lunes, 2 de enero de 2023

El padrino...


       
Mi tío materno Hermógenes  (+), se convirtió en mi padrino al haber aceptado el reto propuesto por mis padres, a quienes acompañó a la Iglesia Catedral de Santo Domingo de Guzmán, ubicada en el centro histórico de Santo Domingo de Cobán, Guatemala, Centroamérica, para que mi hermana Ruth y yo, recibiéramos las aguas bautismales cuando nos llegó el tiempo para ese sacramento.

Como era normal, usual y acostumbrado en todas las épocas, la Iglesia de mi ciudad natal como todas las demás, está ubicada a un costado del poder temporal: ayuntamiento y palacio de gobernación.

Cuando nos llegó la razón y empezamos a decir nuestras primeras palabras, sustituimos su nombre o su título de tío por el de padrino y, a imitación nuestra, todos sus sobrinos le empezaron a llamar “padrino”, aunque no lo fuera, sacramentalmente hablando.

Por antonomasia entonces, cuando alguien preguntaba por él o le llamaban ya no le decían tío o Moge, sino padrino, así fue reconocido por todo el clan familiar y así es recordado hasta el día de hoy, al haber sido sustituido su nombre de pila.

En virtud de sus andanzas al estilo de la vieja usanza vaqueril, fue apodado Pecos Bill por mi abuelo; su padre, de quien heredó el nombre y todo cuanto sabía de agricultura, ganado vacuno, caprino, porcino y caballar, así como a   administrar fincas.

Pecos Bill, un mote que le vino como anillo al dedo, cuando a todo galope con dos o tres “alipures” como él les llamaba a las bebidas embriagantes, atravesó de cabo a rabo la calle Chiú sur, montado en su yegua jalapeña Bailarina o Señorita creo que se llamaba, no recuerdo bien el nombre.

Como huyendo de un fuerte aguacero que se avecinaba y que ya venía pisándole los talones, se aferró a su cabalgadura. El clac, clac, clac del andar de su jumento y la ji, ji, ji del relinchar, se oía desde que cruzó el barrio San Juan Alcalá hacía la calle Chiú. Cuando nos vio parados debajo del dintel de la puerta principal de la vieja casona de mi abuelo, desaceleró el paso de la yegua alzando el freno, se quitó el sombrero, en la comisura de los labios llevaba un cigarro más torcido que la cola de una iguana, hizo que la yegua relinchara y se parara en dos patas, se quitó  el sombrero en señal de respeto, hizo una genuflexión hacía su padre y hundió las espuelas en los ijares de la pobre yegua que lo transportaba, logrando que plañidera,  corcoveara y, disparatada se pusiera en camino tirando coces a diestro y siniestro.

“Se va a romper la madre este hijo de cien mil p…,” chistó mi abuelo, cuando vio cómo se resbalaron las patas traseras al rosar las herraduras recién cambiadas en el taller Casado que aún queda por la calle del antiguo estadio Verapaz, hoy José Ángel Rossi, con las piedras mojadas por el chipi chipi de antaño, en esa calle que, en ese tiempo era muy parecida a las calles de la Antigua Guatemala.

En ese trance el padrino embistió a todo lo que encontró, cual ánima del purgatorio se aventó dando rienda suelta al semoviente y a todo galope desapareció de nuestra presencia, pasó el puente Chiú con la esperanza de transmontar los potreros que hoy ocupan Residenciales Imperial y Buena Vista, hasta perderse en el atardecer de la tarde fría y sombría de un mes de diciembre de un año cualquiera de nuestro Señor.

    De mi abuelo; el padrino aprendió a no pedir nada y a no morir de hambre. Hacía de todo lo que dignificará al hombre. Cuando por alguna razón se encontraba temporalmente desempleado, se dedicaba al negocio de la venta de caballos, machos, yeguas y burros. En consecuencia, recorrió aldeas, caseríos, montes y ciudades, haciendo periplos desde la Ciudad de Jalapa, hasta Cobán, transitando por caminos y veredas inciertas de herradura.

En repetidas ocasiones encabezó la expedición su mariscal de campo, el famoso Chico Méndez, un vejete, bajo de estatura, encorvado, de ojos claros, que como todos los vaqueros éste era bastante fanfarrón, (decía que en Jalapa hasta los chuchos eran de ojos zarcos), montado en un caballo percherón, usando un sombrerón que cobijaba su escuálida figura, investido de una falsa envergadura, se creía Clint Eastwood portando en el cinto una pistola más grande que sus extremidades inferiores.

 


    Remontando el pensamiento a los tiempos idos, concretamente a finales de los años setenta del siglo pasado, cuando en las proximidades de las ferias de Carchá y Cobán; mi finado primo Willy Ramírez Barrios (hijo de Enrique Ramírez Fernández), mi primo hermano Moge Fernández García,  Paco mi hermano, que también ya duerme el sueño de los justos y yo, éramos ascendidos por el padrino  a lugartenientes,  en su ausencia claro está y, montados a puro pelo y gamarrón por freno, lo acompañábamos a ambas celebraciones para vender su recua de machos, mulas, burros y caballos;  no sin antes haber recibido una capacitación a puro troche y moche, iniciando con lo más básico, con el léxico florido del padrino de aquel lejano tiempo: - “Nunca te pongas detrás de una mula porque no es tu nana”, “nunca te pongas delante  de un macho serrano  porque no es tu tata”, ”por la izquierda se monta un caballo pisado, no por la derecha,  no es tu traida  para que lo hagas por cualquier lado”.

Al final de la jornada tenía listas unas candelas de cebo que daba a cada uno, para frotarlas en las magulladuras que se formaban en el sisiflís como consecuencia de montar a puro pelo, que mantilla ni que montura, esa estaba reservada para él.

También nos enseñó a calcular la vejez de un penco por la apariencia del java (gingivopalatitis o palatogingivitis), o por la caída de las criadillas, cuando éstas estaban muy caídas casi al ras de los tobillos decía que, el jumento era más viejo que su dueño y así, aprendimos a montar y a arrear patachos.

     Era espléndido en dar y darse a los demás, llegado el tiempo de las navidades, a diferencia de Ebenezer Scrooge, nos visitaba y nunca llegaba con las manos vacías, siempre llevaba consigo más de algún regalo, igual que para el tiempo de los cumpleaños, al extremo que,  cuando cumplí mis quince primaveras, muy de mañana llegó a visitarme para felicitarme, me mando asearme, a echarme loción aunque sea “siete machos” – dijo-, a ponerme mi mejor estreno y alguna vaselina “Flor de Paris” en el pelo,  me llevó con él …,  una sonrisa maliciosa surcaba su cara de oreja a oreja, hasta parecía que le salían cachos.

Es evidente que, con la suficiente antelación él ya había maquinado lo que me regalaría para esa ocasión. Llegamos a una casa campestre de balcón, sumergida entre cafetales y pacayales, que hacían sombra al visitante, la alumbraba una luz mortecina, olorosa a tabaco y bebidas espirituosas, al fondo se oía una vieja canción de principios de los años 60, con cierta ortodoxia me dio  su bendición en el momento mismo en que me lanzaba  a los brazos de una fémina, con apariencia monjil y austeridades conventuales que me esperaba, por el acento de su voz intuí que no era connacional, a pesar que aparentaba ser menor de edad, resulto ser más astuta que la vulpeja,  risueña en extremo, me dijo llamarse no sé, no lo recuerdo, solo oí que él la llamo chiltepito. Fue así como un 30 de septiembre de un año cualquiera del siglo pasado, perdí la inocencia …

     Sin duda alguna estará sentado sobre algún jumento a horcajadas y riendo a carcajadas, se estará echando unas arrechadas de vaqueros, como fue su inveterada costumbre...

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