jueves, 16 de junio de 2016

Tu actitud determina tu altitud y tu plenitud

Por 
jlriveirof, OP

      Hará algunos años cuando me dirigía a una reunión de gerentes a Seguros GyT, S.A.  En  zona cuatro de la Ciudad de Guatemala,  viajando  como pasajero  en una unidad del transporte público urbano y, en su interior,  me llamó la atención uno de los tantos vendedores que abordan esas unidades para ofrecer sus productos. En esta ocasión,  un vendedor de panecillos  opacó  el murmullo inenarrable   que se escuchaba en el interior con una plática de ventas,  disertada a “todo pulmón”,  hizo que yo captara su atención. Al concluir la misma empezó a recorrer el bus de cabo a rabo  dejando sus productos a todos los pasajeros para inmediatamente después, repetir  el mismo itinerario, recogiendo ya sea el valor o el producto mismo.

    Esa segunda vuelta la hizo tarareando uno de los salmos que más se han cantado,  comentado y orado a lo largo de los siglos, tanto por la tradición judía, como la cristiana. El salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace reposar, me conduce a fuentes tranquilas y recrea mis fuerzas”. En esta primera parte,  escrita en tercera persona del singular,  el vendedor confiado acoge la primera imagen del salmo: La del buen pastor que cuida de sus ovejas…

      Su plática de ventas, su vestimenta y su actitud eran adecuadas, llenas de emotividad y entusiasmo, su final sobresaliente. Lo que me cuestionó al percatarme que el producto de su venta fue muy poco ¿Qué le hace a este hombre actuar así? el fruto de su trabajo, dudo   sea rentable, trabaja en lo que los economistas llaman economía informal, lo que hace que su faena sea discutida y vista por no pocas personas con arrogante desconfianza.

     Si este hombre,  tan solo tuviera la oportunidad de emplear su talento en circunstancias favorables,  en un trabajo de tiempo completo,  vinculado al crecimiento socioeconómico y desarrollo personal,  como por ejemplo  la de un asesor de seguros, cuyo trabajo representa una carrera para toda la vida, bien remunerada, orientada al éxito, que ofrece estabilidad laboral, desarrollo personal, capacitación constante, liderazgo en permanente actualización, buenas relaciones interpersonales, viajes nacionales e internacionales  y un género de vida diferente, tan solo por mencionar algunos aspectos. En donde cada uno como diría Joan-Carles Mélich, Filosofía de la finitud,  “es un incansable aprendiz, un ser en constante proceso de formación, transformación” y porque no decirlo también  de “deformación.” -cuando es cómplice de la insensatez- .

     Con esos enunciados intento clarificar con mesura los aspectos más visibles y valorables de nuestra actividad y trato  de reducir al mínimo el lenguaje burocrático gerencial para describir lo difícil de forma sencilla. Si el protagonista anónimo de esta historia tuviera esa oportunidad,  otra sería su suerte y otro el fruto de su esfuerzo.

     ¡Ah! me dije, si en todos los equipo de trabajo, incluyendo el que dirijo, existieran varios con esa actitud, tan solo algunos que encomienden al Señor su camino, tan solo algunos que tengan  la actitud mental positiva y los  buenos hábitos, tan solo algunos que respeten y crean  lo que hacen, tan solo algunos que sean propositivos, proactivos y que trabajen en equipo, tan solo algunos que tengan un ideal. Entonces,  su actitud definiría su altitud y esta su plenitud.  Pero,  debo reconocer que en todos los puestos de trabajo nos encontramos a menudo con gente que se encuentra “in artículo mortis”,  -en el ámbito laboral- callados, inertes, acomodados en su  zona de confort; en cuyas consecuencias, entra el hombre en un nuevo plano existencial –Sören Kierkegaard-  lo que es motivo de pre-ocupación y nos lleva a discutir que “el mayor esfuerzo de la vida es no acostumbrarse a la muerte” –organizacional- Elías Canetti, La provincia del hombre.


     “Aunque camine por lúgubres cañadas, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo; tu vara y tu bastón me defienden. Preparas ante mí una mesa en presencia de mis enemigos. Me unges con perfume la cabeza, y mi copa rebosa”; canturreaba el vendedor de panecillos en segunda persona del singular, encomendando al “señor de la casa que acoge a un huésped”,  el medio para llevar comida a su mesa y para que su “copa rebose” abundantemente, por los años de los años. Amén.-


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