domingo, 23 de diciembre de 2018

“¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres amados por él!”




Jlriveirof

       San Lucas apóstol, narra en su evangelio el nacimiento de Jesús y lo hace  de tal forma a efecto de que toda la humanidad pueda comprender la venida al mundo del hijo de Dios; que nació  en un pesebre  en la comarca de Belén, porque sus padres José  y María  no encontraron un lugar digno en toda la ciudad para que el alumbramiento se diera con todas las seguridades  y el confort que el caso meritaba,  sino en un lugar muy rudimentario. Después de su nacimiento fue envuelto en pañales y acostado en ese lugar. Esas fueron las descripciones que les dio el ángel a unos pastorcitos que dormían al aire libre; como señal cuando les fue anunciada la buena noticia del nacimiento del Salvador; y según cuenta el evangelista,  así fue como encontraron a María, José y al niño,  acostado éste en el pesebre y envuelto en pañales.

     Han transcurrido 1985 años  desde que tuvo lugar  ese acontecimiento histórico que Lucas expresa en su Evangelio, haciendo referencia que el mismo se dio en tiempo del emperador César Augusto, y cuando Siria era gobernada por un tal Quirino.
 Hace mención a estos funcionarios que se desempeñaron  en tiempos de Jesús; para que  hoy,  ningún historiador y persona documentada, seria y entendida ponga en duda el nacimiento de Jesús; un hecho que  cambio inclusive el tiempo en el calendario en un antes y un después de Cristo. Así como también, en la vida particular de muchas personas que le han conocido, en quienes ha dejado una huella indeleble y que también pueden marcar su historia personal, en un antes y un después de El…

     La globalización de la increencia, del relativismo de las costumbres y  la expansión de las sectas, ha traído como consecuencia que hoy, ese magno acontecimiento haya perdido auge entre muchas personas, y  la celebración de la Navidad se celebra entre el contraste que hay  entre la luz y las tinieblas: comidas y bebidas de más, convivios en donde abunda todo lo que enajena los sentidos, las buenas costumbres, la moral y la ética. El consumismo tiene mucha aceptación en esta festividad, una festividad en donde el fenómeno religioso ya no tiene cabida y en donde la verdad ha sido relativizada y paganizada aun más.
Hoy; es tiempo de gastar, de estrenar, de comprar inclusive aquello que no es necesario y así, poco a poco se olvida que esta solemnidad que la Iglesia  celebra, evoca, provoca y convoca un sentimiento  que  lleva a la trascendencia, a un cambio de vida radical y permanente; matando por siempre y para siempre a ese hombre o esa mujer vieja que antecede a todos aquéllos que han decidido cambiar sus estilos de vida, haciendo las cosas al modo de Jesús. Es  por ello que es importante conmemorar  ese acontecimiento histórico, ese acontecimiento del pasado, que se revive y se reencarna responsablemente en el presente; manteniendo viva la llama de la fe, de la esperanza y del amor, sobre todo cuando se hace a la luz de los evangelios, para  reflexionar sobre el misterio del Espíritu Santo que fecunda el vientre de una virgen,  para dar a luz al Dios y Hombre verdadero; Jesús el Mesías anunciado.

     Con los vientos que nos vienen del norte es bueno recordar que la fe de los cristianos,  no se deriva de un árbol adornado de luces multicolores, ni de la creencia en un personaje que viene desde el polo norte; para repartir regalos a todos aquellos que le enviaron con la debida antelación una carta petitoria;  viajando a través del cielo empíreo a la velocidad del pensamiento, ni en torno a un apetitoso pavo relleno en el centro de la mesa junto a una botella de buen whisky; sin importar si éste fue robado o comprado.
No obstante, al sacralizar las costumbres mencionadas anteriormente y la cultura culinaria de cada lugar, pueden convertirse en un importante punto de cohesión  para que las familias se reúnan alrededor de una mesa para alabar el rebajamiento de Dios que a pesar de ser espíritu; se hace criatura de carne y hueso, mortal como los seres humanos y “pone su Morada entre nosotros”. (Jn 1, 14).

    Ilustrando los puntos anteriores, me permito retrotraer el pensamiento a la distancia, hasta donde la razón alcanza,  para hacer eco de  las nochebuenas ya idas y todas las actividades que conllevaron,  con cierta alegría.  Podría decirse que en tres contextos  diferentes:

      El primero, cuando era niño y la esperaba por los regalos que nos daban nuestros padres y familiares allegados,  los que siempre eran puestos debajo del arbolito con algunos días previos a la navidad, la quema de cohetillos y las comidas como  el tamal y el ponche y algún pavo casero medio gordo, que casi siempre  degustábamos en la casa de mis abuelos maternos. Ahí la fiesta era todo un ritual y fue el punto de reunión hasta que mi abuelo murió, porque  en casa,  mi papá era el Grinch de las navidades y siempre se acostaba al filo de las ocho de la noche, justificando que “eso” (la navidad) eran “cosas de viejas bolas” y le caía mal la bulla que traía consigo. Quizás por ello,  de forma asidua tiré morteros, saltapericos y canchinflines cerca de su puerta y salía corriendo para no ser descubierto.

     El segundo durante la juventud; y después que mi abuelo murió las cosas eran diferentes para esas fechas, su casa ya no fue lugar de encuentro, su silla estaba desocupada y con él, la casa vacía se quedó. Y esa festividad siempre la pasaba; algunas veces en casa de algún amigo “bebedor y comilón” y  otras en casa de la pretendida del lugar.

     Y el tercero se da en la segunda y  ya cercana la tercera edad, cuando ya se ha abandonado el nido materno.  Y cada familia,  celebra las mal llamadas fiestas de fin de año, en su casa de habitación. En mi caso particular, los últimos  años han sido trascendentes y unidos  al misterio, porque lo más importante ha sido Dios que se hizo uno como nosotros menos en el pecado. Me he dejado envolver por el mismo y hoy ya no pienso como pensaba antes: “comamos y bebamos que mañana moriremos” como bien recoge San Pablo. Sino sintiendo y viviendo una verdadera fe,  haciendo la debida preparación en tiempo de adviento con toda la familia, elaborando el pesebre en compañía de mi esposa, preparándonos para hacer la cena conjuntamente y asistiendo a  las Sagradas Eucaristías de fin de año.

     Hoy; las llamas de la fe, la esperanza y el amor están encendidas, intentando mantener la paz que tanta falta hace en Centro América; ante todo en estos momentos en que las maras políticas, empresariales, militares y gubernamentales que operan al margen de la ley en Guatemala, intentan socavar la tranquilidad, la gloria y la paz, violentando el estado de derecho y la incipiente democracia.
Sin embargo como ciudadanos del mundo; hay que unirse  al ángel y al ejército celestial para cantar: “¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres amados por él!” –Lc 2, 14-





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