domingo, 28 de abril de 2019

De miserables, pobres vergonzantes y vagabundos...



Jlriveirof

     Giorgio Agamben dijo una vez que el pensamiento es el coraje de la desesperanza.
Un pensamiento bien atinado y pertinente para esta época de campaña proselitista que se está llevando a cabo en Guatemala, en donde la política como ciencia y como arte ha perdido su rigor, ha perdido su altura, ha perdido legitimidad. Y precisamente por ello; una inmensa mayoría de ciudadanos de a pie, hemos perdido la fe y la esperanza en aquellas personas que pretenden liderar la cosa pública los próximos cuatro años, a excepción de los más avorazados que intentan hacerlo por más tiempo. Nos encontramos inmersos en una campaña política, en donde reina el pesimismo, la animadversión y la descalificación del otro como mecanismo de defensa y, como arte de una guerra sin cuartel, en donde todos son atacados por  todos y en donde  no existe otra alternativa.

     Precisamente por ello; doy pie a  este análisis, segmentando al político y al politicastro. 
El primero es aquel que estudió política en alguna universidad y que en consecuencia intentará gobernar la problemática que nos tiene en vilo en este país de la eterna tiranía; al parecer no abundan,  y si los hay, permanecen de incógnito, con cierto grado de timidez, al seducir la política  tal vez , por  primera vez…
El segundo es aquel sujeto que transcribe el diccionario como alguien inhábil, rastrero, mal intencionado, que actúa con fines y medios turbios. Como la mayoría de aquellas personas que desvergonzadamente pretenden volverse a elegir, cuando en su actuar han demostrado ser más largos que la cuaresma, que recién acaba de terminar.
Son aquellas personas que no han actuado en el fiel de la balanza y que cuando analizamos retrospectivamente su ser y hacer, tanto en su vida pública como privada, no cuesta mucho trabajo constatar que muchos fracasaron rotundamente en lo que son y hacen hoy, y quizás por ello, quieren probar suerte en los arriesgados caminos de la politiquería, a sabiendas que, inmiscuirse en ella, es como nadar estilo mariposa en una alberca colmada de excremento.
En menos de lo que cacaraquea una gallina clueca y dura, mientras es perseguida para ser asesinada y comida en crema con loroco en la casa de algún  candidato…,  quedará embarrado hasta el tuétano de los huesos.

     Y precisamente por eso; llama poderosamente la atención,  contemplar las formas para nada ortodoxas que más de alguno de ellos, está  empleando  para captar la voluntad de los incautos; ante todo cuando más de uno, no se dignaba en dirigir por lo menos el saludo de la paz, a la hora de la misa en las iglesias particulares católicas, mucho menos en la calle o en algún sitio en donde casualmente se les encontrara frente a frente.
De tal suerte que hoy, cuando necesitan mendigar el favor del votante han sacado su mejor disfraz y ofrecen su mejor sonrisa; igual que aquellas señoritingas que se dedican al tráfico galante, enseñando el escote más de la cuenta y ofreciendo  su mejor sonrisa en la búsqueda asidua del mejor postor…

     Respecto de ese mendigar consignado en el apartado anterior, el doctor José Guillermo Delgado Acosta, fraile dominico y catedrático de la Universidad Rafael Landívar dice en estas o parecidas palabras que muchos de esos politicastros; son peor que los mendigos, piden y piden pero no dan nada a cambio, sus ofrecimientos son más falsos que los abrazos que ellos le están dando a ancianos, niños y mujeres desvalidas; porque una vez obtenido su cometido, rápido se olvidan de todos ellos. Tan solo fueron utilizados como medios para sus aviesos fines…
Son malagradecidos en extremo; y por eso es fácil diferenciarlos de los pordioseros porque al menos  ellos si agradecen evocando a Dios; mientras que el politicastro promete lo que no es suyo; “hecha la ley, hecha  la trampa”, lo que es connatural en ellos. Peor aún cuando de leguleyos se trata.
“Vergüenza del egoísta que no piensa más que en sí mismo”.
Parafraseando al filósofo alemán  Bruno Bauer, el politicastro acaba de ser descubierto…

     Como corolario; viene al recuerdo la vida de los miserables, los pobres vergonzantes y los vagabundos; aquellas parias sociales que desde los tiempos pretéritos han formado parte de la vida de los pueblos; y que para los fines de este artículo, elucubraremos sobre ellos a  partir de la edad medieval, tomando en consideración que antes de esa era,  eran otros los criterios que se empleaban para describir puntualmente su marginalidad.  
Trazado el camino entonces; podremos seguir avanzando, y para comprender mejor la comparación que se pretende realizar entre ellos y los politicastros de turno;  veamos los conceptos que se han elegido para no tropezar en la andadura de este artículo, y para darnos cuenta que en ese triduo marginal, hay muchas características en común.

      Los miserables;  durante la edad media eran considerados así,  aquellas personas que habían caído en situación de desgracia y que en tal virtud, pertenecían al lumpenproletariado; aunque el término no se conocía como tal en esa época, pertenece   a Marx y Engels, cuando fue establecido  en su obra La Ideología Alemana -1,845-  pero útil para describir sin lugar a conjeturas la realidad temporal de aquellas personas que vivieron durante la ignorante edad media y se quedaron  sin recursos socioeconómicos como medios de producción,  trabajo digno para poder progresar,  techo mínimo y pan sobre su mesa.
 Fueron personas que viviendo un día a la vez, en determinados contextos requerían de la caridad de otros, y eran presa fácil para romper el orden legal establecido, las normas éticas, morales y de costumbres entre otras, con tal de satisfacer sus más elementales necesidades. Muchos de ellos, eran gentes que poseían algún título académico, otros fueron militares e ilustres; pero, al estilo de muchos de los anawin guatemaltecos,  no tenían ni siquiera un perro longano  para escabechar.

     Los pobres vergonzantes o “paupers verecundos”, eran aquellos que necesitaban ayuda alimentaria, medicinal y pocas veces dineraria. Era aquella sociedad que se había empobrecido por diferentes circunstancias y que se avergonzaban de haber perdido su estatus, riqueza y estilo de vida anterior. Fue el grupo más aceptado y comprendido de la sociedad medieval. Muchos tenían profesión u oficio, pero el mismo era mal retribuido y por eso habían caído en esa condición desfavorable.

     Los pobres de solemnidad, eran los huérfanos, las viudas, los desposeídos, los marginados, ancianos, enfermos, pícaros y vagabundos de toda clase, entre otros. Eran los pobres de estratos muy bajos, que alguna vez habían gozado de un empleo pero lo perdieron a causa de alguna enfermedad, algún vicio o por tener que mantener a una familia bastante numerosa y; en consecuencia, terminaban en situación de miseria.

     Los mendigos  eran gentes sin oficio ni beneficio, sin trabajo ni recursos para poder hacer frente a las circunstancias que la vida les depara.

     Los vagabundos; eran aquellos que pudiendo trabajar, preferían no hacerlo. Algo parecido a los politicastros de este tiempo que prefieren perder su valioso tiempo, parándose en las plazas públicas, redondeles y caminos peatonales para ofrecer “el oro y el moro”,  reír, inclusive a carcajadas cuando la situación lo requiera, muchos de ellos tienen profesión pero posiblemente carecen de vocación para desempeñarse en el ejercicio de la misma con dignidad, comodidad y decoro. O simple y llanamente esa profesión ya no les da lo suficiente para obtener el tan anhelado éxito en la tentativa de su empresa;  y por eso,  prefieren perder las horas, los días, las semanas y los meses para limosnear el favor de los votantes; para convertirse después, una vez alcanzado el puesto que pretenden, en indigentes y mendigos públicos,  dependiendo plenamente de las instituciones.

     Ya en su tiempo; Marx y Engels adjetivarían a estas clases sociales marginales como “hez, desecho y escoria de todas las clases”, y “escoria integrada por los elementos desclasados de todas las capas sociales”, respectivamente.

     ¿Habrase visto tal cosa?, politicastros comparados con toda clase de miserables, pobres vergonzantes y vagabundos…, ellos no lo podrán creer, salvo los ciudadanos que inteligentemente se preparan para zarandearlos en las próximas elecciones; mientras ellos campantes  siguen haciendo más de lo mismo y dando de qué hablar. Ellos; que  no han sido capaces siquiera de inventar nuevos clichés y siguen plasmando su estulticia en la mayoría  de sus refranes. Combinando siempre lo viejo con lo nuevo, y la verdad con la mentira, como ha sido su inveterada costumbre.

     Mientras continúen confundiendo  los fines con los medios en su campaña proselitista atípica; creyendo y haciendo creer que se encuentran situados en los linderos de una actividad política, moral y éticamente aceptable; nosotros como población pensante; y consientes del devenir de la historia, debemos salir del sopor de la complacencia y votar  solo por aquellas personas que desde antes de irrumpir en política, evidencien con su ser y hacer que son  idóneos, capaces y honrados..., un triduo de méritos  contemplados en el artículo 113 de la Constitución Política de la República de Guatemala, como condición sine qua non para ser elegibles…
    
Fuente bibliográfica:
Nilda Guglielmi, Marginalidad en la Edad Media, Segunda Edición