domingo, 23 de septiembre de 2018

Y Dios dijo: hágase la palabra… 3ª parte



Jlriveirof

      A guisa de conclusión declaraba en la segunda parte de este artículo, ¡Yo soy rey!  Y ese presidir sobre nosotros mismos, demanda muchas exigencias a las cuales tenemos que atenernos y cumplirlas al pie de la letra. Significa que debemos  renunciar a muchas cosas, y entre las tantas cosas a las que debemos renunciar en adición a todos las situaciones que vimos anteriormente, está la renuncia total y absoluta de un liderazgo endeble, un liderazgo raquítico, porque a causa de un liderazgo de esta naturaleza hay tantos hombres y mujeres que parecen marionetas en las manos de otros, son manejados al sabor y antojo del otro. Son los tontos útiles que deambulan en las organizaciones como barcos sin velero ni timón y que andan casi siempre a la deriva. Son una casta de personas que nunca se comprometen, y en consecuencia,  nunca actúan. O si lo hacen, lo hacen de forma tardía. Sus promesas nacen de los labios hacia afuera, no desde las propias entrañas y por eso el decir con el hacer no son coherentes, no hacen binomio, no son buen partido.
     Nietzsche, el filósofo que planteo la muerte de Dios,  dijo en una oportunidad que los seres humanos somos animales que hacemos promesas;  aunque él considere que la creencia en Dios es una consecuencia de vida decadente y de que la idea de Dios es un refugio para los débiles y los ignorantes, es Dios quien nos ha dado ese don de la comunicación y, a través de ella hacer promesas. Cuanta razón tuvo Publio Sirio al externar: "La conversación es la imagen del espíritu. Según es él hombre, así será su charla."
 Pero,  antes de continuar elucubrando, preguntémonos: ¿Qué es una promesa? Dejemos que el Dr. Rafael Echeverría nos responda categóricamente: “Las promesas, son por excelencia, aquellos actos lingüísticos que nos permiten coordinar acciones con otros. Cuando alguien hace una promesa, él o ella se compromete ante otro a ejecutar alguna acción en el futuro.”
     Veámoslo así: Al comienzo de cada año calendario, a título personal planeamos nuestro porvenir,  y ese porvenir lo planeamos en el ámbito profesional, económico, familiar, espiritual, vacacional entre otras cosas; a partir de nuestras particulares necesidades,  porque de algo estoy seguro, no nos interesa únicamente el desarrollo económico que podamos lograr en el ejercicio de una  profesión u oficio concreto; sino toda una amplia gama de mejoramiento continuo, incluyendo nuestra área espiritual.  En el área profesional, muchos somos autodidactas y estamos a la vanguardia de los conocimientos que se requieren para estar siempre vigentes. En mi caso particular, continuamente procuro  aprender, desaprender y reaprender. Particularmente en mi estilo de gerenciamiento a la vieja usanza.
Ya lo dijo Confucio: “Por tres métodos se puede aprender: Primero, por la reflexión, que es la más sabia; Segundo, por la imitación, que es la más fácil; Y tercero, por la experiencia, que es la más amarga”…
     Con este desarrollo personal podríamos decir que nos convertiremos en una especie de alquimista, capaces de convertir el “plomo en oro” desde el punto de vista metafórico,  capaces  de hacer descubrir y  relucir ese  acre de diamantes que se encuentra en el interior de cada persona, desde el interior  de su propio pozo,  extrayendo  lo  mejor de sí mismo. Con el poder que nos da una palabra bien encaminada, bien dirigida en el momento y en el tiempo oportuno. Pudiendo hacer  una mutación maravillosa e increíble en aquellos que necesitan  un cambio radical  tanto en su manera de pensar, como en se manera de ser, de hacer, de decir y de actuar. Porque el ser humano, ese poderoso ser perfectible pero inacabado, que todos los días puede estar haciendo cambios en su vida con el poder de la palabra;  es el único que tiene el don de mutar en su manera de pensar, es el único que puede evolucionar,  que tiene la capacidad de convertirse, el único que puede nacer de nuevo espiritualmente tal y como lo dice San Pablo a los Efesios: “Despójense de la conducta pasada, del hombre viejo que se corrompe con sus malos deseos; renuévense en su espíritu y en su mente; y revístans dice claramente el Dr. Echeverría. ¿Y en que nos hemos comprometido nosotros los integrantes de esta agencia de seguros, bajo mi dirección y procuración? ¿De este grupo eclesial? ¿De esta fraternidad? ¿De nuestra sociedad?  ¡A cumplir! ¿Con quién? primero con Dios, porque el trabajo humano es una invención divina para colaborar con El en la construcción de un mundo más viable. En segunda instancia con nuestra familia, porque al cumplir con la palabra empeñada en esa promesa que hacemos cada año, estamos procurando estabilidad financiera y mental a nuestras familias, dándoles todo lo que necesitan para satisfacer sus más elementales necesidades, que son: comida, techo, abrigo, educación, instrucción, salud física, mental y espiritual,  recreación entre tantas cosas; recordemos que “si uno no cuida de los suyos, especialmente de los que viven en su casa, ha renegado de la fe y es peor que un incrédulo.” Según lo explicita San Pablo en la 1ª   Timoteo, 5,8. Y en tercera instancia, debemos cumplir con la empresa que nos da la oportunidad de ser alguien en la vida; si cumplimos con Dios y con nuestra familia como se debe, cumpliremos por añadidura con la empresa que nos patrocina, cumpliendo así con la promesa empeñada, porque de la promesa que cada uno hizo, otra persona se comprometió  a otro nivel y esta otra persona hizo lo mismo a un nivel más alto; por lo tanto si no cumplimos a cabalidad con la promesa efectuada, afectamos a terceras personas, empezando por los de nuestra casa y haremos quedar mal a las que confiaron en nosotros; entonces,  cumplamos con nuestras promesas porque “El hacha ya está apoyada en la raíz del árbol: Árbol que no produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego.” –Mt 3,10-
     Tal aseveración es aplicable a toda aquella persona que no produzca buenos frutos, en el hogar, en el trabajo, en la iglesia y en la sociedad; por supuesto después de haber agotado todas las instancias a efecto de que la promesa empeñada se cumpla y en este sentido; en este nuevo estilo de gerenciamiento, siempre hemos llevado a la practica la parábola de la higuera; que dice así: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo al viñador: Hace tres años que vengo a buscar fruta en esta higuera y nunca encuentro nada. Córtala que encima está malgastando la tierra. Él le contesto: Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.” -Lucas 13, 5- 9-
      ¿Acaso no hemos actuado así? Con el árbol que no quiere dar fruto; ¿Acaso no lo hemos abonado? Con programas de reentrenamiento, coaching, feedback, asistencia técnica personalizada. ¿Acaso no existen en cada uno de nosotros motivaciones endógenas y exógenas  para ponernos en movimiento?
     ¿Acaso no hemos visto el cambio en algunas personas? Que se dejan guiar, que son dóciles, que son humildes y no autosuficientes. Aquellos que se auto ayudan y a la vez buscan también ayuda.  Acaso no hemos visto el cambio en todas aquellas personas que primero confiaron en El Señor y después en ellos mismos; cumpliendo con sus promesas en todo su entorno;  dando fruto a todo tiempo, según nos narra Jeremías en el capítulo 17, versículos 7-8: “¡Bendito quien confía en el Señor y busca en El su apoyo! Será un árbol plantado junto al agua, arraigado junto a la corriente; cuando llegue el calor, no temerá, su follaje seguirá verde, en año de sequía no se asusta, no deja de dar fruto.”
     Así  serán todas aquellas personas que cumplan con la promesa empeñada haciendo según lo que les corresponde, al estilo de Jesús, que hizo lo que dijo y que hoy mismo nos promete: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.” (Mt 28,20).