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En
adición a lo anterior, también podríamos hacer nuestras las palabras atribuidas
a un profeta anónimo de quien se desconoce su nombre y el lugar desde donde
habló alrededor del año 538 antes de Jesucristo; a quien se le atribuyó el
nombre de Isaías II o Deuteroisaías, y
dijo: “El Señor me ha dado una lengua experta, para que pueda confortar al
abatido con palabras de aliento.”-Is 50,4-
¿Qué es un abatido?
Según el DRAE significa abyecto, ruin, despreciable. La última palabra tiene
por sinónimo vil, y vil según la misma referencia se dice de una persona que
falta o corresponde mal a la confianza que en ella se pone. ¿Acaso no la
mayoría de las personas defrauda la confianza de alguien? En el hogar cuando se
tropieza una y otra vez con la misma piedra. En el trabajo cuando dejamos de
cumplir las expectativas difundidas con antelación por nosotros mismos. Y, en
la sociedad, viéndola en su totalidad cuando no pasamos de simples
espectadores, sin cumplir con nuestra misión en la vida, para la cual fuimos
creados, y poder ser transformadores de las realidades temporales: familiares,
laborales, científicas, técnicas, políticas, culturales, etc.
¡El Señor nos ha
dado una lengua experta para confortar al abatido! ¿Acaso no es eso lo que
necesitamos?, ¿Una lengua experta? Para poder confortar, ayudar y levantar al
que se ha desviado de sus objetivos. A aquél, que anda como barco sin velero y
sin timón, surcando mares de desaliento, desaprobación e incumplimiento. Siempre
a la deriva, sin un puerto seguro en donde atracar, por la falta de fe, de una misión, una visión y valores nucleares
compartidos. ¿Acaso no es esa la herramienta que necesitamos los coach líderes?
¿Una lengua experta para confortar al abatido? Mediante la reflexión
filosófica, haciendo preguntas poderosas
y externando juicios positivos, de aliento y no juicios preconcebidos,
provenientes de cómo nosotros vemos las cosas y no cómo son las cosas en la
realidad la mayoría de las veces.
Debemos partir de
la premisa que en la vida siempre hay errores que señalar, actitudes que
discriminar y rumbos qué corregir. Es una actividad que estamos haciendo todos
los días desde nuestras actividades domésticas hasta las laborales y
pastorales, que mejor si las hacemos con
instrucción, a fin de obtener “esa lengua experta” que lejos de minar las sanas
relaciones personales, la paz y la calma, sirva para catapultar al que está caído,
porque si para el que corrige el rumbo
le es difícil emprender la acción, más lo será para el que lo escucha. Ante
todo cuando lo hacemos con falta de pericia, olvidando que los juicios siempre
deben encaminarse a las acciones no a las personas. Y, sin utilizar todos aquellos
juicios que lejos de ayudar, coartan la libre emisión del pensamiento e
imposibilitan un diálogo ameno, constructor de nuevos mundos y nuevas
realidades.
Cuántas veces,
inclusive en el hogar hemos sido etiquetados desde niños con juicios como: eres
un torpe, un inútil, bueno para nada, suspenso, cero a la izquierda, mediocre,
fracasado, decrépito, idiota entre un largo etcétera. Juicios que muchas
veces seguirán haciendo eco a donde
quiera que vayamos…
¿Cuántos de estos
juicios nos persiguen el resto de nuestra existencia, marcándonos la vida y por supuesto el destino?
En virtud que los mismos no han sido escritos en piedra, sino en nuestras
mentes; por lo tanto, es importante ver de dónde vienen para restarles
autoridad. Un autor dice que “Por lo general nuestras acciones y pensamientos
coinciden con nuestra propia imagen.” Quien tal piensa tal es.
En el 9º enunciado de la concepción ontológica
de los juicios, del libro Ontología del Lenguaje, el Dr. Rafael Echeverría nos
dice: “Los seres humanos estamos en permanente transformación de quienes somos,
que depende de nuestra capacidad de aprendizaje. No somos de una determinada
manera, fija, inmutable, de por vida. Podemos aspirar ser distintos. Por
sobretodo, podemos aspirar a ser mejores.” En nosotros está el poder de cambiar
esos viejos pensamientos y discriminarlos a fin de que no tengan parte con
nosotros.
Muchas veces
optamos por callar, pensando que con no decir nada se corregirá la situación,
el tantas veces mencionado Doctor Echeverría dice: “es importante advertir que
cuando optamos por callar nuestros juicios críticos, éstos no desaparecen, sólo
quedan donde el otro no los ve”.
En los capítulos anteriores vimos el
significado de coaching, veamos ahora el de feedback y no es más que “recibir
información de algo que hemos hecho, dicho o simplemente “somos” y que usado de
forma correcta tanto por el emisor como por el receptor, se convierte en un
arma de desarrollo personal con enorme potencial.”
Haciendo énfasis en el “somos” porque hay
tantas concepciones como personas hay en el mundo y a veces describimos lo que
somos desde la particular concepción de lo que veo y no de lo que realmente
soy.
El Profesor Ignacio Bossi, Entrenador de Liderazgo,
Innovación y Negociación de la Universidad del CEMA puntualiza:
“Cuando se trata
de conducir un barco, la función del piloto es corregir la “tendencia natural
del barco” a desviarse del rumbo establecido para el viaje. El viento, las
olas, las corrientes del océano y los defectos del casco del barco contribuyen
a hacerlo desviar del rumbo que debería tener. El piloto utiliza diversos
instrumentos y recursos: ayudas portuarias, brújulas y seguimiento satelital,
que le permiten re-establecer el rumbo. La relación entre fuerzas que hacen
desviar el navío y las que por el contrario lo mantienen en el curso
establecido” es lo que llamamos feedback.
Pero para que el feedback catapulte tanto al
que lo da como al que lo recibe, es preciso renovar nuestra mente a fin de que
se den los resultados concretos que esperamos al final del mismo. Es preciso
que el receptor realmente quiera cambiar su forma de ser, de hacer, de aprender
a aprender, aprender a desaprender, aprender a vivir y aprender a convivir. Alfred Adler nos dice: “Puedes llevar a un
caballo al agua, pero no puedes obligarlo a beber.”
El Apóstol Pablo en la Epístola que escribió a
los romanos desde Corinto, en el invierno del 55-56 de nuestra era, nos dice que no debemos acomodarnos al mundo
presente, sino más bien transformarnos mediante la renovación de nuestra mente,
-renovación de la inteligencia y de las decisiones- de forma que podamos distinguir cuál es la
voluntad de Dios: Lo bueno, lo agradable, lo perfecto. -Rom 12, 2- ¿Acaso no es
una transformación la que esperamos después de una retroalimentación? Pero no
podemos transformar el hacer, si antes no transformamos el ser, mediante un
cambio de la forma de pensar, que es lo que Dios quiere, desechando todos los
pensamientos negativos de nuestra mente que nos trastornan y no nos dejan
avanzar y ser felices, ni desarrollarnos como seres humanos exitosos, no
fracasados, como muchas veces el mundo nos ha etiquetado. Recordemos que Dios
no hace basura, pero es preciso pasar la escoba todos los días de nuestra vida
por nuestra mente, a fin de desechar todos los malos pensamientos, que en su
mayoría son cepos que nosotros nos ponemos a nosotros mismos y que no nos dejan avanzar. Recordemos
que en el lenguaje del amor hemos “sido dichos y hechos por el poder de una
palabra” (Fray Guillermo Delgado, OP) y que desde el punto de vista biológico
somos el
líder; porque somos el espermatozoide más veloz, el campeón, aquel, que
fecundó el óvulo maduro de nuestra madre, en aquélla carrera vertiginosa hacia
la vida, los miles de miles de postergados fueron desechados. El líder soy yo,
fui dicho y hecho para triunfar no para fracasar.
En Ontología del Lenguaje existe un decálogo
para entregar juicios y un decálogo para recibir juicios. Cristo
resumió el decálogo de Moisés en
un solo mandamiento: Amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente y al
prójimo como a ti mismo. (Mt 10,37.39)
Si yo amo a Dios y al prójimo, como a mí mismo, ¿saldrán de mi boca
palabras groseras, obscenas o ruinosas? ¡No! Porque Dios nos ha dotado de “una lengua experta,”
para consolar al abatido, no para destruirlo, ni para clasificarlo con una X como la mayoría de los
muertos que yacen en los cementerios clandestinos, sino para restituir, para
animar con el poder de una palabra dicha y hecha en el tiempo y en un lugar
concreto.-
Una palabra sabia dicha y hecha justo a
tiempo, a la medida, metafóricamente me
convertirá en un taumaturgo. Me dará el poder y la facultad para resucitar a
los muertos que quieran volver a la vida, a una vida con sentido, trascendente
y soberana.
Recodando al poeta: “muertos no son los que en paz descansan en la tumba fría, muertos son los
que tienen muerta el alma y viven todavía”…