domingo, 26 de febrero de 2017

“Mujeres sobre las olas”




Por jlriveirof 

     En la medida que transcurre el nuevo  milenio, no es difícil percatarnos   de la grave crisis por la que atraviesa nuestra civilización. Hay crisis en todos los órdenes: social, político, económico, religioso, ético y moral.
 En palabras de Guilles Lipovestski vivimos en la era del vacío y en las de Zigmunt Bauman en una “sociedad liquida” que privilegia la exclusión del otro despojándolo de su otredad y  favorece su  invisibilización, inclusive  de sus propios esquemas mentales.

    Circunstancias como esas,   ponen en peligro al ser humano en relación con su Creador y con  todo lo creado  y someten al mundo a grandes cambios, a procesos de grandes transformaciones y nuevas posibilidades. En pocos años, hemos sido testigos de una nueva sociedad biotecnológica,  la era de la información ha avanzado a pasos agigantados y ha convertido al homo sapiens en homo videns, formándolo, transformándolo  y deformándolo con el poder que tiene. La video política,  la video religión,   la video universidad y la video democracia debilita el demos y nos   define  como sociedad.  Muchas tendencias  sugieren que el cristianismo es algo pasado de moda, en donde ya nada es absoluto y todo es relativo. Cuánta razón existe en el pensamiento de Leo Strauss cuando se pregunta: ¿Cómo navegar en el estrecho definido por la Escila del absolutismo y la Caribdis del relativismo?

     Como un ejemplo notable de los conceptos vertidos anteriormente,  no podemos obviar la llegada de un barco perteneciente a una ONG holandesa que atracó en aguas internacionales a inmediaciones del Puerto San José, Escuintla. Cuyos tripulantes, autodenominados activistas -por no decir asesinos-  venían con la misión de practicar abortos a todas aquellas féminas inconformes que deseasen desembarazarse “de forma segura y sin ningún costo económico”, en virtud que solo con dos pastillas administradas a la víctima -¿o victimaria?, juzgue usted-  se provoca un “aborto medico” considerado seguro y efectivo por la Organización Mundial de la Salud, según explicaron desde Ámsterdam los voceros de esa ONG de la muerte, cuyo barco debería cambiar de forma permanente  la  bandera que ondea en su mástil y poner una que tenga como emblema una calavera, en virtud que eso es lo que mejor los identifica.

      Todos los medios escritos y hablados y  las redes sociales por supuesto, manifestaron su postura sobre la misión de ese barco de la muerte, proveniente supuestamente de un país civilizado.   Inclusive, el ejército guatemalteco se rasgó las vestiduras y emitió un boletín de prensa para decir que por órdenes de su comandante general, “El Cabo Morales”,  no permitirán que estos “activistas” lleven a cabo su misión, porque ellos –los militares- son garantes de la vida. En el pensamiento de María Zambrano y muchos más esta afirmación sería incomprensible, dado el grado de incivilidad con que el alto mando del ejército ha actuado desde antiguo, en contra de la propia vida.
Los diferentes discursos polémicos  que suscitaron los “activistas” del referido barco de la muerte, unos verdaderos y otros falsos, unos a favor y otros en contra del aborto, unos pusilánimes y  otros incendiarios y reaccionarios; nos lleva a elucubrar que muchos de ellos, despertaron en el guatemalteco sentimientos de odio, de compasión, de vergüenza y por eso muchos reaccionaron virulentamente, cuando fue  “ofendido nuestro sentido de la justicia” según las palabras escritas por Hannah Arendt. 

     El deleznable barco fantasmagórico vino a Guatemala después de suscitar protestas en personas individuales y jurídicas que están a favor de la vida, desde Irlanda, Polonia, Portugal y España; sin duda, navegando siempre en ese estrecho definido “por la Escila del absolutismo y la Caribdis del relativismo” y seguirán su curso hasta que alguien que tenga el poder, la conciencia y el discernimiento,   detenga de forma definitiva a estos emisarios del mal. Alguien que por supuesto  opte por la vida y trabaje por los derechos humanos,  como diría el extinto Papa Juan Pablo II al referirse a los derechos humanos  con ocasión del 50 aniversario de la Declaración Universal de los mismos: “Trabajar por los derechos humanos significa optar por la vida”. ¿Acaso esos emisarios del mal trabajan por los derechos humanos tal y como ellos mismos los conciben?...

     Para dar respuesta a tal interrogante, me propongo en los párrafos que siguen, vincular estrechamente entre conciencia y discernimiento para postular que por  la falta de conexión entre sus significados, vivimos entre ese estrecho definido por la Escila del absolutismo y la Caribdis del relativismo. Lo haré de la mano del doctor angélico, Santo Tomás de Aquino y  San Ambrosio.

     Reflexionando moral y cristianamente entonces, el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, cuya libre creatividad imita, se reinventa asimismo y  se construye activamente mediante  el poder que se le ha otorgado de autodecisión, se realiza asimismo en la verdad. La palabra conciencia aparece muy rara vez en los textos veterotestamentarios y ni una sola vez en los evangelios, pero si en los textos apostólicos, de tal suerte que se atribuye a Pablo el termino, quien elaboró la tesis de conciencia como regla de vida. Por supuesto,  se sirvió de la filosofía helenística de su tiempo para sazonar el concepto y lo enriqueció con aportaciones que libó de su formación judía y de su teología cristiana.
Es la conciencia entonces, la que nos hace distinguir entre el bien y el mal. 

     San Ambrosio es sin duda, el autor que  con mayor entereza ha reflexionado en torno a la conciencia. Escribió  que la responsabilidad de la conciencia es discernir el mérito del justo y del pecador. Es un acto interno de cada ser humano, hasta el punto de decir que ella –la conciencia- es su juicio, su testimonio captado por los sentidos internos , por quien el hombre y la mujer, son conscientes de los actos realizados; de forma que  ambos, independientemente del pensamiento de terceras personas, son culpables o inocentes ante sí mismos.
Tener tranquila la conciencia es un alimento que sacia de verdad y una tranquilidad interior que supera cualquier sufrimiento.
Para el pecador en cambio, la herida de la conciencia se torna putrefacta, apesta, es un infierno de donde salen fétidos y nauseabundos  olores. Una buena conciencia es pues “la más bella de las mujeres, la reina preparada para recibir al rey, segura e irreprensible, es la inseparable esposa que te acoge en su abrazo lleno de paz, es la cámara y el tálamo nupcial”…

      Respecto al discernimiento, según los jesuitas es elegir de lo bueno lo mejor. Esa es su más simple concepción, sin embargo en la llanura de su simpleza nos perdemos muchas veces en los derroteros de la vida y caemos en el sinsentido de la misma.  
Resulta evidente entonces que  de la falta de una conciencia bien formada, recta y veraz y de la incapacidad por elegir entre lo bueno lo mejor, como sociedad transitamos por caminos bastante sospechosos. El problema estriba en que no examinamos nuestros actos en el diario acontecer. Ya Sócrates decía en su tiempo que “una vida no examinada no merece la pena ser vivida”. Ese es el gran problema del ser humano post moderno, aquel en que reina la indiferencia de masa, que hace de los valores sus anti valores y que propugna un individualismo hedonista y egoísta, que vive solo para sí y se olvida de los demás.
Además de la ley natural –que para Santo Tomás de Aquino es “nada más que la participación de la criatura racional en la ley eterna”-  tendríamos que remarcar también en nuestras mentes y corazones “Soy un ser humano. No doblar, romper o torcer”. Solo así podríamos salir del estrecho ese, definido por la Escila del absolutismo y la Caribdis del relativismo…

     ¡Medítelo y actué!...

Referencias:
Fray Antonio Royo Marín, OP. Teología Moral para Seglares.



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