Al transitar la vieja plaza de Santo Domingo, concretamente por la calle treinta y cinco del otrora puerto negrero de Cartagena de Indias, no pude evitar caer en la tentación que sugiere la tradición oral del puerto que, consiste en palpar y darle el osculum obsenum a esa gordibuena y bella obra de arte esculpida en bronce, por el artista antioqueño, Fernando Botero.
Según la tradición en
cuestión, cualquier visitante que toque, trastoque y bese las
enormes posaderas de la Gorda Gertrudis, la desventura se hará a un lado y le
cederá el paso a la ventura y la buena
suerte que, lo acompañarán a perpetuidad y, con un poco de más atrevimiento, al
tocar sin tanto aspaviento, con sumo miramiento, los pechos fornidos
descubiertos al viento, se asegurará un largo y placentero romance con la
pareja, (hombre y mujer) y, repetirá el
viaje sin mayor equipaje que, el deseo de volver para deleitarse del glamour,
la gastronomía, la exquisitez, las puestas y salidas del sol que, en lontananza
pareciera ser que hunde su redondez en alta mar y, la beatitud de contemplar
los tiempos idos, anclados en tan paradisíaco lugar.
¡Ah, las puestas y salidas del
sol a orillas del mar, ja!
Sin embargo, para garantizar el éxito en
la tentativa de tal faena quise por enésima vez, dada mi tozudez, palpar y
besar al derecho y al revés a la Gertrudis; pero, recordé la sentencia de Voltaire,
que solía decir: “una vez, un filósofo. Dos veces, un pervertido”
¡Ah, gordibuena Gertrudis! ¿Es que acaso
no te volveré a ver?, necesito la suerte que prodigas en la querencia,
connatural a la existencia del hombre en potencia y en latencia. ¡Gertrudis,
Gertrudis!, Déjate ver de vez en vez…, que por ti surcare los cielos y los
mares, para visitar esos lares, por cuarta y quinta vez, para perderme en el claroscuro ese que se da, entre las candilejas de tus viejas callejas y las luces y sombras de tu cruenta historia entre las calles, las plazas y las edificaciones del siglo XVI.
Tú;
tan florentina como Maquiavelo y Lorenzo el Magnífico, pero de padre colombiano.
Fuiste traída de Italia como un regalo de los dioses para la bella y antigua
ciudad de Cartagena de Indias, con tus 650 kilos de peso corporal y exceso de
beldad, posando hasta la eternidad, con la cara siempre, siempre, mirando al
sol, ese sol caribeño que nace de lo alto y aparece casi siempre, en la misma
hora y en el mismo lugar. Frente a ti, el tiempo pasa despacio, como no
queriéndose ir nunca jamás…
Tu sinuosa figura,
protuberantes nalgas y prominentes pechos parecen volcanes erguidos, como
los de la mujer en ciernes, brillan más que el resto de tu cuerpo, por el
desgaste causado por tanta mano que te ha trastocado y, los rayos del sol que,
con serena impudicia, también te acarician, depositando su calor, su candor y
su fulgor, en donde más atraes…
Jlriveirof, OP


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