En nuestro peregrinaje de casi ocho años ya dentro de la Orden de
Predicadores como fraternidad mucho hemos hablado de Santo Tomás, lo hemos
discutido en retiros espirituales y lo hemos celebrado en sus festividades; por
lo tanto en esta ocasión me permití salirme de los procedimientos para la
elaboración de un panegírico y no hablaré de fechas cronológicas ni como murió Tomás de Aquino, sino como vivió.
De pequeño sus padres lo llevaron a Montecasino para que estudiara
y se preparara para la vida eclesiástica, el destino que habían decidido sus papás para su propio bien era ese, para que algún día fuera el Abad. Pero
el cargo y el estilo de la vida benedictina no fueron objeto de su interés. Quizá
se dio cuenta que “rezando y trabajando” no encontraría las respuestas que andaba buscando
para hacerle frente a los retos de su tiempo. Se necesitaba mucho más que eso y
precisamente por ello cuando se encontraba viviendo y estudiando en Nápoles conoció
a los frailes dominicos y le gusto su espiritualidad: Oración, sobre todo la avidez por el estudio, la
contemplación y una vida al servicio de la Santa Predicación viviendo en
comunidad.
Es importante recordar que en el siglo XIII estaban vigentes los grupos
heréticos de los cátaros que creían en la existencia de dos dioses creadores:
Uno bueno y otro malo, siendo el bueno el creador del espíritu y el maligno del
cuerpo. Ante este dualismo filosófico nuestro Padre fundador Santo Domingo, se
da cuenta que para poderle hacer frente a esta herejía es imprescindible estar
bien preparado intelectualmente, y por eso envía a sus frailes a estudiar a las
más importantes universidades de Europa. Eso le encantó a Tomás que libó de las sabias enseñanzas de otro dominico:
San Alberto Magno.
Retrotrayendo el pensamiento a nuestros comienzos como fraternidad
dentro de la Orden de Predicadores, al
igual que el aquinate, creo que no
llegamos por casualidad y siento que transitamos más o menos el mismo camino.
Recuerdo que cuando me encontraba navegando por ese tormentoso estrecho definido
entre la Escila de los pecados graves y la Caribdis de los pecados capitales y
veniales, empecé a buscar respuesta a mi vacío existencial, en el seno de la
Iglesia Católica, claro está. Me encontré con eclesiásticos que no vivían lo que
predicaban. En ese contexto hice amistad con un hermano benedictino que me invitó a formar una comunidad de laicos benedictinos,
la cual rechace ipso facto. Como Santo Tomás ese no era mi destino y al
igual que él pero no estudiando en Nápoles sino en San Juan Chamelco conocí a
los dominicos, primero a Fray Luis Miguel Otero en el encuentro matrimonial,
después a Fray Jesús Tapuerca, Fray Guillermo Delgado y Fray Mario Torres quienes fueron nuestros mentores de Teología
en la Universidad Rafael Landívar, Campus San Pedro Claver, S.J.
Un sábado cualquiera durante el receso de nuestra clase de Teodicea, me
puse a platicar con el Padre Mario y en apretada síntesis le conté lo que estoy
contando hoy y lancé el anzuelo preguntando
si en la Orden de los dominicos
existía un lugar para laicos. Me dijo que sí, me conto de las
fraternidades laicales dentro de la
Orden, al sábado siguiente me llevo libros a la universidad, historias
de Santos dominicos, Espiritualidad
Dominicana de Fray Felicísimo Martínez Diez, algunos capítulos propios del
magisterio capitular de la Orden de Predicadores y la Summa Teológica en
digital –obra cumbre de Santo Tomás- y
me pidió que los leyera y que platicáramos después de haberlos leído. Con
avidez devoré su contenido –exceptuando
la Summa de Teología- y al cabo de un
par de meses volvimos a platicar del tema. Correspondió a él diligenciar lo
relativo al nacimiento de una nueva fraternidad y al suscrito la pesca de
hombres para integrarlos a la misma.
Al igual que el aquinate hemos
encontrado en la Orden de Predicadores la misericordia de Dios y la de los
hermanos –frailes, hermanas y laicos- y el Centro Ak Kután Fray Bartolomé de las Casas que es donde nos reunimos de ordinario, es para nosotros una escuela viva de espiritualidad y un lugar de encuentro
teologal. En nuestra vocación por la predicación descubrimos que el metro
cuadrado como areópago es ridículo y que nuestro atrio son los caminos
polvorientos, de los cuales hemos recorrido algunos en esa misión que es el
carisma y la vocación más profunda de la Orden.
¿Pero qué legado nos deja un fraile que vivió en la época medieval, a
unos laicos que vivimos en la época postmoderna?
El ejemplo de ser orantes y cambiantes, el estudio permanente
especialmente sobre las Sagradas Escrituras, documentos del Magisterio de la
Iglesia y Magisterio capitular, sobre ese particular es importante señalar que
en concejo de fraternidad hemos decidido que dentro de nuestro programa de
formación sistémica, estudiaremos a distancia algunas especialidades sobre
teología y filosofía, doctrina social de la Iglesia entre otras, a través de la Pontificia Universidad de
Comillas, en Madrid. Otro ejemplo que
nos deja Santo Tomás es buscar la felicidad dentro de la Orden no basada en
preceptos utópicos y santificar las
costumbres sobre todo en la castidad. Cuentan sus biógrafos que cuando se
encontraba encarcelado en el castillo de Roccasecca por sus propios familiares, en el intento por hacerlo desistir de sus
deseos de convertirse en fraile dominico, metiéron una mujer de la vida
alegre al torreón en donde se encontraba; cuando está intento servirle en
bandeja de plata todos sus encantos, lejos de deleitarse con los mismos, Tomás la rechazó amenazándola con quemarle la cara con un tizón encendido. ¡Difícil!,
¡Sí! pero no imposible, creo…
Como prolifero escritor de grandes obras teológico filosóficas como la
Summa de Teología y la Summa contra Gentiles, nos invita intentar escribir no
a su nivel porque ya lo dije en el preámbulo introductor “como Santo Tomás uno
nomás”, pero si pequeños ensayos y nuestras
propias reflexiones partiendo de un
análisis de la realidad para iluminarla con la luz del evangelio; evitando de
esta manera no caer en la degradante tentación del copy paste. Muy de moda hoy
entre políticos, especialmente...
Ese Príncipe de la escolástica, ese Doctor Angélico, ese Doctor de la
Iglesia fue teólogo, filósofo, profesor, escritor y predicador. En esa amplitud de ocupaciones como medios para un determinado fin: Que
todos sus sentidos hablen de Dios.
¿Qué podríamos ser y hacer
nosotros en un siglo y en un contexto diferente?
Jlriveirof

