Por: José Luis Riveiro Fernández
Un viejo refrán holandés dice que “para navíos sin puerto de destino, no existen buenos vientos”; aplicable
a nuestra agencia de seguros que siempre la hemos identificado con una
embarcación que navega en aguas
turbulentas algunas veces y otras en aguas mansas; sacudida por vientos
tempestuosos, rayos y centellas que la amenazan de vez en cuando y otras remando
en absoluta tranquilidad.
Esas condiciones no son ajenas a la tripulación, son gajes
del oficio; estamos preparados para no sucumbir en el trayecto; hemos sido
hechos en condiciones extremas, no surcamos pantanos de aguas anegadas; sino
mares bravíos amenazados por filibusteros de seguros, algunos a veces ondeando
la misma bandera pretendiendo piratear
el fruto del esfuerzo realizado.
“Sin prisa pero sin pausa” hemos llegado a la mitad de la
travesía y decidimos hacer un alto en el camino para analizar el tránsito
recorrido y lo que falta por recorrer; clarificando nuestra situación actual y
visualizando la deseada. Se le ha dado un segundo ver a la visión, misión y
valores obteniendo así un surplus de
calidad que permita un plusvalor que garantice una vida cómoda y digna en el
ejercicio de nuestra profesión.
Ajustamos las velas
(visión, misión y valores) para que el viento en popa actúe a nuestro favor y
para que los agentes boguen a un mismo ritmo, creemos que los valores son a la
tripulación lo que los instrumentos a la barca: Imprescindibles para corregir
el rumbo cuando este se desvía a babor o a estribor.
Del análisis crítico y
objetivo realizado se determinó de manera concluyente que aquellos que no bogan al compás del propio
tamborilero; lo hacen porque su actividad no es de mucha valía; encontrándonos de frente y con
el pecho descubierto a la desidia como oposición positiva del valor y permite
una inercia ética como lo es la paralización laboral, estancamiento en la
productividad e indiferencia hacía la visión, la misión, los valores y los fines establecidos que son
para muchos de nosotros como las cartas de navegación que contribuyen a llegar
con éxito a puerto seguro.
En ese orden de ideas,
resulta paradójico que algunas personas no le den el justo valor a su
actividad, cuando de ella se satisfacen desde las necesidades más básicas hasta
sus deseos más elevados. Es el único medio moralmente lícito para vivir bien en
el amplio y estricto sentido de la palabra.
(Véase jerarquía de necesidades propuesta por Abraham Maslow en su obra
Una teoría sobre la motivación humana).
También vimos con suma preocupación algo que resulta
incomprensible y es que muchas veces los
mayores peligros a los que nos hemos enfrentado no son externos sino internos, derivados de un
apoyo muchas veces abstracto, estancando
profundamente a la embarcación y que no permite que “todo fluya” como diría Heráclito de Éfeso.
Si ese faro erigido en tierra firme no nos enciende la luz o la mantiene intermitente, sobre todo cuando la oscuridad
extiende su manto sobre la cubierta, se convierte en una amenaza que podría encallarnos temporalmente y se constituye en viento en contra no a
favor. Cuánta razón tenía Peter Senge cuando dijo que “La
colaboración es vital para mantener los cambios realmente profundos, ya que sin
ella, las organizaciones son abrumadas por las fuerzas del statu quo”. Más
mortífera fue la sentencia de Laurence J. Peter al decir que “la burocracia defiende el statu quo mucho
tiempo después de que el quo haya perdido su statu”.
Ahora bien, valdría la pena dar un segundo ver también al
farolero; los apagones a veces se programan hacía determinadas embarcaciones, ve
tú a saber porque; podría ser por
omisión o malevolencia o en el peor de los casos fue ascendido hasta alcanzar
su nivel de incompetencia (Principio de incompetencia de Peter); si este fuera
el caso doy pie al aforismo de José Ortega y Gasset, pero cambiando parte de su
contenido: “El farolero debería descender a su grado inmediato inferior,
porque ha sido ascendido hasta volverse incompetente”
Aun así; por adversas que sean las amenazas internas y
externas, por turbias que se nos presenten las aguas vamos viento en popa,
hemos creado las circunstancias favorables para navegar hacía el futuro,
bregamos para cambiar el estado del momento actual, hemos asegurado nuestros
dones y talentos con Aquel que todo lo puede y El qué es también Señor de los
elementos al igual que hace dos mil años increpa al viento y le dice al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calma y sobreviene una gran calma.
San Marcos (4,39).-

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