lunes, 8 de junio de 2020

El Emilio y algunos divertimentos…



Jlriveirof, OP
     Aunque de forma tardía me uno a las mil y una felicitación que egresados de todos los tiempos del glorioso Instituto Normal Mixto del Norte “Emilio Rosales Ponce”, en su 75 aniversario celebrado en fechas recientes, y que mejor manera de hacerlo a través de las letras que ahí aprendí a hilvanar y amar.
Rindo pues merecido homenaje a mi loable establecimiento, cuna de todos los saberes, por todas las vivencias y las ciencias acrisoladas tanto en mi formación básica como diversificada, hasta mi egreso en 1979, con el título de Maestro de Educación Primaria Urbana, bajo el brazo.
El Emilio, como le llamábamos los de mi generación, aquella generación fortificada en las costumbres bien arraigadas de los nacidos durante el baby boom; y que, en consecuencia, nos hacen parecer en mucho al Emilio de Juan Jacobo Rousseau, por la independencia de criterios que nos enseñaron a exponer y defender nuestros mentores, con claridad y con vigor.
    Agazapado en ese pensamiento, y dividiendo el tiempo que estuvimos en el   Emilio, como Rousseau, dividió su Emilio en partes, dedicados a la infancia de su protagonista, se puede aseverar que las grandes mayorías de estudiantes nos transformamos ahí, pasando de la niñez a la adolescencia, hasta que muchos nos convertirnos en hombres y mujeres de buena voluntad y aprendimos a ser humanos, que, según Rousseau, es la primera obligación de todo estudiante.
    En esa enseñanza-aprendizaje, llegamos a contemplar la naturaleza en todo su esplendor, en virtud que el campus en donde me toco compartir esa experiencia, tenía amplios jardines, arboleda, un cerro que dicho sea de paso era el lugar de las escapatorias o alguna que otra cita para cortejar a más de alguna amada, o para que los más “machitos” se dieran de golpes por algún problema que no se pudo conciliar con el diálogo.  
     Pues bien, en ese frío y verde entorno muchos “endurecimos” nuestras enclenques osamentas, según la propuesta de Locke de “endurecer los cuerpos contra los rigores del clima”, un clima que, en los años 70, eran fríos y tendidos sus inviernos, de ahí que en ese tiempo se decía que, en Cobán llovían trece meses al año.
De esa suerte, y fusionando el pensamiento con el de Rousseau, nuestros catedráticos intervinieron para crear las circunstancias favorables que mejor respondieran a nuestras muy particulares actividades como alumnos de ese templo del saber, que muchas décadas después, aún le llamamos cariñosamente, el Emilio.
     De nuestras clases,  la de moral y ética profesional siempre es motivo  para recordar a quien “sentaba cátedra” sobre el tema en cuestión, alguien que jamás pudo ser mesurado. Que para justificar su causa nos decía “no hagan lo que yo hago, sino lo que digo”. Quizás por ello, su arte de enseñar no era libre, estaba atado a unas duras y pesadas cadenas que no le permitían la libertad de su cátedra. Como el avestruz, siempre agachapa la cabeza, a pesar de tenerla bien amueblada de saberes.
Parafraseando a Château, podría decir hoy, que la vida de nuestro maestro de moral, como sujeto de estudio es hasta el día de hoy un material didáctico muy ilustrativo y útil para aprender a ser y hacer en todos los tiempos. Para saber lo que es bueno y malo, agradable y perfecto…
     De nuestra clase de filosofía, los incorregibles, aquellos que aprovechábamos cualquier manifestación o asueto obligatorio para “abrir la puerta a los vicios” y darnos cita ya no donde doña Cotorra, como lo hicieron las primeras generaciones de estudiantes, sino a la Tienda del estudiante, adyacente al Emilio, ahí, al calor de los espirituosos, nos dábamos a la tarea de filosofar sobre temas coyunturales,  corregíamos el rumbo del mundo a diestra y siniestra,  visualizábamos  los porvenires, y así de cerveza en cerveza con un huevo de gallina criolla hasta el fondo del vaso, casi siempre robados,  sacábamos textos filosóficos de su contexto y empinábamos el codo “hasta ver a Cristo” o hasta que Valerio o el abuelo Rossi llegaban a tocarnos la retirada, amenazándonos con ir a quejarse con el director.
En cada libación, levantábamos un acta, para recordar cada una de nuestras reuniones del seminario, en donde teníamos que elaborar una para dejar constancia de todo lo realizado. Iniciábamos en el mismo lugar y fecha relacionada al principio de la misma, pero en más de los casos la concluíamos en otro lugar, de cuyo nombre no debo acordarme, parafraseando a don Quijote, y muchas horas después de su inicio. 
Como el ser humano es bueno por naturaleza, afirmaba Rousseau, esos pasajes de la tienda del estudiante no viciaron nuestra vida, y al egresar de ese egregio establecimiento, esa puerta quedó cerrada de una vez y para siempre.
     En el Emilio nos dejaron ser y hacer. Nos enseñaron a seguir el orden de las cosas, aprendimos a hacer, obedeciendo. Las cátedras no eran un monólogo, siempre el mentor forzó para que la inteligencia saliera de “la caverna”, como bien nos decía el catedrático de filosofía, como condición sine qua non para alcanzar la edad de la razón, según él.
     De nuestra clase de Literatura Universal, de mi catedrático aprendí a amar las letras, a conjugarlas, a preciarlas, a encontrarles un lugar en el mundo, para que hilvanadas una tras otra, no tuvieran límite. El único límite decía, es aquel que uno le pone a su mente. Con el conocí a Tolstoi, Sarmiento, Cervantes, Boccaccio, Homero, Guiraldes, Virgilio, Hesse, etc. Aprendí que al leerlos era como estar platicando con los hombres más sabios que me antecedieron, tal y como lo acuñó Descartes.
     Del Emilio Salí, pero él jamás salió de mí, aun recuerdo con cariño a todos mis amigos y compañeros de estudio, a mis catedráticos con especial afecto por todas las cosas buenas que me enseñaron, tanta vivencia compartida, tantos divertimentos juntos.
     El Emilio fue partera de otros pensamientos, ideas y creencias, una nodriza que me educó, el ayo que me custodió, y el maestro que me enseñó