Atendiendo el clamor popular en
contra de la ingobernabilidad que se vive en Guatemala, un grupo bastante grande de ciudadanos, nos dimos cita en la plaza central de Cobán
para manifestar pacíficamente y pedir la renuncia del Presidente de la nación y
la legión de malhechores que hacen des-gobierno con él; durante las actividades programadas para el
efecto tuve ocasión de platicar con uno de los manifestantes, conocido de
antaño, quien me comento que se había cambiado de religión y transitado de la
Iglesia Católica hacía una iglesia protestante de corte neo-pentecostal;
conocida por ser una de las más intolerantes con las demás confesiones
religiosas, agresiva, divisoria y polémica especialmente contra la Iglesia Católica.
En las pláticas sostenidas me preguntó cuál
era el pensamiento de la Iglesia Católica
referente a este tipo de manifestaciones; sin entrar en detalle, le di mi particular punto de vista, como
“ciudadano secular del uno, real, sacerdotal y profético pueblo de Dios”, mismo
que está en sintonía con el pensamiento del
magisterio de la Iglesia.
Al escuchar mis puntos de vista,
con cierta timidez me confesó que en “su iglesia” el pastor les ordenó (a su
feligresía) no participar en estas
manifestaciones que se están llevando a cabo en la Ciudad Capital y demás
cabeceras departamentales; por constituir una flagrante violación a la ley de
Dios que indica que “toda autoridad es puesta por Dios” y que las autoridades civiles que tenemos fueron
elegidas por El; aunque estén haciendo todo lo que hoy están haciendo y que es
del dominio del publico dentro y fuera del país; por lo tanto se les debe respetar y obedecer.
Aún así mi interlocutor hizo caso omiso de las
demandas de su pastor e hizo lo que él consideraba pertinente y asistió a
ejercer un derecho, de no ser así, estas
letras no habrían formado los párrafos que sustentan el escrito.
Al respecto recordé las
enseñanzas de mi abuelo materno quien decía que cuando uno entra a una iglesia
se debe quitar el sombrero no la cabeza.
Significa que jamás se debe decir amén a todo lo que diga el clérigo o el pastor;
hay que entrar en un proceso de auto reflexión que lleve a tomar conciencia
sobre la realidad nacional y permita incidir en ella no como simple espectador
sino como actor, la simple expectación sin incidencia en el tema social es
alienante; los actores propositivos que buscan el bien común conducen hacía la
libertad.
Resulta paradójico que por una mala interpretación del texto
sagrado haya gente que pierda el principio de solidaridad y corresponsabilidad;
ante todo en estos momentos en que la patria demanda la unión y la fuerza de
todos sus hijos; para hacer brillar la luz de la justicia y el derecho en medio
de la oscuridad del nepotismo, libertinaje, enriquecimiento ilícito, asociación
ilícita, desmadre y todos los demás
males en que cayeron los miserables que hoy des-gobiernan Guatemala, males que
si menciono uno a uno en este artículo; el mismo dejaría de ser breve.
Es penoso y vergonzoso que en pleno siglo XXI haya todavía “pastores
de ovejas” sin la debida preparación teológica, que sin el recurso de la
Exégesis y la Hermenéutica pretendan
interpretar y explicar correctamente las Sagradas Escrituras; al no tener las debidas preparaciones éticas y
académicas se constituyen en el ciego
que pretende guiar a otros ciegos en el camino de la salvación. Ambos caerán en
el hoyo de la ignorancia.
Esas consideraciones me hacen pensar en la pedagogía de Paulo Freire que reclama
modelos de rompimiento, de permutación y de metamorfosis total; postula que la
tarea de educar humaniza si y solo si procura la integración de las personas a
su realidad nacional, “en la medida en que pierda el miedo a la libertad y que
cree en el educando un proceso de recreación, de búsqueda, de independencia y
de solidaridad”.
En los discípulos en la fe creo
que también deben abrirse esos espacios. Si la educación en la fe no fomenta
procesos de búsqueda, de independencia y de solidaridad la misma será alienante
y esclavizante, no transformadora, y; como los cuatreros que elegimos hace más de
tres años no renunciarán, renunciemos nosotros a ellos y expresémoslo en las
próximas elecciones razonando bien nuestro voto y nuestra participación ciudadana,
con un alto grado de civilidad, como hasta el día de hoy se ha hecho.
En la Iglesia entonces, hemos de
quitarnos el sombrero o la gorra, no el cerebro.-

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