Eran los tiempos en que los acuerdos de paz “firme y duradera” (vaya engaño), no se habían firmado en la mesa de las negociaciones, entre los copetones del ejército y las diferentes guerrillas que operaron en Guatemala entre 1966 a 1996.
Por lo tanto, el fuego de fusilería,
explosivos y granadas, solía escucharse, allá a lo lejos, entre las zonas
escarpadas de la densa selva, adyacente al camino de herradura en donde en un
momento de solaz, poso al lado y al frente del Nautilus. Así le puse por nombre
a mi Land Cruiser, porque era capaz de zigzaguear sin atascarse, por los
lodazales en medio de aguazales que, muchas veces había que sortear en la
brecha que serpentea en las faldas de la montaña, máxime en lo más profundo del
invierno que en ese tiempo, aún no lo habían robado los depredadores.
Esas circunstancias adversas obligaban
emprender tan raudo viaje preferentemente de día, para llegar a una parcela de
mi propiedad ubicada en el corazón de Las Conchas, sin ninguna novedad.
Intentábamos mantener el paso, al paso cenital del sol para que, el ocaso y la
densa noche en la montaña, no nos agarrara desprevenidos, o, remotamente, sin
quererlo, encontrarnos en medio de la combatividad por causa de la
conflictividad y salir malheridos, o pudiéramos ser agarrotados, interrogados y
confundidos, como “orejas” del ejército de parte de la guerrilla, o por “canchitos”
de parte del ejército. Igual, con cualquiera de las dos tenía sus resquemores.
Máxime por mi vehículo,
similar al que usaban los judiciales para extorsionar, secuestrar y desaparecer
personas que, pensaban diferente a los gobiernos de los generales, que llegaron
al guacamolón por fraudes electorales…
En esos tiempos y en esos lares, cualquier
persona era objeto de sospecha y, podía sucederle que, a imitación del general
Pancho Villa, “los comandantes” dijeran: “fusílenlo, después averiguamos.”
Llegó el año de 1996 de nuestro Señor y se
firmaron los acuerdos de paz. Los ganadores fueron los “cabezones” de ambos
lados, que se enriquecieron con el botín de la guerra.
El gran perdedor como siempre,
el pueblo de Guatemala. Los fusiles y los tambores de guerra se callaron en las
montañas, en donde hoy se respira un ambiente de relativa paz…
Sin embargo, esos fusiles, retumban en las
selvas de acero y cemento, son otros los actores, otros los escenarios, pero el
pueblo sigue siendo el mismo, quien sufre las consecuencias.
Hoy más que nunca, ese noble,
resiliente, estoico y timorato pueblo, se encuentra atrapado “entre la espada y
la pared, entre Escila y Caribdis, entre martillo y tenazas…”
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