domingo, 17 de febrero de 2019

Giordano Bruno, “tres veces grande”…



Por Jlriveirof

     En un día como hoy,   pero del año de 1600, la inquisición romana convirtió en capilla ardiente la plaza  de Campo dei Fiori,  iluminándola  con el fuego de la  hoguera, que  lentamente cegaba la vida al fraile dominico napolitano, filosofo, humanista, escritor y defensor de la teoría heliocéntrica Giordano Bruno, después de haber permanecido bajo condiciones infrahumanas en una mazmorra, excomulgado y acusado por los tribunales del “santo oficio de la inquisición” –que de santo solo tuvo el nombre-  por “blasfemo, hereje, inmoral, impenitente y pertinaz”.

De esta forma los criminales inquisidores que actuaban en el nombre de Dios,  le dieron la bienvenida a un nuevo siglo e iluminaban  la andadura de ese infausto año nuevo, con la llama que brotaba del cuerpo de Bruno que lentamente se extinguía a la vista de los incrédulos…
Los graves pecados que merecieron la muerte de Bruno, fueron a la vista de la iglesia: pensar diferente a lo que en ese entonces enseñaba la iglesia de Roma, en virtud que no creía del todo en la historia legendaria sobre la creación, -no estaba equivocado- y el juicio final, tener una ideología panteísta que supone que Dios está latente en todo el universo, por afirmar que el universo era homogéneo y estaba compuesto por los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire; y por haberse adelantado a su tiempo con un pensamiento progresista   que lo colocó como precursor del pensamiento racionalista.

     Los acontecimientos suscitados durante ese año de 1600, fueron inadmisibles sobre todo en Europa, porque la decadencia moral del papado era notabilísima, antes que tuviera lugar la contrarreforma católica; sin embargo la alta clerecía, incluido el Papa, se rasgaban las vestiduras en señal de desaprobación ante la ciencia y la técnica que avanzaba al compás del progreso; violentando inclusive el antiquísimo mandamiento de “no matarás” y el mandamiento del amor de “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”. Cuánta razón se encuentra en el pensamiento de Francisco Pérez de Antón, al decir que en ese tiempo “los clérigos tienen privilegios y “el no matarás, excepciones.” –Cisma Sangriento, página. 19- 
En ese sentido vale preguntarse entonces: ¿Quién fue el hereje? Quien  azuzó el fuego de la hoguera,  o Bruno  que no se retractó de su pensamiento y fue fiel con el mismo hasta la muerte, y una muerte brutal y despiadada en el fuego de la hoguera. 
Cabida encuentra en tales interrogantes el pensamiento de Shakespeare al decir que hereje no es el que muere en la hoguera, sino quien la enciende…

    Filosofando en esa dirección es de suponer entonces que; el hereje en este hecho concreto  no fue Bruno, sino el incendiario que mando a prender la hoguera en virtud de sus investigaciones en contra del fraile dominico, el sacerdote jesuita inquisidor Roberto Belarmino, mejor conocido por sanguinario y reaccionario como “el martillo de los herejes”, y  por sus prácticas bestiales, inhumanas y anticristianas ejecutadas en el nombre del Dios de Jesucristo, un Dios que no tiene comunión con las injusticias, el pecado y la maldad que todos los inquisidores sin excepción y que con la venia del Vaticano llevaron a la práctica durante muchos siglos, ya en la plenitud de la era cristiana.  Haciendo una esperpentización de la realidad;  fue elevado a los altares por el Vaticano en premio a su elevado indice de criminalidad y hoy se le conoce como San Roberto Belarmino y fue declarado doctor de la Iglesia.  Para este jesuita inquisidor "el fin santificó los medios"...

    ¡Ah!, pero los más cínicos dirán que no debemos juzgar aquel tiempo con los ojos de hoy, ¡ja! …,  pero, apelando al pensamiento de Erasmo de Rotterdam y haciendo una paráfrasis del mismo,  válido es hacer una pregunta que no tiene tiempo ni lugar:
¿Qué hubiera hecho Jesús de Nazaret con Bruno, Juana de Arco o Galileo?  ¿Los hubiese perdonado o también los habría condenado al fuego de la hoguera? …
Lógico es de suponer que habría dicho, parafraseando aquella lapidación que pudo haber tenido lugar en el siglo I de la era cristiana: Que encienda el fuego de la hoguera, aquel que se encuentre libre de toda culpa…

     Hipócritas resultan entonces las rasgaduras que le hacen a sus vestiduras sus ilustrísimas; que en este tiempo, siguen sin rehabilitar a Bruno. Pedantes fueron las declaraciones del cardenal Paúl Poupard, que en el nombre de la Iglesia, lamentó la condena del fraile filósofo napolitano a morir en la hoguera, pero no lo rehabilitó.
La condena dijo, “es una acción de la que la iglesia se arrepiente pidiendo perdón a Dios y a todos los hermanos”. Acaso se recordará  el “excelentísimo y reverendísimo" cardenal, que el arrepentimiento va de la mano con el  resarcimiento.
Un mes de homenajes al filósofo napolitano de parte del Vaticano, durante la gran ceremonia del perdón que celebró el Papa el 12 de Marzo del 2000, son fatuos; así haya sido Bruno protagonista de numerosos simposios, obras de teatro, conciertos y exposiciones, si no hubo perdón. ¿Que Gran ceremonia del perdón pudo haber sido esa celebración que el Obispo de Roma hizo, en donde no se otorgó el perdón al homenajeado? …

     ¿Entonces, quien será el “blasfemo, hereje, inmoral, pertinaz y obstinado”? Giordano Bruno o quienes nunca lo perdonaron..., por todo ello; hasta el día de hoy hacen eco las palabras del condenado al escuchar la voz de los malhechores: “Tiemblan más ustedes al enunciar esa sentencia que yo al recibirla”…

Referencias Bibliográficas:
Frances A. Yates, Giordano Bruno y la Tradición Hermética, 1,983: Editorial Ariel, S.A. Barcelona,
Lola Galán, elpais.com, Roma 4 de feb 2000

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