domingo, 18 de diciembre de 2022

"Que mirás, bobo"

     La celebraba frase del astro del fútbol argentino Lionel Messi, pronunciada de forma bravía cuando concedía una entrevista a un periodista, posterior a un encuentro deportivo en Qatar; se volvió tendencia en las redes sociales, dándole la vuelta al mundo por la súper carretera de la web.

     Los más listos hicieron con la frase lo que quisieron, imprimiéndola en prendas y artículos para hacer negocios, los humoristas para sacarle jugo al chiste mediante memes y, por los inconformes fanáticos para satirizarlo y ridiculizarlo, según ellos.

     Sin embargo, sacando el texto de su contexto, da para más. Para cuyo efecto es de considerar primero, su etimología latina:  <<balbus>>, que significa balbuciente o tartamudear...

Bobo, es sinónimo de tonto o necio y expresa también a alguien con poco entendimiento, comprensión, razonamiento e inteligencia.

     Por ejemplo, a quien posa sobre la blanca arena de mar, oteando sonriente el horizonte le podemos preguntar: ¿qué mirás, bobo? ...; y lo que miraba el necio, lo dejo perplejo y tartamudo al contemplar lo que se asoleaba a orillas del Caribe colombiano: una legión de ángeles y arcángeles sin alas, que solo vestían unas pititangas, lo suficientemente largas para tapar lo esencial y, lo suficientemente cortas para no perder el interés. Otra legión de esas maravillas de la naturaleza, jugaba entre las olas de más de dos metros de altura, calculadas a vista de pájaro, de cuyos cuerpecitos se jactaba el viejo y pícaro mar que las arrastraba y zangoloteaba, como queriéndoselas llevar y desvestir en sus profundidades.

Otras parejas, parafraseando al cantautor guatemalteco, para que voy a describir lo que hacían en la arena, al grado que, tartamudeando rece:  "Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor, ten piedad de mí, pecador."

     "¿Que mirás, bobo?" Me pudo haber dicho mi coach ejecutivo el día de hoy si no hubiera actuado como tal, cuando en una sesión de coaching previamente establecida, yo traje a colación un hecho concreto de vieja data que venía obstaculizando el libre fluir de mi vida y, que debí haber tratado hace una treintena de años, no hasta ahora. Un quiebre que, en virtud de la Mayéutica socrática, desquebraje con sus preguntas y mis repuestas.

     "Que mirás, bobo", podríamos decirle a aquella persona que vive añorando un pasado que ya no existe, al cónyuge vicioso y violento, anclando su pasión en círculos viciosos, amores fallidos, triángulos amorosos, trabajos tortuosos y mal retribuidos, jefes que actúan como capataces, entre un grande e interminable etcétera. Diciendo malaya a un tiempo que no fue bueno y en consecuencia no volverá. Amén de aquellos que, pasado el tiempo le echan una mirada retrospectiva a su vida y, se dan cuenta que, de ella no consolidaron gran cosa, solo vegetaron, derrocharon y mal acabaron, en virtud de una mala administración del tiempo y los recursos.

De tal quisa que, en función de sus yerros y desaciertos, mientras musitan un mea culpa, cualquiera podría decirse: “Que mirás, bobo”.

Jlriveirof, OP

jueves, 15 de diciembre de 2022

Los fisiquines

 

   

     Las personas que aparecen en la vieja y descolorida fotografía que precede a este pequeño escrito, son: Godofredo Franco, Mario Maldonado, Haroldo Fernández Ligorría y quien suscribe. Es un recuerdo de hace más de cincuentipocos años. El área verde donde estábamos es hoy día, Residenciales Imperial, en la Ciudad de Cobán, Alta Verapaz, Guatemala, Centroamérica. 

Al fondo se ve la casa del extinto Juan Coy, toda una personalidad en su época de quien guardo muy buenos recuerdos en virtud que, a pesar que era un hombre rudimentario, todos los jueves entrada la tarde pasaba a la casa de mis padres a traerme, para después pasar a la casa de mis abuelos maternos por mi primo Fredy Fernández y nos llevaba al Cine de la Cruz Roja a ver películas del Santo, Juan sin miedo, Drácula o la llorona, jueves tras jueves, vez tras vez. Su casa está aun sobre la calle que conduce al cementerio general de la localidad antes mencionada.

     Mi infancia, casi toda transcurrió en la casa de mis abuelos maternos, y al ser uno de los primeros nietos varones, mi relación con mis tíos y sus amigos fue cariñosa, comprometida y respetuosa. La armonía que jalonaba la simpatía y empatía iba mucho más allá de la familiaridad por simple accidentalidad biológica, es una relación que dura incólume hasta el día de hoy.

     La fotografía en cuestión, me enlaza con dos acontecimientos de triste recordación y de manifiesto agradecimiento. El primero tiene que ver con mi tío Lolo, el famoso gallegas como cariñosamente le decimos. Resulta que, durante sus años mozos él era físico constructivista, igual que Godo y Mario, tenía un juego de pesas y poleas hechizas de engranajes y tambores de llanta de carro, rellenas con cemento y, su gimnasio casero lo tenía en uno de los corredores de la casa. Una tarde invernal que en aquellos  tiempos era fría y lluviosa, yo me le uní al entrenamiento, con un tubo sin discos hacía lo que él hacía y en mi atrevimiento quise levantar una mancuerna dentada de engranaje, la logré levantar arriba de la cabeza pero no la aguanté y la solté estrellándose sobre mi dura cabeza, llevándome a la emergencia del hospital nacional que quedaba apenas a cuadra y media de distancia para detener la sangre,  el recuerdo lo tengo tatuado en la cabeza al haberme tenido que poner media docena de puntos.

     La segunda experiencia fue más fuerte. En la parte de atrás de la casona había una pila hechiza al estilo de la vieja usanza. Grande y profunda, en ella tenía mi abuelo una tortuga que engordaba para alguna ocasión, al ser descuidado por mi madre que se encontraba en medio de singular tertulia, yo me escapé de sus enaguas y me fui a la pila, me incliné para ver de cerca la tortuga, me resbalé y le fui hacer compañía al fondo de la pila.

La afanadora de la casa que por casualidad llegó al lugar, se dio cuenta y corriendo fue avisar. Godo, como le llamamos al primero de la fotografía enseñando la musculatura, según supe años después, me sacó inconsciente de la pila, me puso en el suelo boca arriba, sacó el agua de mi interior y me dio respiración artificial, hasta que, volví a la vida...

     Hace algunos años, Godo, de oficio mecánico, reparó en mi casa de habitación, el motor de una camioneta Chevrolet que tenía y, en uno de sus descansos platicamos de esa fatalidad, cuando me contó del asunto se sobresaltó y su expresión y narración era dolorida, como si él hubiese sido la víctima, me miraba a los ojos y los mismos se le empañaron de lágrimas. —Perdón Guichito —me dijo— creo que me entró basura en el ojo...

     De Mario, aún conservo unas orquídeas que me vendió hace mucho tiempo y unos helechos conocidos como cuernos de alce que me regaló, se multiplicaron y hoy adornan el tronco de varias palmeras que, calladas reposan en mi jardín.

     Del gallegas, hablar de él sería redundar y no soy amigo de la tautología, hace un poco más de un año escribí un ensayo sobre él, describiéndolo tal cual es. A los tres, hago patente mi cariño, solidaridad y respeto...

Jlriveirof, OP

Una catarsis caribeña

       

     Mi alma aventurera sorteaba el sargazo verde negruzco y las olas bravías del mar Caribe en la Ciudad de Cancún. Era el filo del atardecer de un día veraniego cualquiera del mes de mayo del año en curso, cuando de repente contemple a una mujer de mediana edad oteando el mar en dirección a donde yo me encontraba. Estaba parada frente a donde había dejado mis cosas: sombrero, gafas de sol, celular, toalla y sandalias. Vestía calzoneta y una salida de baño, cubría su cara un sombrero de ala ancha de paja. Sentí como si me llamase con la mirada, pues no la quitaba de encima de mí. Atendiendo ese llamado que sentí hacía con su mirada, asentí, salí y me dirigí en dirección a donde estaban ella y mis pertenencias. La salude amablemente y me respondió con mucha cordialidad, nos presentamos y resultó ser una compañera de viaje, que trabaja como asesora de seguros en GyT, en una población de la región central de Guatemala.

Rápido entablamos una conexión entre esa relación personal y la conversación, una conversación que inició ella y a la que ella le puso punto final.

     Su voz entrecortada, lastimada y queda, sus ojos nublados no por la brisa del mar, sino por lágrimas que habían brotado antes de ese encuentro, sus emociones eran notables a flor de piel. —Sabe una cosa —me dijo— cuando vi como las olas lo hamaqueaban de aquí para allá y acullá, me recordé de mi hijo. —El mar es su tumba. Cuando chico en compañía de mi esposo y demás hijos fuimos a pasear a Santa María del Mar, en el Pacífico guatemalteco y en cuestión de segundos en un descuido de ambos, el mar se llevó a dos niños y al mío nunca me lo devolvió.  Por eso estoy aquí, rezando y llorando, porque sé que está es su tumba.

En la medida que hablaba sin ninguna interrupción de mi parte, percibí como la serenidad, la fortaleza y la resiliencia se hacían una con ella.

Un aire gélido recorrió mi cuerpo de cabo a rabo al escuchar tal catarsis de la compañera que vomitaba sobre mi sus más tristes sentimientos, pensamientos y congojas.

     Cuánta razón tuvo Publio Siro al decir que, "La conversación es la imagen del espíritu. Según es el hombre, así será su charla".

Ella estaba ahí, discurriendo esas tristes emociones y yo, taciturno, escuchándola.

Desde un comienzo comprendí que, ella lo único que quería era ser escuchada y que mejor que por aquel que provocó ese triste recuerdo que sangraba sus heridas, ya viejas pero cubiertas por una cicatriz que, cada vez que se las toca, sangran, sangran, sangran y no dejan de sangrar...

Jlriveirof, OP

domingo, 11 de diciembre de 2022

"Gaudete in Domino semper"

 

     La fotografía que precede a este artículo, presuntamente fue captada el primer día del mes de diciembre del año que corre, la encontré en la súper carretera de la web, sin rúbrica, por lo que, le cedo el crédito a quien corresponda.

Quien la captó ha de haber quedado impresionado, embelesado y signado ante la maravilla que la naturaleza le puso por delante.  Alegre, feliz, como una perdiz que ha escapado de la mira del cazador depredador, al observar y captar con su cámara el resplandor de un nuevo día que, esplendoroso posa sobre el Valle de la Virgen.

Así nació el primer día del mes más bello del año que, lentamente fenece, asfixiado entre luces artificiales multicolores, fuegos pirotécnicos,  el mercantilismo voraz y rapaz que, en virtud de la mercadotecnia y publicidad hace que, todo mundo gaste inclusive lo que no tiene, para quedar bien con los demás: comilonas, borracheras, discotecas, convivios, accidentes de tránsito por exceso de bebidas embriagantes, narcóticos y cuanta cosa hay en el mundo para escapar de una realidad actual que, se torna agobiante ante los problemas sociales, políticos y económicos que embargan a los guatemaltecos desde siempre.

     Sin embargo, éste tercer domingo de Adviento que la Iglesia celebra desde fechas pretéritas tan antiguas, se le conoce como domingo "Gaudete," por ser la primera palabra de la frase de la antífona de entrada   con que, intitulé este post: "Gaudete in Domino semper;" que en latín quiere decir: Estén siempre alegres en el Señor.

     Estar siempre alegres en el Señor, es la invitación concreta de esta celebración que nos anima a no doblegarnos ante los pesares de la vida, a ser estoicos, cuya filosofía nos permite aceptar las cosas que no está en nuestros designios cambiarlas, de buena gana, en aras de, alcanzar la ataraxia, es decir la tranquilidad de espíritu. En subir todas nuestras acciones a la esfera ética para obtener con ello, la paz interior, a recordar el pasado con agradecimiento como dice el extinto Papa Juan Pablo II, en su encíclica Al comienzo del nuevo milenio, a vivir el presente con pasión y abrirnos paso al futuro con esperanza. Asimismo; a ser imperturbables como sugiere Epícteto ante los logros y las pérdidas, pues según el filósofo, ambos acontecimientos son parte del escenario de nuestras propias vidas, a ser razonables y a discriminar la irracionalidad, controlar nuestras pasiones y, en palabras de la filósofa Victoria Camps, a gobernar nuestras emociones.

     La alegría entonces es, condición sine qua non para esta época de adviento que la Iglesia no se cansa en recordar, celebrar y conjurar, haciéndola extensiva a todos los meses del año, con sus semanas, días, horas, minutos y segundos, in saecula saeculorum.

Infaustamente, esa alegría que debiera renacer cada día, tiene muchos enemigos y, a veces, o casi siempre, somos nosotros mismos quienes le damos el tiro de gracia y, en vez de cubrir de flores el desierto de nuestras propias vidas, parafraseando al profeta Isaías, lo cubrimos de cardos y espinas, haciendo arduo y fatigoso el caminar, rumbo al altar de aquel que viene en persona para nuestro sumo bien.

Jlriveirof, OP

martes, 6 de diciembre de 2022

El Guish


    

     Mientras el mesero de atrás cargado de un fuerte simbolismo anuncia la muerte de un polizonte, (en Guatemala hay una antigua tradición que dice que cada vez que una persona tiene prurito anal y se rasca, un polizonte morirá) el comensal con una sonrisa filosófica observa algo solo para sus ojos...

–no te cases con él, cuenta mi madre que vociferaba mi abuelo, —a todo sapo le gusta brincar y a este sin duda le ha de gustar mucho leer la Biblia y practicar aquella parte que dice “sed fecundos y multiplicaos”, y vaya sino tuvo razón mi abuelo al decir que, a todo sapo le gusta brincar.

Sin embargo, jocosa resultaba la sentencia de mi abuelo, porque al no ser sapo ni brincón, ni lector de las Escrituras, si puso en práctica el texto bíblico en cuestión y, se dio a la tarea de “llenar la tierra”, era como un predicador que exhortaba, pero no se convertía.

     En esa diatriba cabe ejemplificar la perseverancia de quien sería después mi padre, porque desde que conoció a quien se convertiría en mi madre, caminando alegre y coqueta por las viejas y polvorientas callejuelas de Tucurú, en las postrimerías de los años 50, cuando mi abuelo Moge fungía como alcalde municipal de esa población, ya no la dejó en paz.

Era obvio que no gozaba de la simpatía de mi abuelo, por eso lo echaba fuera cada vez que lo veía en su casa de Cobán.

Sin embargo, si lo sacaban por la puerta principal, él se metía por la de atrás, si le cerraban ambas, se metía por las ventanas, pero nunca lo desesperó al grado que, lo hiciera renunciar a la tentativa de su faena. Sin duda practicó el más famoso y corto discurso de Sir Winston Churchill en el contexto de la gran guerra: “nunca, nunca, nunca abandonen”; y así lo hizo el, nunca abandonó el deseo de desposar a su amada.

     Claro está que mi abuelo tendió su urdimbre alrededor de mi padre para desesperarlo; y escrito está,  que en una tarde veraniega de un día y mes cualquiera, en algún antro de los que pululaban en la población en mención, se encontraba el Guish en compañía de un tal Maco, estaban libando de los néctares de la caña, la cebada, el anís y la penca  del maguey, cuando unos “chapomaques” (caporales) armados con garrotes y chicotes, fueron enviados por el Señor Alcalde a aprehender a “estos granujas” por perturbar la paz, la moral y las buenas costumbres en el noble pueblo dé Tucurú ¡vaya timo!

Sin embargo, al no tener ningún motivo por retener al plebeyo que osaba quitarle a su hija, menos a su acompañante, los dejó en libertad al día siguiente, no sin antes hacerlos llevar a su despacho en donde recibieron una “fuerte reprimenda” –parecen aquellos kalebales (montañeros) que bajan al pueblo en día de mercado, relajeros, bojeros (bebedores del extracto de caña). -Cuando tengan ganas de chupar tómense un vaso de heces fecales caliente y colada, así se les quita el deseo. ¡Caca colada y caliente! ¿Porque colada y caliente? Ve tu a saber...

     Contra todo pronóstico, el Guish le ganó la partida  a mi abuelo y, un buen 24 de diciembre de 1959, se casó con la Rosy en la Iglesia Catedral de Santo Domingo de Guzmán con la bendición sacerdotal de un padre apellidado Pinto quien presidió la Sagrada Eucaristía, con la única presencia de sus padrinos de bodas; el profesor Don Juan José Guerrero y doña Margarita Pérez de Guerrero (QEPD), como testigo estaba el finado Enrique Ramírez Fernández, primo hermano de mi madre y compañero de estudios de mi padre y su muy querido e incondicional hermano Moge (QEPD), con quien creció y estuvieron  juntos en las buenas y en las malas.

En el ínterin mi abuelo se revolcaba en su recámara mientras escupía sapos, diablos y culebras y ve tu a saber que más cosas.

     Como a golpe dado no hay quite, a mi abuelo no le quedó más remedio que aceptar en la familia a aquel que el adjetivó como sapo y brincón, hicieron muy buena familiaridad, al extremo que, aquellas recomendaciones dadas años atrás en el ayuntamiento de Tucurú quedaron en desuso, ni colada ni caliente pero tomaban del fermento de la caña, del anís, la cebada y el maguey, aunque al día siguiente la fetidez del aliento les saliera a “caca colada” según el léxico de mi abuelo.

Al paso del tiempo cuando ya las bebidas espirituosas se le había subido a la cabeza, mi abuelo le decía –mire Guish, cuando quiera derribar a un contrincante, agárrelo del cuello y le da un gancho al hígado. Obviamente entre trago y trago, mi padre recibía varios ganchos al hígado. Era la forma creo, que mi abuelo reclamaba a su hija.

Llegado el tiempo de su partida de esta vida, mi abuelo espero hasta el regreso de mi padre que se encontraba en la Ciudad de Guatemala y, hasta que éste estaba presente, expiró su último hálito de vida.

Estoy seguro que cuando le llegue su momento a mi viejo, mi abuelo vendrá a su encuentro y entre risa y sonrisa, gancho al hígado tras gancho al hígado lo acompañará a la eternidad; pero todavía no abue, al Guish todavía le quedan energías para seguir sojuzgando la tierra...

Jlriveirof. OP

viernes, 2 de diciembre de 2022

“El Sócrates delirante” …


   

     Diógenes el cínico o el “Sócrates delirante” como le llamaba Platón, fue un filósofo griego que pertenecía a la escuela cínica, vivió entre Atenas y Corinto tres siglos antes de Cristo.

No legó ningún escrito a la humanidad, sin embargo, es famoso por lo que otros han escrito de él.

Dentro de sus múltiples anécdotas me llama la atención aquella que, describe su encuentro personal con Alejandro Magno.

Según se sabe, camino de Corinto, el rey en mención quiso conocer a Diógenes, que vivía en una enorme tinaja, en las afueras de Corinto, cerca del gimnasio Craneum.

Días antes, Diógenes, había dado a conocer su filosofía ante una muchedumbre bastante extensa y, se cree que, los comentarios llegaron a oídos del monarca que pidió ser conducido hasta la residencia del filósofo, la tinaja.

      Llegó el monarca junto a su comitiva precedido por una multitud de corintios, de pronto Diógenes se vio envuelto entre esa muchedumbre. -Soy Alejandro, se presentó el rey; -y yo Diógenes el perro, respondió el filósofo. - ¿Por qué te llaman Diógenes el perro?” — Porque alabó a los que me dan, ladro a los que no me dan y a los malos les muerdo. -Pídeme lo que quieras. -Le contesto Alejandro, sin inmutarse Diógenes le dijo — Quítate de donde estás que me tapas el sol. 

- ¿No me temes? Le preguntó, — Gran Alejandro, ¿Te consideras un buen o un mal hombre? -Me consideró un buen hombre, le dijo, — entonces … ¿Por qué habría de temerte? 

     Diógenes vivió una vida paupérrima e hizo de esa pobreza material una virtud, haciendo apología de la misma. Sus únicas pertenencias eran: un bastón, un zurrón, un cazo y su tinaja, era un hombre piltrafiento.

Fustigó los vicios y la decadente moralidad de los corintios de su época, los falsos honores y las riquezas.

Al ser Corinto una ciudad portuaria de suma importancia, es evidente que, las costumbres eran bastante relajadas, al extremo que el comediógrafo griego Aristófanes acuñó el término corintear, sinónimo de putear en este tiempo, para describir todo lo proveniente de la más antigua de las profesiones, que en Corinto era tendencia y no moda pasajera.

     Quizás, esa filosofía de vida fue la que motivó a Alejandro Magno a describir el siguiente petitorio para el día de su muerte:

1).- Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para así mostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar.

2).- Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen.

3).- Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías y con las manos vacías nos vamos 

     ¡Ah! … Si el tocayo de Alejandro Magno en Guatemala, “laj cheek´el Lej”, subiera a la esfera ética y moral todos sus actos y,  tuviera por asesores a pensadores de la talla de Aristóteles y de Diógenes, quizás no sería propenso al desfalco, al expolio y al atraco de la cosa pública, se conformaría con el jugoso emolumento que percibe y, su vida la viviría con más recato, sobriedad, pundonor y dignidad.

¿Acaso cree que, de la tumba fría, que ocupará un día, la convertirá en caleta?...

Jlriveirof, OP

domingo, 27 de noviembre de 2022

“Busco a un hombre honesto”

     La frase con que intitulo este post pertenece a Diógenes de Sinope, y fue manifestada por él, según cuenta la leyenda, cuando a plena luz del día, portando una lámpara de aceite encendida, deambulando por las calles, plazas y avenidas de Atenas, decía: <<busco a un hombre honesto>>.

¡Busco a un hombre honesto!, frase mediante la cual podemos colegir cuán difícil tarea es, encontrar en el mundo, a un hombre honesto, en su vasta y provocativa concepción.

Si hacemos nuestras las palabras del filósofo, en este tiempo “proto democrático” que estamos viviendo y, dirigimos nuestros pasos al “honorable pleno” del Congreso de la República de Guatemala, ¿Encontraríamos ahí a un hombre honesto?

En los otros organismos del estado: Ejecutivo y Judicial: ¿habrá alguna persona que sea honesta?

En las municipalidades de todo el país, ejército, policía nacional, iglesia, en la banca, la industria, el mercado, el comercio, en nuestras propias casas y demás entornos, etcétera, etcétera, etcétera; ¿Habrá ahí una persona honesta? …

A decir verdad, pienso y creo que sí; si los hay, aunque creamos que sería como encontrar una aguja en un pajar dado que, todos los días nos percatamos como la corrupción campante y rampante hace mucho ruido, y presenciamos cómo los cancerberos de las huestes del mal son premiados y los honestos vilipendiados, condenándonos con sus felonías y tropelías. Para apuntalar lo aseverado en este párrafo, me permito mencionar a la filósofa Ayn Rand cuando dijo: <<Cuando observes que la corrupción es recompensada y la honestidad se vuelve un sacrificio, sabrás que nuestra sociedad está condenada.>>

     Iluminando el camino trazado en este apartado con la luz que arroja la filosofía, respecto de la honestidad, en una sociedad condenada como la nuestra, nos daremos cuenta que, esa maldición nos la podremos quitar únicamente subiendo a la esfera ética y moral todos y cada uno de nuestros actos, amalgamando el ser con el hacer, siendo coherentes entre lo que decimos y hacemos. Solo siendo justos, empáticos, veraces, practicando la bondad, la reciprocidad, la fraternidad, la virtud, la armonía y la ecuanimidad como síntesis de todos los valores; solo entonces, podremos quitarnos la condenación que, como habitantes de esta nación, cargamos sobre nuestras espaldas desde tiempos inmemorables.

     La honestidad solo es un valor cuando se entiende a cabalidad su significado y se practica. Según el Diccionario Enciclopédico de Biblia y Teología, honestidad significa: ser veraz, libre de duplicidad, recto, honorable, respetable, digno de estima, bueno, intachable, excelente, decoroso, pudoroso y recatado.

     En ese orden de ideas, cuán difícil resulta buscar y encontrar en las plazas, calles y avenidas, a un hombre que sea honesto. Una difícil tarea que, debiésemos realizar en nuestras propias casas y entornos, con nosotros mismos, y con una linterna encendida, a plena luz del día, busquemos en el interior de nuestro propio pozo (nuestro interior) a un hombre honesto. Lo podremos validar a partir de la más antigua de las exhortaciones, aquella que, estaba escrita en el dintel del templo de Apolo en Delfos, atribuida a Sócrates: <<Conócete a ti mismo>>.

     Solo conociéndonos a nosotros mismos, podemos descubrir cuán honestos o abyectos somos, en virtud de los valores que practicamos.

Jlriveirof, OP