Intentando ponderar las ideas respecto a
las competencias escriturales de los cibernautas, que muy a menudo, utilizan
las redes sociales, como si del pulpito
de un predicador neo pentecostal se
tratara, ávido del recaudo y el diezmo, desde donde despotrican ante cualquier persona o situación,
me llama la atención, como muchas personas, desvirtúan su objetivo, en virtud de lo que ahí escriben, obviando la ética
y el arte al escribir. Unos tal vez no sepan, otros quizás lo olvidan, que “escribir no es copiar” –Cassany 1993- copian
lo que les gusta, escriben lo que creen, comparten falsedades y analizan
realidades, tengan o no el conocimiento
del tema en cuestión.
Quizás, por eso, los medios modernos de comunicación, hoy día,
son utilizados por muchas personas como una herramienta bélica, con la que pueden menoscabar la dignidad de
cualquier persona.
Cuantos hoy día, atentan contra
ella, al copiar, pegar, reenviar o compartir cualquier información, sin hacer
las investigaciones pertinentes previas, para ver si tal o cual información es
veraz. Cuantas personas utilizan sus muros de Facebook para generar opinión
sobre religión, política, economía, teología, filosofía, antropología,
chismología, izquierdas, derechas, entre un largo etcétera. Muchos presumen de ser
expertos en todo y lo son en nada, creyéndose que de parte de ellos está
la verdad, y por eso, muchas veces, queriendo o sin querer, transgreden la moral, la ética o las reglas básicas de convivencia.
En esta dirección, cuanto peso
tienen las palabras de Herbert Spencer, cuando decía: “hay un principio que es
una barrera para toda información que es una refutación de cualquier argumento
y que no puede fallar para mantener a un hombre en una perpetua ignorancia: el
principio consiste en despreciar antes de investigar”.
Retroproyectando mis pensamientos,
recuerdo haber debatido en Facebook con
un amigo en común, que se refería al ser y hacer de un coach empresarial.
Iniciaba su ponencia diciendo: “Los que se ganan la vida como <<coach
empresarial, >> no son capaces de montar una tiendita”. Su afirmación
generó muchos comentarios contrarios a la verdad, referentes al ejercicio de un coach.
“Vendedores de humo” dijo uno de los comentaristas. “Es una buena definición”
contesto el ponente. “No han vendido un chicle en su vida” respondió una dama.
“¿Qué venden? ¿Venden carácter, templanza, resistencia, visión, amor al
servicio? Volvió a responder el relator. “Yo pienso que son como pastores sin
iglesia ni compromiso moral” respondió otra dama. “Compromiso moral” Define muy
bien el problema volvió a responder el ponente.
Lo anterior expuesto,
presenta a una persona que a todas luces,
desconoce lo que es y lo que hace un coach empresarial, incluyendo a los comentaristas.
Concibiendo reacciones con un tema que desconocen. Alguien dijo alguna vez que
“la ignorancia es audaz” y así lo demostraron estas personas.
Es evidente que no saben que el coaching, es una forma de “dirigir, pensar, ser y tratar
a las personas” individuales y jurídicas.
Está basado en la reflexión filosófica,
en el dialogo socrático.
Mi atrevimiento en esta valoración obedece por
supuesto, a la formación formal que tengo sobre la práctica del coaching.
Asimismo, he sido testigo de comentarios
atentatorios, hostiles, dudosos y quiméricos,
respecto de la Iglesia Católica. Me he mordido los dedos para no ser
participe en esa interrelación. En el contexto del Concilio Ecuménico Vaticano II,
alguien dijo que “para hablar de la iglesia, hay que conocerla y para
conocerla, hay que estudiarla”. Algo que he hecho con asiduidad. Es por ello
que “ante la docta ignorancia es preferible el sabio silencio” y es mejor
callar que conflictuar. Además, en dos
mil años la iglesia no ha tenido necesidad de un apologeta, que la defienda de
pensamientos escépticos, contraproducentes e inconsecuentes. Ella, se defiende
sola.
Lo
anterior demuestra que en las redes sociales no existe el debate de altura, no
existe calidad y solides en los argumentos, cada quien cree tener la razón y no
toman en cuenta que un debate es un acto de comunicación, en donde se exponen
ideas que no son iguales, respecto de un mismo tema, en donde los que externan
su opinión, deben conocer ampliamente sobre el tema en cuestión. Es risible y a
veces molesto, leer la sarta de cuasi verdades con que se expresan los
comentaristas, y muchos de ellos terminan en una interminable discusión en
donde cada quien demuestra su cultura.
Ya
en su tiempo Robert Theobald pensaba que se debe transitar de la cultura
adversarial a una de diálogo, porque ahí veía el requisito fundamental para
salir de la co-estupidez y pasar a la co-inteligencia. Un planteamiento válido
para aquellos que nos expresamos en las redes sociales, ya seamos escritores o
escribidores. Lamentablemente esa tesis parece no tener cabida en las mentes de
muchas personas que lejos de comprometerse con una cultura de diálogo, utilizan
como mecanismo de defensa palabras
soeces, acompañadas a veces con mal trato en casi todos los ambientes. El lugar
de trabajo no es la excepción y en el peor de los casos la familia, que ahora parece un campo de batalla a consecuencia de la
violencia. Considero que la estupidez está de moda en la mayoría de entornos en
donde nos desenvolvemos, para muchos
“jefes” es tendencia y no “moda pasajera” utilizar falsos argumentos de poder,
creyendo que tienen siempre la razón, imponiendo sus ideas a toda costa, limitando
libertades humanas, como el derecho de pensar y expresarse libremente. Algo que
pasa inclusive, en el seno del hogar y de la iglesia; en donde se supone, ambos
ambientes son zonas de encuentro teologal y seminarios vivos de espiritualidad.
Un ejemplo claro de lo que es una cultura
adversarial, la encontramos en la organización jerárquica que tienen la mayoría
de ejércitos del mundo, en donde a los
subalternos no se les permite pensar y tienen que pedir permiso a un
superior para hacerlo, inclusive, para
poder hablar. De esta forma se coartan libertades que son inalienables del ser humano y que no pueden ser pisoteadas
por nadie, absolutamente nadie. En Guatemala, un ejemplo reciente lo tenemos en
el caso del Coronel Edgar Rubio, autor del libro: “Desde el cuartel, otra
visión de Guatemala”, el cual cayó como una bomba sobre el “glorioso” al dejarlos
al descubierto. En sus páginas expresa, que ellos, -los militares- lejos de cumplir con su mandato constitucional,
se han convertido en gendarmes de las riquezas de las oligarquías.
Como castigo
para éste coronel, que sabe para qué
sirve el cerebro, se le piensa demeritar
ante una junta de honor, -a todas luces deshonrosa- mientras tanto, el alto mando, asciende al grado inmediato superior, a otros
coroneles con más manchas que un dálmata. A estos los premian por malhechores,
y a un intelectual de la talla de Rubio
le advierten que “tiene que salir del país” para evitar que lo maten. “Raza de
víboras”. Traicionado por sus mismos compañeros de armas, por externar secretos a voces, que vienen
retumbando al son de los tambores
castrenses, desde tiempos
inmemoriales…
Ante estas circunstancias
adversas, urge analizar concienzudamente
el aforismo de Descartes: “cogito ergo sum”.
-Pienso, luego existo- Básico
para el desarrollo del pensamiento
racional.
Es por ello, que yo sí “creo que
pasar de una cultura adversarial a una cultura del dialogo, es el requisito
fundamental, para salir de la co-estupidez y pasar a la co-inteligencia”. -Robert Theobald-
¿Y usted?...
Santo Domingo de
Cobán, 20 de junio de 2018

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