jueves, 27 de octubre de 2022

Mi abuelo, el mexicano

 




Jlriveirof , OP

     Según Frederick Nietzsche; las cosas grandes no se mencionan, pero si se hace hay que referirse a ellas con grandeza.

Haciendo acopio de ese pensamiento filosófico en  el marco de la celebración del día de los abuelos que, en Guatemala, un país de cultura cristiana se conmemora el 26 de julio, por ser éste el día en que la liturgia católica recuerda a Joaquín y Ana, padres de la Virgen María y, por tanto, abuelos de Jesús, no encontré ocasión más oportuna para evocar, provocar y convocar a un gran ser humano, mi abuelo materno Hermógenes Fernández de la Cruz; de quien libé de su amor, cariño y amistad, de sus enseñanzas primarias, de su filosofía popular, de sus divertimentos, de su afable compañía entre mil y una cosa más, durante los mejores años de mi vida, hasta los diez y seis años…

     Aquel a quien apodé “el mexicano”, dada la influencia del cine azteca en Guatemala, por sus proximidades, por ser vecinos y por tener casi la misma cultura e identidad. Un sobrenombre que le vino como anillo al dedo y que a él le agradó y que desde antiguo hizo honor al mismo.

 Ranchero y jinete de pura casta, acompañado siempre de su fiel amante Julia, así se llamaba su revólver Smith & Wesson calibre 38 y fuete al cinto, rifle en su montura, botas vaqueras y espuelas un poco debajo de las rodillas, según la tradición oral familiar, raptó a mi abuela Lolita (con su consentimiento),  siendo casi una niña de 15 o 16  y montados en su corcel la internó en la selva enmarañada de la verde Verapaz, y allá por las Conchas y Salacuim le dio pie a su andadura.

Con más balas que centavos en sus alforjas, sueños e ilusiones y, con sudores y rigores fundó una familia, no sin antes dejar enterrados a sus primeros hijos entre el verdor y el frescor de aquellos parajes inciertos e insolidarios…

     ¡Firme y digno! Cuando papa Polo Zea de ascendencia mexicana quiso darle su apellido a mi abuela, solo después que ésta había cumplido la mayoría de edad, sin duda alguna, para evitarse la molestia de tener que pasar manutención alimentaria,  “el mexicano” se negó. -No don Polo a su hija yo ya le di mi apellido, no necesita el suyo ¿Por qué no se lo dio cuando ella más lo necesitaba? Y así mi abuelo siempre tuvo más dignidad que dinero, algo por lo que nunca se desvivió, él nunca estuvo en venta, su dignidad primaba por encima de todas las cosas.

     Aún recuerdo como si fuese ayer, cuando rondaba los siete u ocho años de edad, mi abuelo para el día de santos y difuntos; siempre iba a limpiar y pintar la tumba en donde descansaban los restos mortales de su padre Ventura Fernández, enterrado en el cementerio contiguo a la Iglesia del Calvario, que era el lugar en donde enterraban a las personas adineradas en su tiempo y, yo casi siempre lo acompañaba, el itinerario era este: Muy de mañana nos íbamos caminando rumbo al Calvario, no sin antes pasar a la misa de siete AM, cuando las celebraciones eucarísticas todavía eran en latín y nosotros que no sabíamos latín, sólo leíamos el lenguaje corporal del cura que preside la misa.

Yo miraba enorme e imponente a mi abuelo, elegantemente vestido, saco y pantalón sastre, botas bien lustradas y un sombrero Stetson o Borsalino sobre sus sienes, que casi siempre hacía juego con su vestimenta.

Al entrar al templo se quitaba el sombrero y se persignaba y me decía frunciendo la frente como un mentor: cada vez que entres a una iglesia quítate el sombrero no la cabeza. Una máxima que durante mucho tiempo creí que era de su puño y cuño, pero que al cabo de los años supe que era de Chesterton.

Aunque sus visitas a la iglesia eran de vez en cuando, mi abuelo me enseñó a vivir y respirar un ambiente cultural cristiano. Al concluir la misa la próxima parada era en la casa de su media hermana Concha Fernández, la casona que aún persiste ante la modernidad y está frente al Banco Industrial del centro de Cobán, en la mera esquina, ahí la tía abuela Concha nos daba de desayunar, para después concluir nuestra travesía en la Parroquia del Calvario, cuyas gradas me obligaba a subir, corriendo, en virtud que detestaba al holgazán, utilizando eufemísticamente el término para no escribir lo que realmente decía…

     Le fascinaba leer  novelas vaqueras; eran su solaz; especialmente las de Marcial Lafuente Estefanía, de las que tenía una amplia y variada colección, las devoraba de un solo pilón, sentado en su vieja poltrona de color naranja, con sus gruesas manos sosteniendo el mentón unas veces, otras la mandíbula y la nariz, como hijo de su tiempo y de su cultura repetía a voz baja lo que leía, lo que sin duda alguna le permitía memorizar; porque después, en las frías noches del invierno  que en el Cobán de finales de la década de los 60 y los 70ss duraban trece meses al año; reunía a sus nietos en torno a una fogata y ahí nos comentaba sus hazañas por su tránsito según él, por Durango; México, en las selvas del Petén y quien sabe que más lados, él era el protagonista de todas esas anécdotas; sin duda alguna nos contaba lo que horas antes había leído en  sus novelas de vaqueros.

     En los escasos días de verano a todos sus nietos les hacía helados de Incaparina, de café y mosh, según fuera lo que había sobrado del desayuno; cuando las ventiscas estaban en su mejor momento y que casi siempre eran en el mes de noviembre; días previos nos mandaba a comprar engrudo y papel de china al mercado central, en su compañía nos íbamos a las márgenes del río Cahabón, que pasaba cerca de su casa a cortar varas de tañíl  y ya con esos materiales nos hacía barriletes que después nos llevaba a volar en los potreros de Buena Vista; invisibles hoy, que por el paso del tiempo y del progreso se han convertido en residenciales.

Por las tardes hacíamos días de campo en el sitio trasero de su casa con mandarinas, naranjas o bananos que según el tiempo de la cosecha era lo que había.

     Durante los días previos a la navidad en la casa de mi abuelo todo era festividad; el 24 de diciembre se ponían mesas a lo largo del corredor principal y participaban de la cena todos sus hijos, hijas, nueras, yernos y nietos. Él ocupaba la silla principal y su voz socarrona opacaba todas las demás, no dejaba que nadie hablara, sobre todo cuando ya tenía un par de bebidas espirituosas entre pecho y espalda, quien osaba contrariarlo se tenía que atener al duro gancho al hígado que le propinaba a cualquiera de sus hijos o sus yernos, que sufrían el rigor del mismo casi siempre desprevenidos…

     En aquellos tiempos la fruta navideña como decir manzanas de California, uvas y nueces eran muy escasas; pero teníamos dos tíos militares recién egresados de la Escuela Politécnica que días previos a la navidad llevaban por cajas a la casa de mi abuelo, mi abuela las escondía debajo de su cama para sacarlas solo el 24; pero mi abuelo que no acaparaba comida, se daba a la tarea de sustraer para regalarla a sus nietos, teníamos dos tíos que jugaban fútbol profesional y a ellos les robaba sus medias, las que llenaba hasta el tope de manzanas y nueces para luego mandarnos a dejarlas a nuestras casas de habitación, que distaban a cinco minutos de la casa patriarcal.

     Era un Robin Hood; les robaba a sus hijos ricos según sus propias palabras para darle a sus hijos pobres; y así cuando “los soldados con título” como llamaba a sus hijos militares regresaban a sus cuarteles, se iban con menos ropa, desde calzoncillos, calcetines y camisas que él después regalaba en algún envoltorio como nuevos, a sus hijos que tenían alguna dificultad financiera.

     De oficio era tektón como José, el padre putativo de Jesús; construía desde una jaula de conejos hasta una casa de habitación, desde un caballito de palo de escoba, cabeza de pantimedias que le robaba a mi abuela y crin de escoba de raíz, común, usual y acostumbrada en aquel tiempo, para que nosotros sus nietos varones jugáramos a los indios y vaqueros en los amplios y anchos corredores de su casa.

     Ya en los últimos momentos de su vida, cuando el cáncer le había avanzado en demasía, oyó desde su cuarto bulla, de gente que se movía y que hablaban según ellos quedamente, yo que le acompañaba ese último día me dijo: -mijo; anda contar mis tablas que tengo en el corredor, porque ese hijo de cuatro letras del pichelón de Miguel, seguramente se las está robando…

Aún tenía atisbos de esperanza y; esas tablas que me mando contar, serían para construir una casa en el terreno “dos pistolas, o granja del tío Güilo” ubicado en Santa Cruz, Verapaz.

     Al filo de la medianoche de un día cualquiera, hace 44 años el mexicano entregó su espíritu, sin embargo, vive y convive en las mentes y en los corazones de todos los que lo amamos, "ad infinitum" ...




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