viernes, 29 de enero de 2016

“Como Santo Tomás, uno nomás”

En nuestro peregrinaje de casi ocho años ya dentro de la Orden de Predicadores como fraternidad mucho hemos hablado de Santo Tomás, lo hemos discutido en retiros espirituales y lo hemos celebrado en sus festividades; por lo tanto en esta ocasión me permití salirme de los procedimientos para la elaboración de un panegírico y no  hablaré  de fechas cronológicas ni  como murió Tomás de Aquino, sino como vivió.

De pequeño sus padres lo llevaron a Montecasino para que estudiara y se preparara para la vida eclesiástica, el destino que habían decidido  sus papás para su propio bien  era ese, para que algún día fuera el Abad. Pero el cargo y el estilo de la vida benedictina no fueron objeto de su interés. Quizá se dio cuenta que “rezando y trabajando” no  encontraría las respuestas que andaba buscando para hacerle frente a los retos de su tiempo. Se necesitaba mucho más que eso y precisamente por ello cuando se encontraba viviendo y estudiando en Nápoles conoció a los frailes dominicos y le gusto su espiritualidad: Oración,  sobre todo la avidez por el estudio, la contemplación y una vida al servicio de la Santa Predicación viviendo en comunidad.

Es importante recordar que en el siglo XIII estaban vigentes los grupos heréticos de los cátaros que creían en la existencia de dos dioses creadores: Uno bueno y otro malo, siendo el bueno el creador del espíritu y el maligno del cuerpo. Ante este dualismo filosófico nuestro Padre fundador Santo Domingo, se da cuenta que para poderle hacer frente a esta herejía es imprescindible estar bien preparado intelectualmente, y por eso envía a sus frailes a estudiar a las más importantes universidades de Europa. Eso le encantó a Tomás que libó  de las sabias enseñanzas de otro dominico: San Alberto Magno.

Retrotrayendo el pensamiento a nuestros comienzos como fraternidad dentro de la Orden de Predicadores,  al igual que el aquinate, creo que  no llegamos por casualidad y siento que transitamos más o menos el mismo camino. Recuerdo que cuando me encontraba  navegando por ese tormentoso estrecho definido entre la Escila de los pecados graves y la Caribdis de los pecados capitales y veniales, empecé a buscar respuesta a mi vacío existencial, en el seno de la Iglesia Católica, claro está. Me encontré con eclesiásticos que no vivían lo que predicaban. En ese contexto hice amistad con un hermano benedictino que  me invitó  a formar una comunidad de laicos benedictinos,  la cual rechace ipso facto.  Como Santo Tomás ese no era mi destino y al igual que él  pero no estudiando  en Nápoles sino en San Juan Chamelco conocí a los dominicos, primero a Fray Luis Miguel Otero en el encuentro matrimonial, después a Fray Jesús Tapuerca, Fray Guillermo Delgado  y Fray Mario Torres  quienes fueron nuestros mentores de Teología en la Universidad Rafael Landívar, Campus San Pedro Claver, S.J.

Un sábado cualquiera durante el receso de nuestra clase de Teodicea, me puse a platicar con el Padre Mario y en apretada síntesis le conté lo que estoy contando hoy  y lancé el anzuelo  preguntando  si en la Orden de los dominicos  existía un lugar para laicos. Me dijo que sí, me conto de las fraternidades laicales dentro de la  Orden, al sábado siguiente me llevo libros a la universidad, historias de Santos  dominicos, Espiritualidad Dominicana de Fray Felicísimo Martínez Diez, algunos capítulos propios del magisterio capitular de la Orden de Predicadores y la Summa Teológica en digital –obra cumbre de Santo Tomás-  y me pidió que los leyera y que platicáramos después de haberlos leído. Con avidez  devoré su contenido –exceptuando la Summa de Teología-  y al cabo de un par de meses volvimos a platicar del tema. Correspondió a él diligenciar lo relativo al nacimiento de una nueva fraternidad y al suscrito la pesca de hombres para integrarlos a la misma.

Al igual que el aquinate hemos encontrado en la Orden de Predicadores la misericordia de Dios y la de los hermanos –frailes, hermanas y laicos-  y el Centro Ak Kután Fray Bartolomé de las Casas que es donde nos reunimos de  ordinario,  es para nosotros una escuela viva de espiritualidad y un lugar de encuentro teologal. En nuestra vocación por la predicación descubrimos que el metro cuadrado como areópago es ridículo y que nuestro atrio son los caminos polvorientos, de los cuales hemos recorrido algunos en esa misión que es el carisma y la vocación más profunda de la Orden.

¿Pero qué legado nos deja un fraile que vivió en la época medieval, a unos laicos que vivimos en la época postmoderna?

El ejemplo de ser orantes y cambiantes, el estudio permanente especialmente sobre las Sagradas Escrituras, documentos del Magisterio de la Iglesia y Magisterio capitular, sobre ese particular es importante señalar que en concejo de fraternidad hemos decidido que dentro de nuestro programa de formación sistémica, estudiaremos a distancia algunas especialidades sobre teología y filosofía, doctrina social de la Iglesia entre otras,  a través de la Pontificia Universidad de Comillas,  en Madrid. Otro ejemplo que nos deja Santo Tomás es buscar la felicidad dentro de la Orden no basada en preceptos utópicos  y santificar las costumbres sobre todo en la castidad. Cuentan sus biógrafos que cuando se encontraba encarcelado en el castillo de Roccasecca por sus propios familiares, en el intento por  hacerlo desistir de sus deseos de convertirse en fraile dominico, metiéron una mujer de la vida alegre al torreón en donde se encontraba; cuando está intento servirle en bandeja de plata todos sus encantos, lejos de deleitarse con los mismos,  Tomás la rechazó amenazándola con quemarle la cara con un tizón encendido. ¡Difícil!, ¡Sí! pero no imposible, creo…

Como prolifero escritor de grandes obras teológico filosóficas como la Summa de Teología y la Summa contra Gentiles, nos invita intentar escribir no a su nivel porque ya lo dije en el preámbulo introductor “como Santo Tomás uno nomás”,  pero si pequeños ensayos y nuestras propias reflexiones  partiendo de un análisis de la realidad para iluminarla con la luz del evangelio; evitando de esta manera no caer en la degradante tentación del copy paste. Muy de moda hoy entre políticos, especialmente...

Ese Príncipe de la escolástica, ese Doctor Angélico, ese Doctor de la Iglesia fue teólogo, filósofo, profesor, escritor  y predicador. En esa amplitud de ocupaciones  como medios para un determinado fin: Que todos sus sentidos hablen de Dios.

 ¿Qué podríamos ser y hacer nosotros en un siglo y en un contexto diferente?



Jlriveirof

martes, 26 de enero de 2016

"Entre Ujieres, secretarias y asistentes te deleites"

Sin entrar en detalles sobre el concepto etimológico de la palabra, según  la tradición,  el ujier es alguien que se mantiene en pie delante de la  puerta de un despacho. Es un portero que ha recibido instrucciones previas para dejar pasar solo a quien tenga algo importante para tratar con un rey, ministro o cualquier alto funcionario. Podría decirse entonces, que un ujier es alguien muy parecido a una bisagra, que siempre está detrás de puertas  o ventanas para cumplir una función concreta. 

Esos puestos de atracción, altamente redituables tanto para el empleador como para los destinatarios, que dicho sea de paso no necesitan tener preparación académica alguna para ocuparlo, siendo el  único requisito ser altamente corruptible, han cobrado notoriedad en las últimas horas, por ser una importante fuente de corrupción en el antro que queda en la novena avenida de la zona uno de la Ciudad de Guatemala, negocio que cuenta con una ley orgánica y que permite a cada congresista tener derecho a un ujier, una secretaria y un asistente. Tres subalternos per cápita   para poder cumplir  con sus obligaciones con “alto grado de eficacia”. Pero en detrimento del pueblo de Guatemala algunos "honorables" contratan hasta veinte personas para que “les hagan los mandados”. 

Desde tiempos inmemoriales dichas plazas han servido a los congresistas ávidos de todos los placeres temporales para beneficiar a familiares, pagar favores políticos o recibir a cambio "servicios íntimos profesionales" por  concubinas a más de algún parlamentario con los dineros del pueblo.
Como un incentivo emocional al salario muchos de los tenedores de estos puestos no tienen que presentarse al hemiciclo a cumplir con las funciones inherentes a sus cargos y respetar los horarios establecidos para el efecto. Es tan atractivo el puesto, que muchos se "afanan" en el cumplimiento de sus tareas desde su casa de habitación y después tan solo tienen que constatar en algún  banco del sistema si ya fueron depositados tan sagrados, merecidos y anhelados emolumentos, mientras otra persona marca la tarjeta de asistencias en el parlamento.

Gracias  a esos errores, horrores y favores en la integración de personal que los beneficiarios reciben como “don y talento”,  los dignos representantes del pueblo se han convertido en una especie de rémoras, dadas sus singulares características y apetencias por servirse del Estado. 
Según el diccionario rémora “es un pez marino de 35 a 90 cm de longitud, color gris o negro, cuerpo alargado casi cilíndrico, aletas largas y espinosas, y escamas pequeñas se adhiere fuertemente a los objetos flotantes o a otros vertebrados acuáticos gracias a un disco oval que tiene sobre la cabeza, para ahorrar esfuerzo en sus desplazamientos y alimentarse de despojos, hay varias especies, es voraz y vive en aguas tropicales”.

Rémora se  dice de alguien que se ha convertido en un obstáculo o estorbo grande, lastre o peso muerto, una clase parasitaria que vive a expensas de otros, según opinión de Pancracio Celdrán Gomáriz en su obra Inventario General de Insultos. 

En El tesoro de la lengua, el erudito Sebastián de Covarrubias  da mucha importancia a este término pues dice "es un pez pequeño, dice que si se opone al curso de la galera la detiene, aunque tenga suficiente remos y viento para moverla”. Tirso de Molina aplica el término referido al oro que convierte a las personas en rémoras de sus obligaciones y deberes. Y el teatro utilizó el vocablo durante el siglo XVII para referenciar a criados, escuderos y sirvientes. 

El poeta Luis de Góngora y otros poetas más utilizaron la palabra para referirse a personas, situaciones o cosas. Dicha locución es actual, y puede ser utilizado para referirse a cualquier funcionario público y sus subalternos cuando entre todos se cubren con el manto de la impunidad,   son voraces, viven a expensas del pueblo y se adhieren fuertemente a sus puestos; a diferencia de los primeros, estos  ya no viven de despojos, los despojos van  para las escuelas y los hospitales públicos.

Parafraseando al evangelista Mateo ¿de qué le sirve a un diputado ganarse todo el dinero del universo en contubernio con ujieres, secretarias y asistentes, si pierde su existencia?, ¿Qué monto gastará por su alma?


Jlriveirof