En el capítulo 3 (1-6), de su evangelio San Marcos narra la historia del hombre aquel que tenía la mano atrofiada, lisiada o seca. La redacción de la estrofa en cuestión, no permite sacar conjeturas respecto de que si esa malformación era congénita o adquirida por causa de alguna enfermedad o accidente.
El escritor en mención crea y recrea un
contexto adecuado para dar a la “raza de víboras” a los "sepulcros
blanqueados” que acechaban a Jesús y, estaban ahí presentes, el suficiente
material de que hablar: se da a lo interno de una sinagoga en dónde Jesús se
encontraba enseñando como fue su inveterada costumbre. El hecho se llevó a cabo
durante un sábado cualquiera, día en qué de acuerdo a la ley judía no podían
hacer nada, pero ni siquiera espantar una mosca verde, —de aquellas que
abundaban en el gran templo— que osara posarse en un plato de hierbas amargas.
Jesús que se dio cuenta de las intenciones de los escribas y fariseos hipócritas, levanta y pone en el centro del lugar al hombre de la mano maniatada sin que éste lo pidiera, obedece a la orden del Maestro y éste lanza una pregunta poderosa: “¿qué es lo que está permitido hacer en sábado: el bien o el mal, ¿salvar una vida o acabar con ella”? Obviamente, nadie se atrevió a responder, sin duda esquivaban su mirada. Para rematar la escena de forma apoteósica, Jesús le dice al maniatado que extienda la mano y al instante la restableció …
Mientras tanto, las pérfidas serpientes letradas de la ley, sin disimular su desencanto, murmuraban entre sí, lo que le iban a hacer en el futuro.
El episodio del hombre de la mano seca da
para tanto, hoy, permite elucubrar en tiempos de post pandemia, en un tiempo en
donde muchas personas se hacen de las manos secas para hacer más de lo mismo:
no trabajar. Ante la carencia de una visión del futuro no se ponen a pensar en
el porvenir, cuando todo esto haya pasado ya.
Lo más penoso del asunto
estriba en que, muchas personas se han maniatado por su propia y espontánea
voluntad, mientras que otras por causa
de la falta de oportunidades, un empleo digno, una profesión o un oficio
concreto que les permita salir avante en la vida.
En los momentos infaustos de la pandemia,
muchos lo hicieron “so pretexto” de no contagiarse y tomaron la decisión de aislarse,
de no trabajar como es normal, usual y acostumbrado en una sociedad civilizada.
Muchas de esas personas han tenido por costumbre no trabajar. Son aquellas que
salen a las calles con un periódico debajo del brazo supuestamente a buscar un
empleo, pero pidiéndole a Dios no encontrarlo.
Los otros en cuestión, son quienes por
causa de la problemática derivada de la pandemia y la inflación que ha sentado
sus reales en el mundo entero, han afectado su economía, su empresa, su negocio
o han perdido el empleo, contándose por cientos de miles a lo largo y ancho del
globo terráqueo.
Ambos casos están erosionando
economías enteras, con la única diferencia que los emprendedores sí están
preocupados, ofuscados y maniatados por causa de la letalidad y derivaciones
sin que puedan hacer mayor cosa para paliar la crisis que ya se avizora en el
horizonte.
El hombre de la mano seca entonces, debería
confirmar lo que Jesús afirmó en aquel tiempo y, para los fines de este escrito
aquí parafraseo al Señor: ¿Qué está permitido en estos tiempos: hacer el bien o
hacer el mal, ¿salvar una vida o matarla?
Sin duda la respuesta a tal
interrogante no es discutible como en aquel tiempo y es que, hacer el bien sin
ver a quien es condición sine qua non para salvaguardar la vida en todas sus
aristas…
¡Vamos, extendamos la mano y
emprendamos! …
Jlriveirof, OP
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