sábado, 4 de agosto de 2018

La manzana de la discordia



Jlriveirof

     Hará unos cinco o seis años, cuando un día cualquiera de la semana, muy de mañana,  recibí la visita de  un presunto  viejo amigo,  que venía de la Ciudad de Guatemala y traía consigo,   una misión previamente establecida: practicar una auditoria comercial, en la agencia de seguros bajo mi dirección y procuración.
      En su encomienda realizo un diagnóstico de la realidad actual y la realidad deseada, y evaluó las competencias y el compromiso. Respecto de las competencias, indagó sobre  los conocimientos, las habilidades y las destrezas de todo el personal, incluyéndome;  y del compromiso, la motivación y la confianza, y de paso le  dimos una mirada conjunta al clima organizacional.
     Al concluir con su misión, ya bien entrada la tarde,   nos encaminamos hacia  un restaurante cercano,  para degustar comida típica de la región, con sus respectivas bebidas espirituosas; y, mientras servían la mesa,  nos imbuimos en una plática bastante técnica, comentándome el visitador, que durante su análisis de la realidad de la agencia,  había detectado una “manzana podrida” dentro del personal, me refirió su nombre, y me recomendó que en la primera oportunidad lo despidiera, porque de lo contrario,  emponzoñaría a los demás.
     Con el término de manzana podrida se describe a una persona toxica, altamente  nociva para el clima organizacional, considerando que con su actitud mental negativa, mal  comportamiento y nefastos pensamientos, rápido podría enturbiar el clima laboral.
Una manzana podrida y de la discordia,  es alguien que se queja por todo y por nada, y que a todo le encuentra fallos. Es cizañero y chantajista.  No se adapta con facilidad a los cambios  internos y externos,  y en consecuencia, no vale para nada la pena,  conservarlo dentro de un equipo laboral.
     Sus conceptos para describir a la manzana podrida, encaminaron  mis pensamientos al antiquísimo libro del Génesis y recordé que aun en la Biblia, la manzana, es un signo de la discordia, y fue utilizada por la serpiente antigua, para poner en peligro el estatus de los primeros habitantes del Edén.  Desmitificando las Sagradas Escrituras, claro está.
      La etiqueta aplicada a la persona en cuestión, no fue muy de mi agrado, y por supuesto, no me deje llevar de su consejo; -para mi mala fortuna- por el contrario, creyéndome poseedor de algún poder taumatúrgico, concebí la idea de transformar a esa “manzana podrida”,  en una persona merecedora de un título más noble.
     Sin embargo, eso no me fue posible. Transcurrió el tiempo  y a esta “manzana”, no se le dio por cambiar de opinión, ni su forma de ser, de hacer y de convivir, y consecuentemente con ello, nunca desaprendió y  siguió siendo lo que era: un “bellaco de maldades, depositario de mentiras, maldiciente y murmurador”, en palabras de Don Quijote de la Mancha. Sumado a las descripciones que Nicolás Maquiavelo hace en su “buena regla general”,  en El Príncipe: “ingrato, voluble, mentiroso, impostor, cobarde y ávido de ganancias”.  –mal habidas-
Ya con esas referencias, evidencio ser también  una manzana orgullosa. Creía que tenía una vasta experiencia en el ejercicio de nuestra vocación, era holgazán, cínico, chismoso, ponzoñoso, pendenciero y amante de la farra.  
     Al final, me di cuenta que el auditor comercial, fue un vidente digno de confianza, me dijo lo que pasaría si no me deshacía de la manzana de la discordia en mención, y así como me lo advirtió, así pasó…
     Se fue la persona aludida y rápido llegó otra peor, a ocupar su lugar. Un adorador  de la cannabis, en quien tenía asentadas sus complacencias y que quizás, por el efecto que ésta mala hierba surtía en su mente, fue radicalmente desleal y se aprovechó de nuestra buena fe, del apoyo técnico y académico recibido, de la magnanimidad de la agencia de seguros. Lo aceptamos en el equipo, cuyos veteranos lo recibieron como un compañero más, ofreciéndole todo su apoyo, empezamos a desarrollarlo, pero éste rápido demostró de que “madera estaba hecho” y al igual que Judas el traidor, demostró tener precio en perjuicio de su dignidad, derechos y libertad.
 ”Hombre pobre de espíritu y dominado por sus necesidades inmediatas”,  diría Maquiavelo de él, dadas sus ingratas actitudes puestas de manifiesto, en su corta estadía, dentro de la organización. Apenas si fue flor de un día…
      Dos  manzanas concretas, entre muchas tantas, que llegaron antes y después, pero  que con análoga resolución, se ganaron un salvoconducto hacia sus casas, por tener huera la mollera y podrido el corazón…
     Ahora bien, dejando por un lado estos conceptos que reducen no a pocas personas y  que sin embargo, en muchas de ellas,  es su mejor carta de presentación, es dable  suponer que manzanas podridas van y vienen; no serán las primeras ni las últimas en nuestros procesos de contratación, y para evitar problemas a futuro, es mejor indagar más y mejor, antes de integrar nuevo personal. Y en esa gestión, me permití indagar sobre el proyecto social del filósofo Jacques Maritain, quien a partir de algunos errores en la consideración de la persona humana, propone un nuevo concepto de cultura, -organizacional diría yo- en la que el ser humano pueda vivir como persona, libre de toda miseria que lo aliena y esclaviza, y que impide su desarrollo integral.
     A diferencia del personero que me visitó, y algunos ejecutivos que ocupan altos cargos directivos,  J.  Maritain, concibe al ser humano como alguien inmanente y trascendente y,  por lo tanto, puede forjar su propia historia y bregar, hasta desarrollarse en el vasto y estricto sentido de la palabra, evitándose así todas las etiquetas  que les suelen poner,  en perjuicio de ellos mismos, al intentar anular la dignidad que tienen por ser hijos de Dios.
     Este orden de ideas tiene una exigencia en tanto que, pretende que todos los seres humanos, se sacrifiquen para obtener una vida mejor, en donde todos tengan lo suficiente para vivir con libertad,  dignidad, comodidad y decoro;  pero, con austeridad y sobriedad, para poner en escena una praxis liberadora, asumiendo los valores del Reino de Dios, con el propósito de permanecer siempre “bajo el régimen de Cristo”.
Advierte otros postulados un tanto utópicos según mi consideración y que por ello evito, al menos en esta reflexión, que parecerá extraña a algunos estudiosos de la ciencia administrativa, poseedores  de un pensamiento económico neo liberal.
     Triste y llanamente, los apelativos de manzana de la discordia y podrida, bellaco de maldades, depositario de mentiras, maldiciente, murmurador, hipócrita, mentiroso, voluble, impostor, cobarde y ávido de ganancias deshonestas;  son realidades concretas que cuando se llevan a la práctica,  deshumanizan al ser social,  considerado el centro y el fin último del universo, y que irrumpió victoriosamente en el mundo,  cuando Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”.-  Génesis (1,26)

En algún lugar del ciberespacio, el  4 de agosto de 2018

domingo, 29 de julio de 2018

¡EL CENTINELA!


Jlriveirof

     La frase que antecede me hace retroceder con la memoria a un   tiempo y un lugar concreto y me ubica en los años 73 y 74 del siglo pasado, cuando siendo yo un estudiante de básico, en un instituto cívico militar, fue adherido a mi humanidad,  un viejo y oxidado fusil, denominado Máuser Alemán,  calibre 7.92,  con un peine de cinco cartuchos vacío. Este fusil debe su nombre a su  fabricante Paul Máuser y fue famoso en la primera guerra mundial, por ser el fusil estándar de la infantería del ejército alemán.
 Adherido digo,  porque los internos del establecimiento teníamos que dormir con él, so pena de sanciones severas;  y por eso, le llamábamos “nuestra novia”.
     Pues bien, portando a este viejo y fiel compañero del camino, ya sea al hombro o terciado, cuando me tocaba hacer guardia de centinela, y me tocaba dirigirme del internado hacía el instituto, que distaba a unos 300 metros, para hacer ese servicio, y  muchas veces bajo los rigores del frío invierno,  bajo torrenciales lluvias y escandalosos relámpagos que amenazaban con caer en los alrededores  copados de pinos. Bosques densos y abundantes que en San Pedro Carchá eran exuberantes, máxime en aquella década ante la inexistencia de depredadores de la fauna y la flora, que hoy medran de la tala inmoderada de toda clase de árboles.
  Las  otras veces transcurrían en las tibias noches del verano;  algunas veces al filo de  la medianoche y otras en la madrugada, siempre del anochecer al amanecer.
     Esos servicios de centinela, regularmente  se hacían cuatro  en la noche  y teníamos que permanecer siempre atentos y despiertos porque no sabíamos cuando se podía aparecer un oficial y nos encontrara durmiendo,  eso significaba pasar arrestados el fin de semana, cumpliendo con  castigos físicos de rigor  o haciendo limpieza en los lugares menos nobles del establecimiento y sus alrededores.   
           A tenor de lo  expuesto  y parafraseando a Anne Rice en La hora de las brujas, muchas veces sentí la oscuridad cerca de mí y me dio miedo, también sentí la luz al aparecer los primeros rayos del sol que brillaban y me causaron alegría, pero sobre todo sentí  el contraste entre ambas. Contraste en el que indudablemente hemos estado inmersos  todos aquellos que hemos transitado  de la oscuridad a la luz durante nuestro proceso de conversión, contraste en que se encuentran inmersos aquellos que luchan entre la vida y la muerte, postrados en alguna cama de hospital, contraste entre el mundo libre o el submundo de alguna cárcel, privado de todas las libertades,  o el contraste  entre la luz del Cristo transfigurado y la oscuridad de los antros en donde se comercializan todos los  vicios, el pecado y la maldad;  en todas sus manifestaciones y donde yo, en aquellos tiempos pretéritos,  fui un simple destinatario de la misión de las celestinas…
     Hoy; en contextos distintos y distantes, el evangelista San Marcos, permite contemplar la ética de Cristo, cuando nos manda a cumplir con la misma función de un centinela: “Estén atentos y vigilen” –Mc 13, 33- porque ignoramos cuando será el momento de su venida, quiere que velemos,  porque no se sabe si vendrá “al atardecer, o a la media noche, o a la hora que el gallo canta o en la madrugada”,  -Mc 13, 35- dividiendo la noche en cuatro momentos cada una de tres horas, similar al servicio de centinela que en aquellos tiempos de mi mocedad,  lleve a la práctica...
Ese canto de gallo, me hace recordar a mi vecino de al lado, un campesino que tiene aves de corral en su casa, y éstas cantan a tiempo y a destiempo, sobre todo cuando se enciende alguna  luz durante la noche y  creen que ya amaneció y empiezan a alborotar a sus congéneres en el gallinero…
     En aquel  tiempo,  hice mi guardia acompañado de un viejo pertrecho de guerra, ya obsoleto y en desuso entonces. Hoy, 45 años después, en atención a las recomendaciones del Maestro de estar atentos y vigilantes, lo hago con las armas de Dios que son más efectivas que cualquier pertrecho de guerra: “La verdad, la coraza de justicia, el Evangelio de la paz, embrazando el escudo de la fe, el yelmo (casco) de la salvación y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios, orando, suplicando y velando juntos (en comunidad o en familia) con perseverancia”. -Efesios 6, 13-18-
     Tomando en consideración la problemática social, política, económica y religiosa de estos tiempos, la recomendación es clara y contundente: ¡Velen! Dice Jesús, por lo tanto mantengámonos en guardia para que no nos encuentre dormidos,  transitando siempre de la oscuridad hacia la luz y no permitamos nunca que el sopor del contraste nos envuelva en su tibieza.-

Santo Domingo de Cobán, 30 de julio de 2018