Por jlriveirof
En la entrada principal de Auschwitz I, que
era en donde se encontraban las oficinas administrativas de todo el complejo de
terror que los nazis utilizaron para el exterminio masivo de judíos principalmente, podemos leer sarcásticamente la inscripción que lleva por nombre el
presente artículo, escrito en alemán y que significa “El trabajo te hará libre”.
Pareciera ser que en
su afán de galantear con las huestes demoniacas, los alemanes pusieron esa
inscripción allí como una paráfrasis del
versículo 32, capítulo 8 del evangelio de San Juan -(8, 32)- “y la
verdad los hará libres”. De forma explicativa, en ese
versículo Jesús habla de una doctrina
que no debe ser impuesta a la gente de forma coercitiva por sus correligionarios, ni mucho menos
mediante la promoción utilizando citas y conceptos bíblicos, como suelen
hacerlo muchos pseudo evangelistas, sino más bien por atracción, como testigos
que testimonien su fe de forma
experiencial. En este versículo confluyen la verdad y la libertad; que se cruzan en la vida del creyente y caminan en paralelo con los seres
humanos que son auténticos y, que en su vocación como ciudadanos del mundo,
libre y llanamente buscan la verdad incansablemente, sintiéndose amados por
Dios que es Padre y Madre a la vez.
Contradictorio resulta que en contraste a lo que reza ese versículo bíblico, los
nazis hicieron todo lo contrario. En la búsqueda de su “verdad” se burlaron de
esa buena noticia; ellos que jamás fueron
una buena noticia. En su elevado índice
de maldad, lo primero que hicieron cuando iban llegando los trenes llenos de
judíos a los campos de concentración fue separarlos, unos a la izquierda y
otros a la derecha, los de la izquierda fueron enviados directamente a los
crematorios, porque según la inspección ocular sanitaria que les hicieron,
estos no les servían para sus depravados fines y a los de la derecha les
impusieron trabajos forzosos, falsearon la verdad, les quitaron la libertad y
poco a poco la vida a esos cadáveres in fieri,
en que se fueron convirtiendo los habitantes de ese putrefacto infierno
existente en los campos de exterminio
nazi. Impusieron su dogma contrario al relato del juicio final descrito en el
Evangelio de San Mateo (25, 31-46) En donde El Hijo del Hombre como el pastor
separará las ovejas de los cabritos, unos a su derecha y otros a su izquierda,
los de derecha entraran en su Reino y
los de la izquierda al fuego eterno. Así lo imitaron los nazis, pero
a diferencia de la ética de Jesús, alegóricamente hablando, ellos enviaron a
las ovejas, cabritos y cabrones –hombres,
mujeres, niños y ancianos- a una muerte segura, sin distinciones de ningún
tipo.
Los nazis fueron
unos videntes dignos de confianza, con lo descrito en el dintel de la entrada
principal de Auschwitz, le dijeron a los destinatarios de su bestialidad
inhumana, que en ese infierno, el trabajo forzoso que les fue impuesto, los iba a hacer libres, y así fue; porque
ante la desnudez, la desnutrición, los malos tratos, los experimentos a que
fueron expuestos, las celdas de castigo
y los trabajos bajo la intemperie en los fríos inviernos de Polonia, solo la
muerte que rondaba triunfante en los crematorios los libró del
sufrimiento y la maldad de sus victimarios y el ejército rojo que lo hizo en su momento al rescatar con vida a
los pocos que quedaban en ese averno, al momento de la liberación.
Pero, dejando
atrás los fundamentalismos políticos derivados
de ese lema, en virtud que mi interés en este escrito es darle una
nueva lectura al lema nazi y a partir de
ahí, repensar sobre sus conceptos desde
una perspectiva teológica, antropológica
y económica, en un mundo capitalista
globalizado. Que al igual que el
inframundo de los nazis en su tiempo, ha “desvalorizado los valores”
universales, en detrimento de aquel, que surge en el mundo como imagen y
semejanza de quien lo creó.
Referente a la
noción del trabajo el Diccionario Teológico sale al paso y considera su
concepto como obrar, actuar, estar activo, efectuar, acción, ejecución. Entre
líneas muchas veces se vislumbra un
matiz negativo al ver la acción como una carga hacia un determinado fin, quizá
basada en aquella parte del antiquísimo libro del Génesis (1, 18-19) que por
haber desobedecido a Dios, el hombre,
con fatiga y el sudor de su frente obtendría su pan diario. Es decir, se ve al trabajo
humano como un castigo y no como una bendición que libera a los seres humanos
de la pobreza y la pobreza extrema. Sin embargo, es importante acotar que,
debemos desmitificar el libro del Génesis para poder comprender así, su contenido literario.
En el diccionario de espiritualidad, Ancilli
Ermanno, expresa que trabajo es “la
actividad organizada del hombre, orientada al logro de una actividad humana”. Por
lo tanto, en esa actividad organizada por el hombre, se obtienen logros y
competencias y se obtienen dones y talentos que solo Dios nos da.
Respecto a la
libertad, ya desde los tiempos pretéritos Aristóteles consideró la pólis -ciudad- como la sociedad de los hombres
libres, pero salta a la vista que para que se dé está libertad se necesita que
haya ley como principio ordenador garante de esta realidad, en este sentido la
libertad y la ley, vienen a ser como los siameses de ese derecho inalienable
del ser humano que nació siendo libre.
Roger Verneaux dice
que lo primero que se debe hacer en ese intento de describir el significado de
ser libre es, elaborar una noción precisa del término, en virtud que, la
libertad tiene un sinfín de formas como, la libertad de actuar que es un trance
puramente exterior, la libertad de querer, que es una liberación interior,
libertad de decidir y de elegir. Es importante recalcar que, la libertad tiene
límites y que por lo tanto, no es absoluta. Como el ser humano no es absoluto
pero, tiende a lo absoluto.
Concatenando
correctamente entonces los conceptos derivados del lema nazi ese de que “el trabajo te hará libre”, y a partir
de una nueva lectura podría decirse que, el trabajo efectivamente nos hace
libres, nos liberta de la pobreza, la pobreza extrema, de la ignorancia, la
pasividad y del sopor de la complacencia, etc. Y nos da dignidad por el simple
hecho de poder ser útiles a la sociedad mediante la prestación de nuestros
servicios, en el ejercicio de una profesión u oficio concreto.
Por ser nosotros, sujetos de derechos y
deberes universales e inviolables como
lo expresó el entonces Papa Bueno, Juan XXIII; tenemos la libertad de ejecutar cualquier
actividad humana acorde a nuestras capacidades, instrucción y cultura, para
poder obtener así, “los medios
necesarios para un decoroso nivel de vida como el alimento, el vestido, la
vivienda, el descanso, la asistencia médica” etc. Solo mediante la ejecución de
un trabajo digno, elegido libremente se puede ser acreedor a otros derechos que
debe tener el hombre, como “la buena fama, el debido respeto a su persona, nos
permite acceso a los bienes de la cultura, recibir una formación técnica o
profesional y poder venerar a Dios y profesar la religión -que consideremos
pertinente- pública y privadamente”.
Solo en la
ejecución de una tarea concreta, ejercida libremente, pensada racionalmente y
adquirida legalmente, el hombre puede fundar una familia y “atenderla con suma
diligencia tanto en el aspecto económico y social; como en la esfera cultural y
ética”. Solo así podemos “consolidar la familia y ayudarla a cumplir su
función” en una propiedad propia, conservándola o cambiándola cada vez que lo
consideremos necesario.
De todo lo
anterior, podemos colegir que si nos vedan el derecho natural de poder trabajar
libres en el desempeño de nuestras funciones, preferentemente con patronos que practiquen la responsabilidad social empresarial, no podríamos cumplir con aquel
primer mandato que Dios nos da de forma expresa en el libro del Génesis, cuando
nos otorga la tierra como un primer don
y todo cuando en ella hay, para administrarla de forma adecuada.
Nada,
absolutamente nada de todo esto sería posible, si el fruto del trabajo no nos
hiciera libres. Por lo tanto, desde un punto de vista antropológico, teológico y económico, -pero, solo cuando el
ser humano es puesto muy por encima del dinero- un
trabajo tesonero, constante, adecuado, probo y digno; nos hace libres de
la pobreza y la extrema pobreza.
Sabio fue el salmista cuando dijo: “Los proyectos del diligente traen
ganancia, los del alocado, solo indigencia”. –Proverbios 21, 5-
Santo Domingo de Cobán, 18 de septiembre de 2,016
Referencias:
Biblia de Jerusalén,
Diccionario Teologico del Nuevo Testamento, volumen I,
Lothar Coenen, Erich Beyreuther y Hans
Bietenhard,
Diccionario de espiritualidad, Ancilli Ermanno, tomo III,
Pacem in Terris
–sobre la paz entre los pueblos- Juan
XXIII,
Filosofía del Hombre, Roger Verneaux,
El hombre en busca de sentido, Viktor Frankl.-

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