“Un viaje se mide mejor en
amigos que en millas.”
Tim Cahill
Transitando por los meandros caminos del
pensamiento, recuerdo a los muchos caninos que teníamos en el Campamento.
Buena Vista se llamaba y pertenecía
a la Hidroeléctrica Chulac, a donde se llegaba a finales de los años setenta
del siglo pasado, por caminos de terracería.
Tomando como punto de partida la Ciudad de
Cobán, la llegada a dicho campamento eran de unas ocho horas de tormento,
inamovibles sentados en un asiento, pasando por distintos poblados: Santa Cruz,
Tactic, Tamahú, Tucurú, La Tinta, Telemán, hasta llegar al cruce de Seocóc,
para transitar por los vericuetos caminos que conducen a Cahabón, ya en la
cumbre se desviaba uno hacia la izquierda para llegar a Buena Vista, a la
derecha se seguía para Cahabón, pasando por Chiís, y atravesar el río Cahabón,
sobre los puentes: Rock Rock, Quita Calzón I y Quita Calzón II, llamados así
por el jefe del campamento, mi tío y padrino Hermógenes Fernández Ligorría, por obvias razones.
En sus bajos mandó a construir
rústicos balnearios para el caminero. De hecho, algún hecho ha de haber quedado
como evidencia en la arena para llamarlos de ese modo.
Todos esos pueblos y aldeas
forman parte del verde y pujante departamento de Alta Verapaz.
El nombre de Bella Vista obedece
precisamente a la vista bella que tenía el campamento, ubicado en una de las
cumbres más altas de las serranías que circundan el lugar.
Desde ahí se podía divisar el
Río Polochic serpentear por el cálido y fértil valle con el mismo nombre.
Un valle fecundo que debe su
nombre presuntamente a un fraile dominico, de los muchos que vinieron “al nuevo
mundo” después del medioevo.
La historia cuenta que, estos
frailes fueron ubicando esos pueblos cada 25 kilómetros.
Como todo un equipo
conformado, llevaban en su misión, mozos, asistentes, cocineras y topógrafos.
Aunque inverosímil la
siguiente leyenda cuenta que, una noche veraniega, “rúbel chaím” (bajo las
estrellas), un fraile vio como “la hierba se movía” y escuchó a la orilla del
río que sinuoso y caudaloso recorría su camino, tiernos ayes, seguidos de una
pequeña pero significativa palabra en idioma Q'eqchi, —ay Polo (hipocorístico
de Leopoldo) “chi’c…” (bis).
—¡Ah!, ya se dijo el fraile,
—le pondremos a este portentoso Valle, Polochic.
Por tal razón, al valle se le
conoce como el Valle del Polochic…
Así pues, volviendo al tema en cuestión,
descrito en el preámbulo introductor, para las vacaciones estudiantiles de la
década de los setenta, mi primo Fredy Fernández, un grupo de compañeros y quien
suscribe, nos íbamos de campamento a Buena Vista. Según nosotros, pero en
virtud del poder del jefe, a quien no le gustaba la ociosidad, nos empleaba y
emplanillaba como ayudantes de albañil, nuestro trabajo consistía en limpiar
copantes y ayudar al maestro albañil en la construcción de nuevos copantes.
Cada uno tenía su porta viandas de peltre y un galón de plástico en donde
llevábamos nuestro almuerzo y agua pura.
Al filo del mediodía, hacíamos
una hoguera con palos secos recogidos a la vera del camino, aún siento su calor
y el rico olor a comida caliente que emanaba de esos trastos puestos sobre tres
piedras que le daban cobijo a la leña.
Desde muy jóvenes aprendimos el valor del
trabajo probo y digno, así como también el corolario de las juergas
desenfrenadas, cuando puros k'aleb'aales (aldeanos) bajábamos a Panzós a beber
el sagrado boj (bebida fermentada de maíz, caña de azúcar y “muñeco”),
especialmente los días de pago, que eran cada quince días.
Era indudable que el poder estaba en todas
partes en Buena Vista. El gato (mi padrino) tenía sus “xiques”, (orejas) que le
informaban todo lo que hacíamos debajo de ese sol candente.
Uno de ellos era don Coty
Díaz, un viejito chaparro y barrigón, oriundo de Chicamán, les tenía pavor a
las serpientes. En venganza por una reprimenda que recibí, lo corrí con una
barbamarilla descabezada que el padrino había matado de un tiro, cuando la
misma me corrió por el campo de futbol para inyectarme su letal veneno. Ese día
por poco mato de infarto a don pobre Coty, estaba más pálido que la muerte que
se quiso llevar al ex presidente Yamaneti, en fechas recientes.
La jauría de perros, casi todos de
cacería, creo que eran los que más poder tenían en el campamento. Especialmente
el recordado Whisky, hijo de una sabuesa sorda, abandonada, más huesuda que la
pareja sentimental de A. Giammattei que, recogí en una de las polvorientas
callejuelas de Panzós. A lo sumo eran unos quince perros.
Presumiblemente, éramos los dueños de esa
jauría, pero quienes ejercían el poder sobre nosotros, eran ellos, estábamos
sometidos. Había que cuidarlos, bañarlos, cepillarlos, ver qué les dieran de
comer, etcétera. A la hora de las cacerías eran los perros quienes tomaban el
control de la situación, eran quienes ostentaban el poder, quienes ejercían
liderazgo, nosotros sus peones, detrás, siempre detrás de ellos. No es una mera
perogrullada, pero esos perros tenían más poder que cualquier bípedo implume
dentro del campamento.
De hecho, una fría noche de noviembre,
aprovechando que el gato como buen felino andaba de cacería y no estaba en la
casa patronal, creyendo que no llegaría a dormir, metí a sus majestades los
perros, a todos, toditos, todos, bajo el pabellón sobre su cama, resulta que,
llegó pasada la media noche, y al abrir la puerta de su cuarto, el aullido
sonoro, al unísono de toda la jauría rasgo el suave manto de la noche que,
ahora defendían lo que ellos creían era su territorio y, opacaban las mil y una
mentada de madre que me dio…