domingo, 29 de julio de 2018

¡EL CENTINELA!


Jlriveirof

     La frase que antecede me hace retroceder con la memoria a un   tiempo y un lugar concreto y me ubica en los años 73 y 74 del siglo pasado, cuando siendo yo un estudiante de básico, en un instituto cívico militar, fue adherido a mi humanidad,  un viejo y oxidado fusil, denominado Máuser Alemán,  calibre 7.92,  con un peine de cinco cartuchos vacío. Este fusil debe su nombre a su  fabricante Paul Máuser y fue famoso en la primera guerra mundial, por ser el fusil estándar de la infantería del ejército alemán.
 Adherido digo,  porque los internos del establecimiento teníamos que dormir con él, so pena de sanciones severas;  y por eso, le llamábamos “nuestra novia”.
     Pues bien, portando a este viejo y fiel compañero del camino, ya sea al hombro o terciado, cuando me tocaba hacer guardia de centinela, y me tocaba dirigirme del internado hacía el instituto, que distaba a unos 300 metros, para hacer ese servicio, y  muchas veces bajo los rigores del frío invierno,  bajo torrenciales lluvias y escandalosos relámpagos que amenazaban con caer en los alrededores  copados de pinos. Bosques densos y abundantes que en San Pedro Carchá eran exuberantes, máxime en aquella década ante la inexistencia de depredadores de la fauna y la flora, que hoy medran de la tala inmoderada de toda clase de árboles.
  Las  otras veces transcurrían en las tibias noches del verano;  algunas veces al filo de  la medianoche y otras en la madrugada, siempre del anochecer al amanecer.
     Esos servicios de centinela, regularmente  se hacían cuatro  en la noche  y teníamos que permanecer siempre atentos y despiertos porque no sabíamos cuando se podía aparecer un oficial y nos encontrara durmiendo,  eso significaba pasar arrestados el fin de semana, cumpliendo con  castigos físicos de rigor  o haciendo limpieza en los lugares menos nobles del establecimiento y sus alrededores.   
           A tenor de lo  expuesto  y parafraseando a Anne Rice en La hora de las brujas, muchas veces sentí la oscuridad cerca de mí y me dio miedo, también sentí la luz al aparecer los primeros rayos del sol que brillaban y me causaron alegría, pero sobre todo sentí  el contraste entre ambas. Contraste en el que indudablemente hemos estado inmersos  todos aquellos que hemos transitado  de la oscuridad a la luz durante nuestro proceso de conversión, contraste en que se encuentran inmersos aquellos que luchan entre la vida y la muerte, postrados en alguna cama de hospital, contraste entre el mundo libre o el submundo de alguna cárcel, privado de todas las libertades,  o el contraste  entre la luz del Cristo transfigurado y la oscuridad de los antros en donde se comercializan todos los  vicios, el pecado y la maldad;  en todas sus manifestaciones y donde yo, en aquellos tiempos pretéritos,  fui un simple destinatario de la misión de las celestinas…
     Hoy; en contextos distintos y distantes, el evangelista San Marcos, permite contemplar la ética de Cristo, cuando nos manda a cumplir con la misma función de un centinela: “Estén atentos y vigilen” –Mc 13, 33- porque ignoramos cuando será el momento de su venida, quiere que velemos,  porque no se sabe si vendrá “al atardecer, o a la media noche, o a la hora que el gallo canta o en la madrugada”,  -Mc 13, 35- dividiendo la noche en cuatro momentos cada una de tres horas, similar al servicio de centinela que en aquellos tiempos de mi mocedad,  lleve a la práctica...
Ese canto de gallo, me hace recordar a mi vecino de al lado, un campesino que tiene aves de corral en su casa, y éstas cantan a tiempo y a destiempo, sobre todo cuando se enciende alguna  luz durante la noche y  creen que ya amaneció y empiezan a alborotar a sus congéneres en el gallinero…
     En aquel  tiempo,  hice mi guardia acompañado de un viejo pertrecho de guerra, ya obsoleto y en desuso entonces. Hoy, 45 años después, en atención a las recomendaciones del Maestro de estar atentos y vigilantes, lo hago con las armas de Dios que son más efectivas que cualquier pertrecho de guerra: “La verdad, la coraza de justicia, el Evangelio de la paz, embrazando el escudo de la fe, el yelmo (casco) de la salvación y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios, orando, suplicando y velando juntos (en comunidad o en familia) con perseverancia”. -Efesios 6, 13-18-
     Tomando en consideración la problemática social, política, económica y religiosa de estos tiempos, la recomendación es clara y contundente: ¡Velen! Dice Jesús, por lo tanto mantengámonos en guardia para que no nos encuentre dormidos,  transitando siempre de la oscuridad hacia la luz y no permitamos nunca que el sopor del contraste nos envuelva en su tibieza.-

Santo Domingo de Cobán, 30 de julio de 2018

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