Por
jlriveirof, OP
Hará algunos años cuando me dirigía a una
reunión de gerentes a Seguros GyT, S.A. En zona cuatro de la Ciudad de Guatemala, viajando como pasajero en una unidad del transporte público urbano y,
en su interior, me llamó la atención uno
de los tantos vendedores que abordan esas unidades para ofrecer sus productos.
En esta ocasión, un vendedor de
panecillos opacó el murmullo inenarrable que se escuchaba en el interior con una
plática de ventas, disertada a “todo
pulmón”, hizo que yo captara su
atención. Al concluir la misma empezó a recorrer el bus de cabo a rabo dejando sus productos a todos los pasajeros
para inmediatamente después, repetir el
mismo itinerario, recogiendo ya sea el valor o el producto mismo.
Esa segunda
vuelta la hizo tarareando uno de los salmos que más se han cantado, comentado y orado a lo largo de los siglos,
tanto por la tradición judía, como la cristiana. El salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En
verdes praderas me hace reposar, me conduce a fuentes tranquilas y recrea mis
fuerzas”. En esta primera parte,
escrita en tercera persona del singular,
el vendedor confiado acoge la primera imagen del salmo: La del buen
pastor que cuida de sus ovejas…
Su
plática de ventas, su vestimenta y su actitud eran adecuadas, llenas de
emotividad y entusiasmo, su final sobresaliente. Lo que me cuestionó al
percatarme que el producto de su venta fue muy poco ¿Qué le hace a este hombre
actuar así? el fruto de su trabajo, dudo sea rentable, trabaja en lo que los
economistas llaman economía informal, lo que hace que su faena sea discutida y
vista por no pocas personas con arrogante desconfianza.
Si este hombre, tan solo tuviera la oportunidad de
emplear su talento en circunstancias favorables, en un trabajo de tiempo completo, vinculado al crecimiento socioeconómico y
desarrollo personal, como por ejemplo la de un asesor de seguros, cuyo trabajo
representa una carrera para toda la vida, bien remunerada, orientada al éxito, que
ofrece estabilidad laboral, desarrollo personal, capacitación constante, liderazgo
en permanente actualización, buenas relaciones interpersonales, viajes
nacionales e internacionales y un género
de vida diferente, tan solo por mencionar algunos aspectos. En donde cada uno
como diría Joan-Carles Mélich, Filosofía de la finitud, “es un incansable aprendiz, un
ser en constante proceso de formación, transformación” y porque no decirlo
también de “deformación.” -cuando es cómplice de la insensatez- .
Con
esos enunciados intento clarificar con mesura los aspectos más visibles y
valorables de nuestra actividad y trato de reducir al mínimo el lenguaje burocrático
gerencial para describir lo difícil de forma sencilla. Si el protagonista
anónimo de esta historia tuviera esa oportunidad, otra sería su suerte y otro el fruto de su
esfuerzo.
¡Ah! me dije, si en todos los equipo de
trabajo, incluyendo el que dirijo, existieran varios con esa actitud, tan solo
algunos que encomienden al Señor su camino, tan solo algunos que tengan la actitud mental positiva y los buenos hábitos, tan solo algunos que respeten
y crean lo que hacen, tan solo algunos
que sean propositivos, proactivos y que trabajen en equipo, tan solo algunos que
tengan un ideal. Entonces, su actitud
definiría su altitud y esta su plenitud. Pero, debo
reconocer que en todos los puestos de trabajo nos encontramos a menudo con
gente que se encuentra “in artículo mortis”, -en el ámbito laboral- callados, inertes,
acomodados en su zona de confort; en
cuyas consecuencias, entra el hombre en un nuevo plano existencial –Sören
Kierkegaard- lo que es motivo de pre-ocupación
y nos lleva a discutir que “el mayor
esfuerzo de la vida es no acostumbrarse a la muerte” –organizacional- Elías
Canetti, La provincia del hombre.
“Aunque camine por lúgubres
cañadas, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu bastón me
defienden. Preparas ante mí una mesa en presencia de mis enemigos. Me unges con
perfume la cabeza, y mi copa rebosa”; canturreaba el vendedor de panecillos
en segunda persona del singular, encomendando al “señor de la casa que acoge a un huésped”, el medio para llevar comida a su mesa y para
que su “copa rebose” abundantemente, por los años de los años. Amén.-

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