jueves, 9 de marzo de 2017

Cartagena de Indias, ayer y hoy


Por Jlriveirof

     Al visitar por segunda vez  la bella ciudad de Cartagena de Indias y transitar por las viejas calles y avenidas del centro histórico, su entorno lleno de tradición y colorido me retrotrae en el tiempo  y me permite situar la mente y el espíritu en el tejido social, cultural, histórico, religioso, político y económico del siglo XVI, ese nefasto siglo cartagenero que registra la ocupación tiránica española en su territorio, así como su importancia comercial como puerto negrero que favorecía la comercialización ilegal de negros,  traídos casi todos,  del continente africano de donde eran secuestrados por los portugueses para venderlos después a los españoles con fines de  explotación, esclavitud física, mental, espiritual, laboral y reproductiva; pero también, sobre su  génesis hasta convertirse en un importante lugar turístico mundial, en una ciudad cosmopolita y una comarca urbana sostenible.

     Sobre Cartagena en sus comienzos,  nos dice Roberto Luis Jaramillo en su trabajo Cartagena fue “un precario emplazamiento español sobre un asentamiento indígena perfecto”, cuyos indios como los europeos les llamaban, fueron diezmados por la conquista, la colonia,  los encomenderos y las enfermedades, que encontraban en la debilidad de los mismos a causa de su desnutrición y trabajos forzados a que fueron expuestos, un campo fértil para su desarrollo y ulterior aniquilamiento.
El tráfico ilegal de negros tiene entonces su consecuencia, el amor al dinero y al hecho de haber diezmado a la población indígena. No obstante lo anterior, el indígena estaba considerado superior al negro, quien fue visto en los albores de esa civilización como un animal de carga, dada su fuerza física y corpulencia, al grado que incluso algunos miembros del clero y teólogos llegaron a suponer que los mismos carecían de alma. Precisamente por ello, decían que a ellos –los negros- no había que administrarles los sacramentos porque no les surtiría ningún efecto benéfico. Según mi percepción, ese concepto es derivado de alguna eiségesis que algún indocto en verdadera teología hizo de forma subjetiva al texto del evangelista Mateo en su versículo 6, del capítulo 7: “No tiren las cosas santas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos”. Recordemos que los “negreros” llamaban peyorativamente a los negros como “perros mulatos” y piara  de cerdos. Así como se le llamaba al fraile dominico Martin de Porres, en un contexto similar en la Ciudad clasista y excluyente de Lima, también en el siglo XVI…

     Pues bien, en ese vaivén por las viejas callejuelas de la  Cartagena amurallada, al pasar frente al templo de San Pedro Claver, resulta imposible no hablar de ese infatigable sacerdote jesuita español, que en ese tiempo fue de los pocos que se preocupó por defender los derechos de los esclavos, aquellos que aunque negros y considerados desalmados, también irrumpieron en el mundo como imagen y semejanza de Dios para que fueran fecundos, se multiplicaran, sometieran la tierra y dominaran sobre todo lo que se moviera sobre ella  –Génesis 1, 27-28-  y no para ser esclavizados y sometidos por los “ombres” blancos que vinieron de Europa a transar, robar, destruir y matar a mansalva.

     De Pedro Claver dijo el entonces Papa León XIII en ocasión de su canonización el 15 de enero de 1,888,  en Roma: “Pedro Claver es el santo que más me ha impresionado después de la vida de Cristo”. Sin duda alguna, al conocer la vida, la  obra y el trabajo de este “esclavo de negros para siempre” como él mismo se apodó; realmente impresiona, no cualquiera se hace servidor de una clase de gente considerada inferior e inhumana en su tiempo. Pero el Padre Claver que practicaba el evangelio y se consideraba un discípulo de Jesús en su tiempo, imagino que aquellas palabras del Maestro dichas en el siglo I a sus primeros seguidores, resonaban en su mente y en su corazón: “quien entre ustedes quiera llegar a ser grande que se haga servidor de los demás, y quien quiera ser primero, que se haga sirviente de los demás”.  –Mateo 20, 26-27-
Pedro Claver quiso menos que eso y por eso se hizo esclavo, servidor, confesor y defensor de negros y, por eso hoy, es grande. Beatificado el 16 de julio de 1,850 en Roma, canonizado el 15 de enero de 1888 en Roma, fue declarado patrono de las misiones entre los negros, el 7 de julio de 1896, defensor de los derechos humanos en 1985, Copatrono de Cartagena de Indias y de las personas afroamericanas. Sus restos descansan hasta el día de hoy, en el altar mayor de  la Iglesia erigida en su honor y que lleva su nombre, ubicada en el centro histórico de la Ciudad amurallada de Cartagena de Indias.

     Inmerso siempre en ese claroscuro de luces y sombras en la Cartagena del siglo XVI, tampoco pasa desapercibido el Tribunal de Penas del Santo Oficio de la Inquisición en Cartagena –un santo oficio que de santo solo tenía el nombre- porque  sus funciones, vistos a la luz de las Sagradas Escrituras  y en clave de “Jesucristo  que es el mismo ayer, hoy y por los siglos” –Hebreos 13,8- fueron “anti evangélicas, anti éticas y perversas”,  su representación siempre fue desviada de sus objetivos primigenios e instrumentalizados por la “nobleza” española para tener influencia política en todos lados. 
En el ejercicio de su función, estos “santos varones de la inquisición” para combatir la herejía, la brujería y la bigamia, usaron practicas muy parecidas a las utilizadas por las fuerzas oscurantistas y  represivas del estado guatemalteco en los tiempos de la guerra.
Cuánta razón tuvo William Shakespeare al promulgar que hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende…

     Dejando por un lado las elucubraciones y ya frente a la tumba visible de San Pedro Claver, inmerso en la oración y la contemplación, después de la Santa Eucaristía, el  silencio  me  invita a autogestionar preguntas interesantes; antropológicas, históricas y teológicas. A  algunas no les encontré explicación, por eso las consideraré para otra ocasión.
Terminado ese momento inenarrable frente a los restos de San Pedro Claver y salir de tan bella parroquia, dejaré para después las meditaciones, para  intentar sumergirme en el bullicio de la Ciudad y perderme en sus calles llenas de algo que contar que  invitan a soñar, despierto…

San Pedro Claver, ruega por Seguros GyT y por  nosotros…

Cartagena de Indias, 12 de Marzo de 2017

Referencias:
La Biblia de Nuestro Pueblo, Luis Alonso Schökel,
Cartagena de Indias en el siglo XVI, Haroldo Calvo Stevenson, Adolfo Meisel Roca, Cartagena 2009.-