domingo, 10 de noviembre de 2019

¡Váyanse al carajo!



Jlriveirof, OP

   Cuenta una anécdota que en cierta ocasión llegó a la India un grupo de médicos provenientes de otras naciones a prestar ayuda humanitaria a ese país. Un país milenario y famoso por los millones de seres que en pobreza y extrema pobreza cohabitan en el mismo. Como parte de las ayudas que emprendieron, se dieron a la tarea de diagnosticar y curar cuanta enfermedad les fue posible con los medicamentos y equipos médicos y quirúrgicos que llevaban. Lo curioso de la historia es que dentro de las personas que hacían largas colas mientras les llegaba el turno, había una en particular que reparó y asustó porque casi todas las personas que entraban a una de las clínicas improvisadas en una carpa de campaña, gritaban y lloraban cuando eran suturadas sus heridas o desinfectadas las llagas que habían fijado su residencia desde hacía mucho tiempo en la humanidad de esas pobres gentes. Como no podía abandonar el puesto pensó en engañar a los médicos tratantes y dijo: -les voy a enseñar la pata buena y esconder la purulenta, les diré que tengo un dolor interno que no me deja dormir, al salir de su consulta, los que seguían en la cola  se dieron cuenta que él no gritó ni lloró y le preguntaron qué había sucedido. A lo que respondió: -los babosee, les enseñe la pata buena, no la enferma y solo me dieron estas pastillas de Sulfatiazol para combatir el dolor y una posible infección. ¡Vaya timo!
     A tenor de lo planteado en la fábula anterior, sirva para una analogía con lo que sucede a lo interno de muchas organizaciones; ya sean estas eclesiásticas, militares, culturales, sociales, académicas, públicas, privadas, laborales, ONG’S, con fines de lucro o beneficencia, etc.
Hoy día, hay mucha gente que, para evitar gritos, lloriqueos y despidos injustificados, mejor se dan a la tarea de babosear al que en última instancia termina siendo el baboseado: el jefe que se cree muy listo. Un jefe, gerente o director capataz, que jamás quiere escuchar los yerros, desaciertos, errores u omisiones que casi a diario se cometen a lo interno de las organizaciones y que en consecuencia prefieren que el profundo invierno que se genera al pretender defender un statu quo indefendible, prefieren hacerse amigos de la tautología y de continuo caen en la falacia ad hominem, amenazando no los argumentos planteados sino al asociado o subalterno que los produce. Al caer con suma facilidad en esa tentación se atenta severamente contra la moral del personal y repercute insidiosa y negativamente contra la productividad, causando un mal mayor en detrimento de las partes.
El mal es mayor cuando el alto directivo ocupa el cargo por amistad, familiaridad, por encargo de alguien superior, tener el apellido correcto y sin contar con las pertinentes cualificaciones para ejercerlo. Esa clase de personas solo sabe amenazar y atenazar al personal que disiente con ellos, carecen de inteligencia emocional en la empresa y al tener la mollera huera casi siempre piensan con la cabeza de los demás, o en el peor de los casos con el hígado mediante sus reacciones hepáticas…
     Es por eso que con alto grado de cinismo los vemos  conduciendo vagones de calesita sobre los rieles que otros con su sudor, esfuerzo, lágrimas, desvelos, sin sazones y largos años construyeron. A semejanza de los ciegos y los leprosos del evangelio, esos directivos terminan siendo los ciegos que conducen a otros ciegos. Pronto caerán en el agujero que ellos mismos construyen y muchos buenos asociados huirán de su presencia; así como en los tiempos antiguos, la gente huía de la presencia de los leprosos, y que en premio a su deshonor terminaban siempre lapidados sin misericordia alguna.   
En ese sentido, es notable y verificable que la gente no huye de las organizaciones, huye de los malos ejecutivos que no buscan la mejoría de las cosas, a través de una filosofía de mejora continua que lleva implícita una crítica constructiva en pro de cualquier enmienda. Ignoran o se hacen de la vista gorda que lo que no se escucha y evalúa no se puede mejorar. Se creen dueños de la verdad absoluta, desconociendo si acaso que la única verdad absoluta es que la misma es relativa, en palabras de Albert Einstein. Huye de aquellos altos directivos que padecen incontinencia emocional, según el diagnóstico que da Daniel Goleman en su libro: Inteligencia emocional en la empresa; y muchas veces esta carencia se da al no contar con una filosofía de vida que permita administrar según los conceptos de esa ciencia, es decir de la ciencia administrativa. En tal virtud, es menester regresar a los básicos y partir de un concepto bastante simple - ¿Qué es administrar?
     La acepción más simple la brinda el Grupo Fortune. Ellos dicen que, “la administración es la habilidad de alcanzar objetivos predeterminados mediante la cooperación voluntaria y el esfuerzo de otras personas”. En tal concepto hay cuatro palabras que son clave para el logro de los objetivos organizacionales y, son a saber: Habilidad, objetivos, cooperación y esfuerzo. Hoy por hoy; muchas personas que desconocen el arte y la ciencia de dirigir construyen muros en lugar de puentes. No son fuentes sino canal y precisamente por ello; repelen en lugar de atraer y al ser así, no son facilitadores del desarrollo y el progreso de sus asociados.
     En palabras de Robert Theobald, a todas aquellas personas que nos dedicamos a la difícil pero noble tarea de desarrollar personas, nos urge transitar de una cultura adversarial a una de dialogo. Ese es el requisito indispensable para salir de la co-estupidez y pasar a la co-inteligencia. De lo contrario aquellas personas que dependen de nosotros, tarde o temprano, “sin prisa, pero sin pausa”, nos mandarán al carajo. Y ahí nos llegará la hora en frase bíblica del llanto y crujir de dientes.
Con la ley de la oferta y la demanda necesarios somos, nunca imprescindibles…
    
    

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