Por jlriveirof, OP
La frase no es mía, la popularizó recientemente el Señor
ex-Presidente Constitucional de la República de Guatemala y actual Alcalde de
la urbe capitalina, DON –de origen
noble- Álvaro Arzú Irigoyen cuando exhortó a los vendedores de la Plaza El
Amate para que saquen a los intrusos que lleguen a ese centro comercial a
“morongazos”. Aunque inverosímiles sus
palabras, anti-cristianas, políticamente incorrectas e irresponsables,
testimonian “las intenciones de su
corazón” y son la expresión más pura de sus
sentimientos, hacia los más pobres que en este país son mayoría aplastante.
El polémico personaje
ha sido, es y será famoso no por
ser precisamente un académico miembro del circulo de los maîtres-à-penser
–maestros del pensamiento- sino porque la mayoría de sus decisiones son
psíquicamente reaccionarias y hepáticas, lo anterior queda evidenciado al
divulgar sus fragmentados pensamientos carentes de sentido, como ese de “me los sacan a morongazos”.
Isaac Asimov escribió
con justa razón que “la violencia es el último recurso del incompetente”. Es de
subrayar, basado en estos hechos que, las incompetencias conversacionales,
éticas, académicas y en materia de
relaciones humanas del Señor Alcalde
capitalino dejan mucho que desear.
Si echamos un vistazo retrospectivo al quehacer político en
Guatemala, nos daremos cuenta que, es fácil constatar que los efectos políticos de los discursos que
confrontan, como ese de sacar a “morongazos” a la gente, aún persisten, en Guatemala está presente en
todas las latitudes, a causa de ellos somos una sociedad violenta que prefiere
administrar la justicia por su propia cuenta, somos una sociedad en donde la
ley del Talión sigue vigente. Esa cultura de la violencia es notable en el
Parlamento con los flamantes diputados cuando los vemos “agarrarse a morongazos”, “damas y caballeros” sin distingos de ninguna
naturaleza.
En el Alcalde identifico el deseo mimético, pero en grado
superlativo, “el hombre es entendido
como un sujeto imitador”, quiere seguir e imitar posiblemente a Tonatiuh, a
Donald Trump o a Jorge Ubico, en lo poco y en lo mucho, se identifica
plenamente con ellos, especialmente en el carácter enérgico, elevado por muchos a crueldad. Cuánta razón tuvo René Girard al externar que “la violencia surge como una derivación no
calculada del carácter mimético del deseo”. A partir de ahí, podríamos
razonar entonces sobre las “cristianas”
recomendaciones del Alcalde, de sacar a “morongazos
a los intrusos”.
Pues bien,
haciendo una re-lectura a esa atenta invitación que hace Don
Álvaro de repartir “morongazos” a diestra y siniestra, se puede hacer bajo otra luz:
para mí es un llamado a las armas y una
instigación pública a delinquir, es un llamado a la discordia y a la guerra
entre clases. En su intento por “defender a la sociedad” y el ornato de la
Ciudad, crea un “teatro de terror” en contra de aquellos que, ante la falta de oportunidades como: Formación
formal, instrucción técnica, educación y
un empleo de tiempo completo,
tienen que trabajar como merolicos o buhoneros, con tal de cumplir con la
“deuda social”, llevando aunque sea un
mendrugo de pan digno a su mesa, para partirlo, repartirlo y compartirlo ante
una retahíla de hijos, que cuando crezcan, correrán la misma o peor suerte.
Entonces, porque violentar el tibio estado de derecho y la poca paz que aún existe en Guatemala con
esas nefastas recomendaciones, sobre todo
cuando las mismas se derivan del pensamiento de alguien que durante décadas ha vivido del voto de esas clases marginales, contra quienes hoy se
envalentona y despotrica mandándolos a “moronguear”.
De la misma forma
en que dirigió sus actos en el ejecutivo cuando lo presidió, en la comuna capitalina sigue manteniendo
su mismo modus operandi: una
concatenación del mal en sus diferentes formas: abuso de poder, despotismo, discriminación,
nepotismo, indiferentismo y demás
“ismos” distintos y, distantes de
cualquier posibilidad de rectificación.
Como todos
sabemos, ha utilizado siempre a la
Policía Municipal de Tránsito, para hacer el trabajo sucio, una manera
bastante típica de concebir el ejercicio de “esta policía”, quienes abusando de
la autoridad que se les ha otorgado, se han ensañado siempre con las
desposeídas clases sociales que se
dedican a la economía informal. De igual
forma utilizó a sus guaruras durante su mandato presidencial, valga el recuerdo
aquel, cuando estos segaron la vida de
Pedro Sas Rompich, un día antes de la visita del Papa Juan Pablo II a Guatemala,
un repartidor de leche que en presunto estado
de ebriedad se atravesó en el camino, cuando el Señor Presidente emulaba al Adelantado,
montado en un caballo, junto a su esposa y tres militares -no recuerdo si era
blanco- por las calles de la Antigua. Y, para que la sociedad de aquella
época no lo sacara a él de la Presidencia “a morongazos” –utilizando su refinado léxico- se arquitecturó el
andamiaje para echar a andar el tema del
magnicidio y una vez concretado dieron “un
parte sin novedad”, como el que ahora
sugiere en este nuevo evento.
Hasta el día de
hoy, la familia del lechero seguirá recordando en sus oraciones, a este
guerrero de “sangre azul”, a quienes dudo, el estado guatemalteco haya compensado
el daño ocasionado al matar al que era el sostén de su familia.
Referente al texto
ese de sacar a los vendedores a “morongazos”
dicen sus lacayos escribanos, que fue sacado de contexto. ¿Será acaso un buen
pretexto para que la población pensante no lo saque del Palacio de la loba a “puros morongazos?”, sobre todo ahora que ha llegado al epílogo de su vida útil, alcanzando
los setenta años de edad...
En el caso concreto de Don Álvaro, creo que, la
herramienta clave que utilizó durante
toda su gestión pública parece ser “poder”,
creyó encontrar la omnipotencia con la ejecución de ese concepto. Un
poder para “vigilar, castigar y
ejecutar” –M. Foucault, El poder, una bestia magnífica- sobre todo en el
sentido de “poder disciplinario” como
el caso del lechero mencionado y los
vendedores ambulantes y quien sabe con
cuánta gente más, si no lo sacan de la administración
pública a “puros morongazos”.
Como escribe Foucault
en su obra antes descrita, “con
frecuencia el castigo excedía la gravedad del delito, y de ese modo se
reafirmaban la supremacía y el poder absoluto de la autoridad”. Creo que,
ahí descansa el poder en las manos de Arzú al recomendar con total desfachatez “saquen a los intrusos a morongazos”, sin duda alguna así es como
se ha mantenido vigente en el quehacer
político. Ahora, solo falta ver si los
brazos de la CICIG y el MP no lo alcanzan
a él también y lo mandan al Cuartel de Matamoros “a puros morongazos”.
En las pobres y desposeídas clases sociales Arzú encontró su chivo expiatorio…

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