Por jlriveirof
Resulta imposible
transitar por las viejas callejas cartageneras sin poder eludir las historias
míticas o verdaderas que guías turísticos y buhoneros ofrecen al visitante
acerca de los piratas del Caribe que asecharon la Ciudad entre los siglos XVI
al XVIII. Una actividad pirática que tuvo por epicentro el Mar Caribe a
inmediaciones siempre de la Ciudad de Cartagena como el culmen de una quimera,
de parte de los propios piratas que,
inspirados en Francis Drake encontraron
su mayor motivación, luego del asalto a la Ciudad en febrero de 1,586. –Alsedo
y Herrera, 1740-
Sobre esa infausta
actividad pirática se ha escrito bastante, desde la literatura hispanoamericana
hasta Hollywood. Se suele encontrar novelas históricas, ahistóricas, míticas,
relatos científicos y toda una tradición
oral, eso significa que son abundantes las fuentes que encontramos sobre ese
particular. En tal virtud, demás
está profundizar sobre ese fenómeno una
vez más.
No obstante lo anterior, considero oportuno rescatar la
figura del azote de los piratas y los corsarios ingleses que surcaron los mares
en esos tiempos: Don Blas de Lezo, mejor adjetivado por la historia como tuerto, cojo y manco que como un estratega valiente,
aguerrido y de armas tomar…
Blas de lezo fue
un almirante español que hizo su carrera militar naval a puro pulso y mérito
propio, ascendido en la armada gracias a sus esfuerzos en batalla y no merced a
la acción y al efecto del paso del tiempo como suele suceder en los ejércitos
modernos latinoamericanos en donde vemos a hombres y mujeres con un prominente
abdomen, alcanzar altos rangos militares más por viejos que por
estrategas. Don Blas fue ascendiendo en
diferentes campañas militares exitosas, en donde consiguió múltiples heridas y mutilaciones por balas de
cañón, al extremo que las mismas le dejaron tuerto, manco y cojo, sin embargo,
con esas limitaciones regresó al nuevo mundo en el año 1737 a bordo de los
navíos Fuerte y Conquistador con el puesto de Comandante General de Cartagena
de Indias, cuya plaza tuvo que defender de los ataques del almirante ingles
Edward Vernon, alias Old Grog, a quien derrotó en 1741 a pesar de la supremacía
de éste al comandar una enorme flota naval compuesta de 186 galeones armados
todos con 2000 cañones y 23,600 hombres
aproximadamente, aunados por un mismo
fin: Tomar el puerto de Cartagena de Indias. Don Blas de Lezo los repelió y los derrotó con apenas 3000 hombres, entre
tropa regular, milicianos, indios flecheros y la tropa de los seis navíos que
comandaba: El Galicia, el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el
Conquistador. Convirtiéndose así en el noble defensor del puerto cartagenero y
de los habitantes del mismo y en el azote de los corsarios ingleses y demás
piratas que quisieron asolar el mar caribe en ese tiempo con toda clase de
artimañas.
La actividad
pirática con todos sus artificios hoy es historia, sin embargo en América
Latina parece ser que hay gente todavía
empeñada en utilizar la praxis de los piratas a la antigua usanza. Al
menos en Guatemala es notoria en los tres organismos del estado una raza de
víboras, es decir, una maldita casta de
oportunistas dedicados a la politiquería que explotan en tal alto grado el erario
nacional y que podríamos definir de la
misma forma en que el economista John L. Anderson (2001) precisó para poder
entender la actividad pirática como un fenómeno histórico: Parasítica y
episódica.
Los politicastros parasíticos son entonces aquellos que se
parecían en mucho a los piratas del Caribe por ser estrictamente unos
aprovechados, que se han valido del alto
puesto con el que fueron investidos para llevar a la práctica toda clase de
transa y artimañas y que al igual que los corsarios muchos son ladrones por “vocación” y, gozan de la licencia de parte de algún
funcionario –Presidentes, vicepresidentes, ministros, gobernadores, diputados,
alcaldes, Etc.- que autoriza el pillaje.
Muchos de estos politicastros al igual que los piratas del siglo XVI han sido
unos vividores en virtud que nunca han sido productores de ningún bien que
después sea puesto al servicio de la población.
Los politicastros episódicos, utilizando el modelo que
Anderson tiene para los piratas, son aquellos que surgen en oleadas o bandas cuando escasean las oportunidades y
la inteligencia y no les queda más que aprovechar la coyuntura. Como un ejemplo
de lo anterior podemos reflexionar en torno a los diputados tránsfugas que se
amancebaron en insensato contubernio con el partido FCN-Nación que llevo al
comediante Jimmy Morales a ocupar la primer magistratura en Guatemala con su
slogan de “Ni corrupto ni ladrón”, una máxima que resulto ser más falsa que el
nombre del ahora Presidente de la República y que ni siquiera en su familia ha
sido de observancia habitual al verse implicados en actos reñidos con la
ley. Su argumento podría ser el mismo que
utilizaron los bandidos del mar en aquel tiempo: Se necesitan unos a otros para
cometer toda clase de felonías.
A guisa de colofón podría decirse que en
Guatemala presuntamente tenemos un defensor de la ciudadanía de toda esa
actividad pirática-legislativa que se da en el seno del Congrueso de la
República de Guatemala y demás actividades sospechosas en las instituciones del
estado y encontramos que en la
Constitución Política de la República sus autores describen algunos de los deberes
estatales, como ese de brindar y garantizar a todos los conciudadanos, la vida,
la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la
persona. Es decir, el bien común. Algo que lamentablemente no es muy común en
todo el país, tomando en consideración que el máximo violador del estado de
derecho es el mismo estado y eso lo
convierte en un “defensor” con más defectos que virtudes que Don Blas de Lezo que busco el sumo bien para
los habitantes de Cartagena de Indias en
su tiempo.
Ese garante del bien común en Guatemala, no solo es tuerto,
cojo y manco, sino sordomudo y puto,
pues ha demostrado con un alto grado de cinismo que tiene más precio que dignidad…
Santo Domingo de Cobán, 26 de marzo de 2017
Referencias:
Constitución Política de la República de Guatemala,
Cartagena de Indias en el siglo XVI, Haroldo Calvo Stevenson,
Adolfo Meisel Roca
