martes, 15 de noviembre de 2022

De las Conchas hacía Chameoj

 

     En el post anterior a éste, que intitulé "El lugarteniente," epilogue de forma tangencial   cómo después que, un hato de ganado fino  de mi propiedad, un hado las "convirtió"  en vacas y toros viejos no aptos para uso cárnico, decidí vender la tierra con todo y los delincuentes subversivos que habían invadido media caballería de terreno,  cuyas fotografías preceden al post en curso; y, en la búsqueda de ese afán por  mantener la mente y el cuerpo ocupado, decidí fincar 48 manzanas que compré a mi tío Guillermo Riveiro, a quien cariñosamente le decíamos grillo (+), fracción de terreno que fue desmembrado de la finca Chameoj, propiedad de mis abuelos paternos: Francisco Riveiro y Martina Champney, que él grillo había  recibido en heredad después de la muerte de mi abuela, que decidí comprar dada la colindancia con la herencia dada a mi papá y su  buena vecindad.

     Durante y después de mi abuelo, la finca mencionada era explotada para el cultivo del café, pinares y maderas preciosas, hasta que después de su muerte, quienes administraron la finca decidieron introducir palma africana, cuyas ínfimas ganancias no justificaron la desertificación de esa propiedad.

     En ese contexto, decidí sembrar diez manzanas de café de un solo tajo, sin ningún conocimiento técnico ni preparación agropecuaria que sustentará esa decisión. Una decisión tomada

dada la preparación remota que tenía instalada mi querido viejo, dentro de sus capacidades adquiridas en su mocedad, cuando aún vivía mi abuelo Pancho.

En esa consideración se mandó preparar la tierra, se construyeron curvas de nivel, compré un almacigo de más de 35, 000 matas de café catuaí, una variedad creada en 1949 del cruce del Caturra amarillo y Mundo novo y, cuando los tiempos fueron propicios para la siembra, cubrimos cerros y laderas de café, café y más café.

     A priori me preparé para los tiempos de la cosecha que en su momento llegarían y, para el efecto compré pulpero, maquinas, zarandas, y se construyó un pequeño beneficio húmedo a la vera de una quebrada de agua que temerosa penetraba el caudaloso río Polochic, que en la parte del valle atravesaba nuestra propiedad.

Fueron semanas, meses y años duros, pagando jornales, limpiando la tierra de malezas, abonando, etcétera, en otras palabras, enterrando el dinero en ese cafetal.

     Con el objeto de aprender del oficio del caficultor, recibí varios cursos en ANACAFE, cuya institución nos brindó asistencia técnica especializada, enviando a un perito agrónomo a darnos capacitación y asesoría para el buen desarrollo del cafeto, buen manejo de sombra, controles fitosanitarios, gestión de plagas y enfermedades, entre un inacabado etcétera.

     Grata fue mi sorpresa al enterarme que, el perito agrónomo que enviaron fue mi gran amigo Juan Francisco San José Leal, el famoso San, bautizado con ese mote por mí, para abreviar su nombre. Compañero desde el párvulo hasta el tercero básico, compañero de mil batallas noctámbulas en bares, discotecas y clubes de striptease, que menciono para que las almas pías se santigüen en vano, intercedan por mi alma impura y recen unas largas letanías antecedidas por un ¡Jesús, María y José!

     Infausto fue su peritaje la primera vez que visitó la plantación; su sentencia fue la siguiente: la escogencia que hiciste del café fue pésima. El catuaí es para climas fríos, acá estamos a 600 metros sobre el nivel del mar, tenés que sembrar mucha sombra, más fertilización al tallo y foliar, más control fitosanitario. Éste catuaí por estar en una región cálida será susceptible a roya, antracnosis y no recuerdo que más yerbas. Cuando coseches tu conversión será de 4 quintales de café cereza por uno de pergamino y tu grano será vano...

     ¡ah!, Gracias a Dios las vacas no vuelan, —dije porque si no del cielo raso como el agua durante mayo, el estiércol me hubiera caído a cántaros...

Como vidente digno de confianza, las dramáticas profecías del San, se fueron cumpliendo y, las pérdidas se hicieron evidentes, patentes y manifiestas.

No obstante, la obcecación por seguir bregando en los distintos derroteros que la vida me puso por delante no me impidió alzar otros vuelos "mutatis mutandis in saecula saeculorum".

     Como dijo Sir Winston Churchill una vez: "El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo ".

Jlriveirof, OP

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