En fechas recientes viajé de Guatemala
hacía Nassau, Bahamas con conexión en la
Ciudad de Panamá; acompañando a un grupo de hombres y mujeres de negocios
de Seguros GyT, de quien soy parte. Después de abordar el avión ya en pleno
vuelo me puse a elucubrar entre otras cosas, sobre el “punto de no retorno”; que en términos de aviación, geográficamente es
aquel punto que una vez pasado, el regreso
al aeropuerto de origen no es recomendable en absoluto, por la posible falta de combustible y otras
derivaciones como lo es el viento de cola que en su momento ayudo a la aeronave
a elevarse y ante un eventual retorno actúa en contra.
Utilizando el mismo concepto en
el giro de nuestro negocio; hemos iniciado “vuelo” hace ya cuatro meses y el
viento de cola del 2014 fue lo suficientemente fuerte para ayudar en la
elevación. Pero; llegando a la mitad del segundo trimestre de
este “vuelo 2015” a primera vista, parece que algunos tripulantes perdieron el
entusiasmo de ese “empujón” del viento de cola, y hoy amenazan con hacer
regresar a la “nave” a su punto de salida: Amenazan aquellos que no pueden mantener una producción
constante, sostenible y sustentable, la amenazan aquellos que han perdido el brío y que se
encierran adrede en sus viejos paradigmas, la amenazan aquellos que no
emprenden, que no trabajan y que no actúan de inmediato.
En tal virtud y apropiándonos del concepto aerodinámico podría decirse que ya hemos rebasado
ese punto; “bajarse” ahora o pretender
regresar puede traernos serios problemas que podrían ser incorregibles después. En esa dirección, no es negociable regresar a nuestro comienzo.
Estamos sobre la marcha y a muchos nudos de distancia del lugar de donde
partimos a comienzo del año, un año que a ritmo vertiginoso se come los días y
los meses; y que “sin prisa pero sin pausa” nos acerca a nuestro destino final
programado para el mes de diciembre.
Haciendo una sucinta
concatenación de pensamientos que giran en torno a la aviación, quiero compartirles un incidente que sonó en
los medios noticiosos hace ya algunos años, en esa ocasión se dijo que por un
alto personaje de la política guatemalteca; por hacer uso desmedido del servicio de bar en
las alturas y ya en estado de ebriedad, escandalizar y enamorar a
las azafatas; el capitán tomó la difícil
decisión de hacer un aterrizaje no previsto en algún lugar de Sudamérica, para bajarlo del avión. Junto al malhechor se
dejó también el problema. Valga el
relato para hacer notar que podemos “bajar del avión” y abandonar a aquel que deje de practicar los principios
de solidaridad y corresponsabilidad hacía el capitán y demás tripulantes; nuestro
destino es común, corremos la misma suerte y se necesita de la contribución de
todos para llegar incólumes a “la otra
orilla”.
Todos estamos consientes que hay
muchos problemas que tenemos que subsanar y que son semejantes al viento en
contra, a las turbulencias y la despresurización de la cabina; hay muchos otros
que se originan a lo interno del hangar que nos da cobijo; pero del
capitán depende que cuando la luz roja se encienda y advierta del
problema, investigue en donde está el
fallo o la falta de apoyo para enmendarlo; aunque a veces esos apoyos
ofrecidos sean abstractos, será necesario
hacer descender la nave hasta niveles en donde la atmosfera (clima organizacional)
sea más respirable para que una vez solventados los mismos, podamos volver a
levantarnos, alcanzar la altura y
mantener el rumbo previamente establecido. A veces es preciso bajar para volver
a subir con más ímpetu que al principio. Estoy seguro que ese es nuestro
argumento.
En todos los casos es imperativo
mantener sanas relaciones interpersonales con los contralores aéreos
(suscriptores, gerentes, asistentes,
secretarias, etc.) porque el vuelo no se alza solo, ningún logro es individual,
sino colectivo; necesitamos de ellos y ellos de nosotros para mantener el
rumbo. Robert Theobald fue más sugerente al creer que pasar de una cultura
adversarial a una cultura del dialogo es el requisito fundamental para salir de
la co-estupidez y pasar a la co-inteligencia.
Ojalá todos pensaran igual y actuaran en consecuencia para mantener la unidad y no
caer en la desesperación en la que cayó Andreas Lubitz, Co-piloto de aviación que en
marzo recién pasado, estrelló un avión de la aerolínea Germanwings con
150 personas en vuelo. “Pilotar” nuestro negocio y no mantenerlo en las alturas
por las causas que sean, es caer en el síndrome de este aviador; tarde o temprano; quizá más temprano que
tarde, estrellaremos nuestro vuelo,
sacrificando a aquellas personas que dependen de nosotros y esperan cumplamos nuestros objetivos con alto
grado de precisión.
Y; por
último, los instrumentos son para el avión lo que la visión, misión, valores,
coaching y feedback son para el hombre o mujer de negocios de seguros;
imprescindibles para mantener y corregir el rumbo cuando las amenazas se hagan
presentes en nuestras vidas, ya sean estas “programadas” o accidentales.-
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