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Los mismos han
protagonizado la pantalla gigante, en donde los hemos visto como unos semidioses
con poderes extraordinarios, que siempre anteponen la necesidad de los demás, a
la propia. Superhéroes dechados de virtudes, que al ayudar a los otros, se
ayudan a ellos mismos. Esa es su misión
y puede ser una dinámica que debe ser puesta en acción, por todas aquellas
personas de buena voluntad, para que a partir de ahí, se pueda reconstruir un
mundo más justo, solidario y fraterno.
De tal suerte, podemos constatar en
diversas películas, series televisivas y en las historietas escritas, -llamadas
chistes durante mi niñez- que el mal
siempre ha sido vencido con la fuerza del bien, en las películas de indios y
vaqueros el mal se representó en el indio y por eso solo éste fallecía, en las
series policíacas norteamericanas, solo el policía era el bueno; muy contrario a la
realidad que vivimos hoy día los guatemaltecos. Sin generalizar claro está.
La estima ante estos titanes, se deba
quizás, a la necesidad del ser humano de sentirse seguro, de tener una
esperanza; de emular a un personaje, aunque sea ficticio y seguir su ejemplo; sobre todo
para aquellos, que han tenido la mala suerte de vivir una niñez y adolescencia
turbulenta, por la falta de una figura materna o paterna, y se han dejado guiar
y motivar, por estos legendarios personajes.
En contraposición a lo anterior, por desconocimiento, o por la práctica de
credos confesionales distintos, hemos dejado en el olvido a verdaderos héroes,
de carne y hueso y que con su vida santa
y ejemplar han dejado un legado a la humanidad, cuyo estilo de vida podría ser
un ejemplo moralmente correcto, demostrable, asequible y evangélico.
Me refiero a todas aquellas personas que
han vivido una vida ordinaria de forma extraordinaria, y a quien la iglesia los
honra, llamándolos santos. Los santos y todas aquellas personas carentes de ese
título, que con su vida, obra y trabajo ejemplar, han dejado una impronta en la historia de la
humanidad, y demuestran de manera irrefutable, que sí se puede vivir
heroicamente, en santidad.
Dejando muy claro por supuesto, que la
santidad no es ninguna cosa extraña, inalcanzable, y monopolio solo para algunos elegidos. Sino, una obligación
que nos atañe, porque tal y como lo explicita
el autor anónimo del libro a los Hebreos,
sino procuramos la paz con todos y la santidad, nadie verá al Señor. (12, 14)
A ojos vistas, nos podemos percatar que en
el devenir de los tiempos, una de las grandes paradojas de la vida, es precisamente la falta de coherencia, entre
lo que decimos y hacemos con la misión, que como seres humanos, tenemos establecida.
Y la falta de santidad, en todas
las aristas de la vida, es la que tiene a la sociedad en vilo y, precisamente
por eso, se trata de un tema candente, que requiere nuestra atención, y pronto.
¿Por que? Porque hay mucho desconocimiento al respecto; inclusive en muchos púlpitos se
predican extravagancias y asuntos meramente abstractos sobre la santidad.
Quizás por ello, con frecuencia he
escuchado que una vida santa, está destinada solamente para unos cuantos
elegidos, extremadamente difícil de alcanzar para los cristianos de a pie, y
que se corresponde con una vida sin
cometer errores y horrores, en la que no
podemos tropezar ante la inminencia de una tentación, ni fracasar en la tentativa
de cualquier faena.
No existe nada más alejado a la
verdad, en esas afirmaciones. Una
vida en santidad, es una vida en donde se aprende a gobernar las
emociones, es una teología práctica, fructifica, fidedigna
e innegable; enmarcada en el servicio a Dios, a uno mismo y a los demás.
No
es una praxis romántica, en donde yo voy a la iglesia de vez en cuando, una
praxis en donde peco premeditadamente, luego me confieso y empato. Sino una
práctica cuya tridimensionalidad abarca a Dios, a uno mismo y a los demás.
No es mi pretensión impartir cátedra sobre
santidad, en virtud que no soy experto
en ello. Sin embargo, permítase usted estimado lector, descubrir lo que es vivir una vida en santidad. Para ello, puede ir escudriñando la vida de
los personajes de la Biblia, y la vida de los santos que nos antecedieron, esos
verdaderos héroes, cuya espiritualidad descansa en un modo de hacer las cosas,
al estilo de Jesús. Un modo que sigue
vigente hasta nuestros días.
Existen tantos programas radiales y
televisivos, blogs y páginas web, que
pretenden formar, informar y transformar a la sociedad, incidiendo de forma positiva en la población,
mediante el rescate de los valores humanos y cristianos, que estos personajes ilustres practicaron, y
que sin importar el tiempo y la distancia, son valores de permanente
actualidad.
En
nuestro medio, hubo un programa tropical, cuya propiedad intelectual,
pertenecía a la Fraternidad “San Vicente Ferrer” de la Orden de Predicadores, y
que con el patrocinio del también desaparecido programa de Home Cinema de Televisión; pretendendieron en su momento ser actores corporativos, irrumpiendo en el
campo axiológico, deontológico, ético, estético y espiritual, pero que
lamentablemente por razones ajenas a la buena voluntad de ambas entidades,
desapareció.
Hoy, más que nunca debemos olvidar que en
el mundo posmoderno, se vive una juerga desenfrenada, una vida light, sin
sentido, carente de valores, en donde el hedonismo, el consumismo y los antivalores, son el pan nuestro de cada
día y que los obtenemos, inclusive a la carta.
Hoy, más que ayer, nos urge transitar
de una espiritualidad alfeñique, cómoda y pasiva a una que deje huella y que
incida tanto a nivel personal como colectiva, transformando la vieja manera de pensar. Por
eso, urge que la sociedad en su conjunto,
se convierta y se transfigure.
Un fraile dominico dijo una vez que "la verdadera conversión es aquella que no
se reduce a una mera experiencia intimista, sino que tiende a exteriorizarse y
explicitarse a través de actos que reflejan un cambio radical de la persona; en
su modo de relacionarse con Dios, con las demás personas y con el mundo”.
Nada se pierde
con intentar que, nuestra vida deje una huella indeleble, en la vida de los
demás.
Santo Domingo de
Cobán, 17 de agosto de 2018
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