Jlriveirof, OP
Lo anterior
permea en el pensamiento sectario; que sostiene que, la peste es castigo de
Dios y por eso hace de ella, su Seol y su Hades…
¿Cuándo enfermarse debe ser
visto como una maldición que deba contenderse con la lapidación?
En su exacerbación han hecho suyo el dicho
popular que reza: muerto el perro acabada la rabia.
Pareciera ser que con este
proceder; esos malhechores buscan una válvula de escape para esconder sus
propios miedos, paliar sus propias crisis; o peor aún, ofrecer un holocausto al
diablo que llevan dentro.
Más
inadmisible resulta que todo el poder del estado no se utilice para frenar esas
flagrantes violaciones a los derechos de los demás; al gobernante de turno se
le va en esgrimir amenazas con la lengua y a pelear con la prensa televisada,
hablada y escrita; creyéndose el dueño de la verdad absoluta, cuando la única
verdad absoluta, como decía Einstein es que la misma es relativa.
Según él; no se le puede
contrariar, mucho menos contradecir; como si de un siniestro personaje
inquisitorial de la ignorante edad media se tratara.
Mientras tanto; la fiscal
general brilla por su ausencia; desde que la peste hizo acto de presencia.
¿Tendrá acaso temor que la
peste haga de su cuerpo su morada?
Como ha sido su inveterada
costumbre; no esquivara esos actos vandálicos que atentan contra la justicia y
la paz, en este valle de sombras, de lágrimas y de muerte, que es en lo que se está
convirtiendo toda Guatemala, con tanta desinformación y engaño…
Esos conatos de lapidaciones me permiten
retrotraer la mirada a los tiempos de la Biblia; concretamente al valle de los leprosos,
adonde eran enviados todos los enfermos de esa fealdad. No sin antes acotar
que, en ese tiempo, con el nombre de leproso se estigmatizaba y satanizaba a
cualquier persona que padeciera alguna enfermedad cutánea.
En consecuencia; lepra era el
nombre genérico que se le asignaba a cualquier mancha, erupción en la piel,
vitíligo, sarna, tiña, piodermitis, o dermatosis en general…
Pues entonces; cualquier
persona que tuviera a la vista algún problema dermatológico, era echada del
pueblo inmediatamente, y se les apercibía que debían utilizar una campanita colgada
al cuello, para dar aviso de su paso por alguna comarca, para que la gente sana
tomara sus precauciones y se resguardara de ellos.
Sin embargo; si por
cualquier causa o motivo, se les volvía a ver transitando por las calles de los
pueblos, aldeas o caseríos, eran apedreados sin misericordia alguna, por el
asco que les causaba, y el temor a contagiarse por la presunta enfermedad.
Era tan temida la dolencia, que,
los diagnosticados de padecerla, fueron confinados en las afueras de los
pueblos, en lugares muy apartados, a donde nadie, en su sano juicio, intentaría
acercarse.
Con ese proceder; la libertad de
locomoción, de relación, de participación, amén del bienestar psicofísico y
social de quien era considerado leproso fueron coartados en su totalidad. La
injusticia; salta a la vista per se.
Al traer a colación estos datos y
contextualizarlos en nuestro tiempo; podemos constatar que en este tiempo
presente; todos los días, se transgreden los derechos fundamentales y
privativos de esos seres humanos que están padeciendo la pandemia. Inclusive;
antes de que la misma se hiciera presente en nuestro solar patrio; lo ha estado
haciendo el estado desde tiempos inmemorables. Si los gobiernos anteriores no
hubieran privilegiado la corrupción y el pago de favores a las maras políticas,
religiosas, económicas y militares; como lo han hecho desde antiguo, nuestro
destino sería otro.
Si los recursos derrochados en pertrechos
de guerra se hubieran utilizado en los hospitales públicos; hoy, estarían
dotados con encamamiento, medicamentos, materiales quirúrgicos y personal
médico y paramédico, entre tantas necesidades. Entonces; la suerte estaría
echada, en beneficio de aquellos que tarde o temprano se verán envueltos en la
putrefacción de la peste. Y; el estado no tendría necesidad de caer en la
mendicidad ante potencias extranjeras en su intento por paliar la crisis; mucho
menos la tendría para mendigar la caridad ante la burguesía y bajarse los
pantalones hasta las rodillas con tal de recibir sus favores. Ante todo;
que esa burguesía, en su mayoría, está más preocupada por la sanidad de sus
finanzas que de aquellos que explotan, y que en última instancia son los que
verdaderamente producen sus riquezas.
El gobernante y sus achichincles no se da
cuenta; o si lo hacen lo soslayan; que después el precio político por
subordinarse al capital será muy grande. Recordemos que, desde los tiempos pretéritos,
mal a pagado el diablo a quien bien le sirve.
Mientras le doy un segundo y hasta un
tercer ver; al escrito éste, el gobernante aparece en
pantalla. Como un predicador apocalíptico del final de los tiempos y con grave
voz anuncia que la peste sigue avanzando, informa más de treinta nuevos casos,
ilógicamente amplia el horario para andar en la calle en dos horas más, pero
siempre, sin poder salir de nuestras comarcas.
Sin gozar del recurso de la futurología y
de la bola de cristal; esas malas noticias traen a mi mente algunas frases
escritas por Albert Camus en La peste. Durante los próximos meses (lo que queda
de abril y mayo en nuestro caso) toda la ciudad vivirá doblegada a la peste.
Centenares de miles de hombres, mujeres y niños darán vueltas sobre el mismo
lugar, sin avanzar un paso, durante semanas interminables…, a principios de
octubre, grandes aguaceros barrerán las calles. Y durante este tiempo no se
produjo nada que no fuese ese continuo dar vueltas sin avanzar…