El libro de los Hechos de los Apóstoles
(6,8-10; 7, 54-59), registra uno de los primeros asesinatos cometidos en la era
cristiana, concretamente en la humanidad de Esteban, uno de los primeros
discípulos de Jesucristo que derramó su sangre al afirmar que lo veía en un
remanso sentado a la derecha de Dios en gloria y en paz.
Con tal afirmación obtuvo una
reacción violenta por parte de los miembros del Sanedrín, porque empezaron a
formular juicios negativos, y en virtud de ellos, lo sacaron a las afueras de
la ciudad y a pedrada limpia y certera le segaron la vida.
Mientras los malhechores
descargaban su furia en contra del discípulo de Jesús, a quien convirtieron en
proto mártir, él le pedía a Dios para que acogiera su espíritu y que no les
tomara en cuenta ese flagrante delito.
Hoy; en la plenitud del siglo XXI, los
linchamientos que incluyen el apaleamiento, lapidaciones y otras formas
pendencieras y violentas, siguen siendo una estrategia de dominación por parte
de muchos sectores de la población; los aparatos represivos del estado lo siguen
practicando con rigurosidad y asiduidad, para ser temidos, no respetados y enviar
así, una señal sobre lo que debe y no hacerse, decir y no decirse.
Fue práctica de curso legal
por parte de las hordas oligofrénicas del estado, durante el genocidio
perpetrado en Guatemala, entre los años de 1960 a 1996, dentro del marco de la
guerra fría entre el bloque capitalista representado por los EEUU y el
comunista por la URSS.
La lapidación física y verbal se
sigue practicando por razones de todo tipo, desde tiempos inmemoriales hasta
nuestros días.
En la actualidad seguimos viviendo tiempos
difíciles, muchas personas violetas en extremo a lo interno de la Guatemala
profunda utilizan ese método para castigar a presuntos delincuentes, en adición
a la quema de personas a quienes ellos aprehenden, juzgan y condenan, mandando
una clara señal que la justicia en Guatemala cada quien la toma según le
conviene, y que la antiquísima ley del Talión aún existe y persiste.
En ese contexto podemos contemplar
cómo Guatemala vuelve a ser noticia a nivel internacional, cuando se
estrenó el documental “El arte del asesinato político” producido por el actor
George Clooney y Grant Heslov, basados en el libro del escritor Francisco
Goldman, en dónde relatan el asesinato de Monseñor Juan José Gerardi, uno de
los máximos defensores de los derechos humanos, lapidado por miembros del
ejército nacional, dos días después de haber presentado el Informe de la
Recuperación de la Memoria Histórica, que expone al desnudo, el exacerbado índice de crueldad jamás
cometido por esa institución armada, durante los 36 años que duró el
enfrentamiento armado interno.
Superada esa etapa convulsa y vergonzosa
llevada a cabo bajo el solar patrio, es importante que todas las organizaciones
sociales, políticas, económicas, militares y religiosas, a imitación de Cristo
y el proto mártir Esteban, pidamos a Dios en nuestras oraciones para que cese
la violencia, el odio, el desamor y la desesperanza e incluyamos en nuestras
oraciones: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” …
Como una sociedad presuntamente
civilizada, nos urge hacer esa declaración del perdón y, bajo este acápite, es
importante que, todos cumplamos con lo que nos hemos comprometido, empezando
con los gobernantes futuros a efecto de que cumplan con lo estipulado por los
invisibilizados, olvidados, empolvados, desmantelados y archivados acuerdos de
paz y, que vuelvan a pedir perdón por la barbarie cometida en contra de la
otredad y la nadedad, pero no del diente al labio como lo hizo el pillo de
Portillo, sino a corazón abierto, para que, como sociedad presuntamente
civilizada, comencemos a reconstruir la Guatemala que todos queremos.
Obviamente; sin resarcimiento no hay
perdón, por lo tanto, es imperioso resarcir el daño cometido en contra de los
otros y la mejor forma de hacerlo es, llevar salud, seguridad, educación,
capacitación técnica y ayuda psicológica entre otras a las áreas violentadas, excluidas,
marginadas y más olvidadas por el mismo estado guatemalteco; especialmente
aquellas que, pusieron sus campos y sus muertos durante la conflagración bélica
…
Jlriveirof, OP
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