaba sin ninguna interrupción de mi parte, percibí como la serenidad, la fortaleza y la resiliencia se hacían una con ella.

Un aire gélido recorrió mi cuerpo de cabo a rabo al escuchar tal catarsis de la compañera que vomitaba sobre mi sus más tristes sentimientos, pensamientos y congojas.

     Cuánta razón tuvo Publio Siro al decir que, "La conversación es la imagen del espíritu. Según es el hombre, así será su charla".

Ella estaba ahí, discurriendo esas tristes emociones y yo, taciturno, escuchándola.

Desde un comienzo comprendí que, ella lo único que quería era ser escuchada y que mejor que por aquel que provocó ese triste recuerdo que sangraba sus heridas, ya viejas pero cubiertas por una cicatriz que, cada vez que se las toca, sangran, sangran, sangran y no dejan de sangrar...

Jlriveirof, OP

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