miércoles, 31 de octubre de 2018

A propósito del día de todos los santos y fieles difuntos…



Jlriveirof


     Los días uno y dos de noviembre de todos los años, la Iglesia conmemora el día de los Santos y fieles difuntos respectivamente, ambas son  celebraciones de vida y no de muerte, porque  Dios es un Dios de vivos y no de muertos. En consecuencia,  lo que una inmensa mayoría de personas proyectan con esta celebración, es dar gracias a Dios por la gracia abundante, que  ha conferido  a todas aquellas personas que pretenden imitar las virtudes, y a seguir el ejemplo de los santos  que nos han antecedido.
Ellos, están ahí para demostrar que es posible caminar por las sendas del bien, y llevar una vida santa, irreprensible y ejemplar. Ellos con su estilo de vida, pudieron demostrar, de forma concluyente,  que si se puede ser santo en este mundo posmoderno, a pesar de todas sus dificultades, tentaciones  y sus nuevos ídolos: el poder, el tener, el placer y el parecer, entre otros tantos ídolos modernos, ante los cuales, muchos inclinan las rodillas y rinden reverencia…
     Hay tantos santos y santas; unos han sido elevados a los altares y otros se encuentran en el anonimato, pero no por eso dejan de ser santos ante los ojos del Señor, los hay de todas las edades y nacionalidades, provenientes de todas las razas, pueblos, culturas y estratos sociales; algunos fueron miembros de la realeza, como es el caso de Santo Domingo de Guzmán, discriminados como San Martín de Porres, por ser hijo ilegitimo y mulato, inclusive dentro de su propia orden religiosa, militares como San Ignacio de Loyola, grandes pecadores como San Agustín; y otros fueron seglares,  como Santa Catalina de Siena y Santa Rosa de Lima, ambas de la orden de los dominicos…
     Con estos referentes es dable postular que la santidad no es para unos cuantos elegidos, como  piensan algunos, sino para todas aquellas personas que hacen la voluntad de Dios.  Tal y como lo expresa Pablo a los tesalonicenses: “Porque esta es la voluntad de Dios: su santificación, pues no nos llamó Dios a la impureza, sino a la santidad. -1ª Tes 4,3.7-
Queda sabido y entendido entonces que, la santificación es necesaria para la salvación. El texto bíblico es bastante claro y contundente. Tan importante es la santidad que, de muchas maneras, con diferentes personajes, diversos estilos redaccionales y géneros literarios, las Sagradas Escrituras  hacen ese llamado a la Santidad. El autor de la epístola a los Hebreos,  ratifica lo conducente al decir: “Procuren la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie vera al Señor”.  -12, 14-   Asimismo,  lo vuelve a recalcar el Apóstol  Pedro en su primera epístola: “Serán santos, porque santo soy yo”.
     “Ser o no ser, esa es  la cuestión”.  Evocando la famosa frase de William Shakespeare, en su obra egregia Hamlet,  en esta reflexión sobre la santidad, como síntesis de los procesos mentales, ante la duda que podría embargar y enajenar al ser humano, sobre esa decisión de ser o no ser santos. En virtud que, la santidad,  no es una invención de la Iglesia Católica, sino más bien, una obligación que le incumbe al género humano, para vivir en gracia, y poder así,  alcanzar la santidad  para  poder ver de frente al Señor, en el día postrero…
     En lo que concierne a la festividad del día de los fieles difuntos o día de los muertos, como comúnmente se le conoce, el autor anónimo  judío,  del libro segundo  de los Macabeos, (12, 44-46) dice pensando en la resurrección: “Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría sido superfluo y necio rogar por los muertos; más si consideraba que una magnifica recompensa está reservada a los que duermen piadosamente, era un pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado”.
      Como se puede constatar, este texto afirma claramente que los vivos si pueden interceder por los muertos,  mediante la oración y los sacrificios de expiación; tales como, misas, ayunos y oraciones, para borrar sus pecados. Por lo tanto, esta antigua tradición de orar por los fieles difuntos, tiene un fundamento bíblico bien sustentado.
     Lamentablemente muchas personas han tratado de desvirtuar las verdades fundamentales del cristianismo, y quizás por desconocimiento, una catequesis mal impartida, la costumbre impía o la ignorancia extrema,  vinculan con estas festividades,  la infausta fiesta de Halloween, pero el Halloween que tiene que ver con la noche de brujas, fantasmas, diablos y terror, y  que hoy mezcla las  drogas, al sexo, al  alcohol, a los robos, asesinatos y desapariciones forzosas y muchas más tendencias pecaminosas, sobre todo en los Estados Unidos de Norte América, el máximo consumidor de drogas en el mundo, contrasta con la verdadera festividad de rezar por las personas que nos han antecedido en su peregrinaje hacia la casa del Padre y,  el testimonio de los santos; contrastan con el verdadero fervor religioso, porque con estas prácticas putrefactas se está regresando de nuevo a las practicas paganas que tanto daño  han causado a la sociedad a lo largo de todos los siglos.
      Para sustentar la tesis que antecede, se puede constatar desde un punto de vista multidisciplinario, estas conjeturas. Aprovechándose  de algunas ciencias para dar respuesta a tal problemática, que a ojos vistas es “anti evangélica, anti ética y perversa”…
     Desde el punto de vista histórico es importante verificar que,  la noche aparentemente casta de disfraces, se originó en el siglo VI antes de Cristo, con los celtas del norte de Europa que celebraban el fin de año con la fiesta del sol,  que daba comienzo el 31 de octubre. Ellos creían que esa noche, su dios de la muerte les permitía a todos los muertos volver a la tierra, para encontrarse con los vivos y poder tener al menos, por unas cuantas horas, algún tipo de comunicación. Creían a la vez que, esa misma noche,  los espíritus malignos y fantasmas podían salir a asustar a los vivos, por eso los sacerdotes  celtas, llamados druidas,  hacían fogatas y ofrecían holocausto de animales para tranquilizar a los muertos.
      Pero en el año 800 de la era cristiana,  en esas tierras,  el entonces Papa Bonifacio IV,  permutó esa fiesta lesiva del sammein, como se le conocía entonces,  por la fiesta de todos los santos. Es decir,  que santifico la fiesta. Lamentablemente, no todos los habitantes dejaron sus antiguas creencias fanáticas. Algunos historiadores sostienen que, fueron los primeros irlandeses, que llegaron al nuevo mundo,  aproximadamente en el año de 1,846, quienes llevaron estas abominables prácticas a los EEUU.  Y hoy, el cine y el comercio voraz, se han encargado de fomentar esa cultura de la muerte.
     Desde el punto de vista sociológico, esa celebración,  responde a una influencia extranjera, perniciosa, relativa a una sociedad que no es el mejor ejemplo de moralidad y ética cristiana, por lo tanto es importante desecharla de los pueblos, que aún creen en Dios,  por ser contraria a todas las prácticas cristianas.
      Desde el punto de vista filosófico, todas las acciones que se promueven en esta noche de brujas aparentemente sanas, son mentiras con apariencia de verdad; en donde lo que se trata de favorecer es el comercio voraz, en donde hoteleros, dueños de discotecas y expendios de licor,  son los más beneficiados.
     Desde el punto de vista antropológico, con ese comportamiento anti religioso,  hay mucha gente que está encontrando un punto de cohesión social en dicha festividad, muy a pesar de la pérdida de la racionalidad, en los excesos  en el comer, bebidas embriagantes, sexo, drogas y toda clase de bailes exóticos, que rompen con la moral y la urbanidad entre tantas otras cosas. Penoso y  lamentable observar, como mucha gente se encuentra a sí misma en estas celebraciones, aplicándose bien el dicho popular de que “Dios los cría y el diablo los junta”…
     Desde el punto de vista teológico; la palabra de Dios es muy clara  para iluminar ese contexto. En el  libro del Deuteronomio se lee lo siguiente: “Cuando hayas entrado en la tierra que Yahvé tu Dios te da, no aprenderás a cometer abominaciones como las de esas naciones. No ha de haber dentro de ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique la adivinación, la astrología, la hechicería o la magia, ningún encantador, ni quien consulte espectros o adivinos, ni evocador de muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvé tu Dios y por causa de estas abominaciones desaloja Yahvé tu Dios a esas naciones a tu llegada.” (18, 9-12)
      Por lo tanto, quien tenga ojos para leer,  lea…, y “oídos para oír, oiga”.

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