Jlriveirof
Transitar por las páginas del libro en mención, permite la construcción de un eje
problematizador para todo el escrito; como también retroceder en el tiempo y
apuntar con fina puntería hacía mediados
de los años setenta, principios de los ochenta, y contemplar como proxenetas
locales, importaron mujeres dedicadas al
más antiguo de los oficios de El
Salvador y Honduras, e instalaron en una población eminentemente católica, como
lo era la Ciudad de Cobán en aquellos tiempos,
los primeros prostíbulos o casas de citas como les decían, para soslayar una actividad, pecaminosa y
vergonzosa en extremo, según la moral
epocal.
Un negocio que según los “empresarios venéreos”, que se ganaron
el pan de cada día con la fruición
corporal de los visitantes, que de incógnito llegaban al lugar para la compra de
placeres sexuales; esa actividad económica, era
parte del nuevo orden civilizatorio que alcanzaba a una población que estaba
progresando y que llegaba para quedarse y así evitar un mal mayor. “Industrias de la vagina”, para denominar
aquel submundo instalado legalmente bajo
la denominación de Cervecería de primera, segunda o tercera clase, según las reinas del antro y que
funcionarían según ellos, para evitar
los continuos atropellos a la dignidad humana que cometían los miembros de la
zona militar de Cobán, cuando les tocaba su “salida higiénica”, es decir cuando
salían de descanso algún fin de semana concreto o durante algún asueto en
particular.
Presumiblemente, esos elementos castrenses cometían toda clase de ilícitos cuando de franco se
encontraban, máxime después de consumir bebidas espirituosas en extremo, entre
los que caben señalar violaciones a mujeres que andaban solas a cualquier hora
de la noche, incluyendo borrachos varones y tarados mentales que deambulaban
por las calles taciturnas de la época. Y según el chismorreo de las habitantes de más edad,
ellos, se pasaron por las armas a todo aquello que se movía, hablando en forma
de metáfora claro está, incluyendo semovientes que pernoctaban en algún sitio
baldío, llevando a la práctica aquel
viejo refrán que dice: "conjunto de nalgas de bolo no tiene dueño"…
Pues bien, en el
marco de esa celebración internacional de la mujer que se recrea en el tráfico galante, importante es crear un
contexto adecuado y retrotraer la mirada crítica hacía Francia en la década de
1,970, cuando gendarmes fieles del cumplimiento de las leyes de ese país,
mantenían a las secretarias del amor en constante hostigamiento. Una persecución hostil que las obligo a tener que desempeñarse en el ejercicio de sus
funciones amatorias en secreto; con lo que obtuvieron otra clase de atropellos,
cuando sadomasoquistas durante esos encuentros eróticos empezaron a golpearlas
e infringirles daños físicos, morales y
sociales. En adición a ese disfrute
obtenido mediante actos de crueldad, no se debe descartar la muerte física y la desaparición forzada,
esclavitud, discriminación, exclusión y el señalamiento en toda su expresión.
Entretanto fueron
apareciendo movimientos y grupos de apoyo para estas buhoneras de placeres y
así; en un día como hoy, pero del año de 1, 975 más de cien sexo servidoras
ocuparon la Iglesia de Saint-Nizier de Lyon para demandar la atención y
discriminar la violencia institucional, pública y privada de la que eran
objeto. Para el efecto se mantuvieron en huelga de brazos cruzados y piernas
cerradas durante ocho días, en virtud que ocuparon y sitiaron la iglesia
permaneciendo dentro de ella, hasta que la policía las dispersó.
¿Qué exigían estas santas y pecadoras mujeres? , ¡Libertad!
De oficio y beneficio, tal y como ellas eran y no como la mentalidad de aquel
tiempo querían que fueran.
Esas flagrantes
violaciones a los derechos de esta clase de trabajadoras; se mantiene igual o
casi igual. Al menos así era en la década de los años 80, cuando el autor
fungía como Inspector de Saneamiento Ambiental en Santa Cruz, Tactic y San
Cristóbal Verapaz, y posteriormente en Fray Bartolomé de las Casas, siempre en
el departamento de Alta Verapaz. En virtud de su oficio, el inspector en
cuestión tenía que visitar asiduamente los antros que daban cobijo a estas
señoritingas y en donde ellas llevaban a cabo la misión de su meretricio.
En este sentido se tenía que tratar con el proxeneta del
lugar e inspeccionar el antro de cabo a rabo, para ver si se cumplían con las
leyes y los reglamentos de salubridad, así como también mandar a la cárcel en
sentido literal, a aquellas pobres mujeres que habían sido contagiadas por
alguna enfermedad venérea. El encarcelamiento duraba mientras cedía la
infección, y eran encerradas y privadas
de todos sus derechos constitucionales precisamente para evitar que durante
esos días que duraba la enfermedad venérea, “trabajaran.”
Por la carencia de centros carcelarios para mujeres, estas
eran recluidas en la mazmorra publica para hombres del pueblo, la misma suerte
corrían aquellas mujeres menores de edad o extranjeras que no tenían su
documentación en orden, sin distingo de ninguna naturaleza. Las que eran
bonitas físicamente corrían otra clase de suerte, rápido eran esclavizadas
sexualmente por el jefe policíaco de la gendarmería, quien se cobraba
en especie para no remitir a los reparos policíacos o devolver a su lugar de origen
a dichas mujeres.
Así se pasaba por
encima de su dignidad y eran atropelladas en todos sus derechos humanos.
Obviamente, en ese tiempo no existía la defensoría en esa materia y el
régimen era totalitario.
Sin embargo, y muy
a pesar que la actividad prostibularia en este tiempo, sigue teniendo a la mujer
como una esclava sexual del varón que utiliza sus servicios, y que los problemas
asociados con el uso y el abuso de su cuerpo como “el dolor, el sangrado, la
abrasión, el embarazo, las enfermedades de transmisión sexual y los daños psicológicos”
que resultan de la explotación e instrumentalización de su cuerpo y de su mente como peculio, la
industria de la vagina se ha globalizado y, hoy día reporta a nivel mundial un
incremento al producto interno bruto de muchos países que reciben más divisas por la
explotación vaginal de sus conciudadanas, que de las exportaciones de sus
productos primarios y suntuarios.
Las políticas
económicas neo liberales que se dictan a nivel global; han permitido que la
industria del sexo se haya normalizado; inclusive la terminología de antaño ha
sido cambiada con algunos eufemismos para describir lo abyecto y lo vulgar. De
tal guisa que para describir a un proxeneta que regentea un prostíbulo en esos países
“progresistas” se le llama industrial
del sexo y es visto como “un prestador
de servicios”, sobre todo cuando el trabajo de una meretriz es visto ahora como
un trabajo muy por encima de la economía informal, por los réditos que implica,
en la satisfacción de necesidades presentes y futuras.
La vagina entonces, en
esta industria ya no es vista como un aparato reproductor solamente, sino como
el “epicentro de un negocio organizado a escala industrial”, el término
prostitución es ahora un nombre arcaico para describir aquella ocupación propia
de mujeres sin estudio, y que hoy es vista por el capitalismo voraz, alienante
y esclavizante como cualquier trabajo, como “el lobby del sexo como trabajo”;
posturas que se han posicionado como argumentos de defensa validos en extremo
para legalizar aquella actividad criticada por las sociedades de todos los
tiempos, pero visitadas por esos caballeros en todos los tiempos. Aquellos que antes eran considerados
unos putos y que hoy en virtud de toda esa terminología capitalista, son concebidos con el nombre de clientes…, simple
y llanamente clientes.
A guisa de
conclusión e inmersos en el sopor que causa la doble moral propia del tiempo
que nos apremia durante esta conmemoración del día internacional de la trabajadora sexual, en aras de refutar cualquier posible objeción, cabe preguntar a las personas pietistas y rigoristas en extremo: ¿Quién peca
más, la que peca por la paga o el que paga por pecar?”
Fuentes bibliográficas consultadas:
Sheila Jeffreys, La industria de la vagina. La economía política
de la comercialización global del sexo, 1ª edición, Buenos Aires Paidós, 2011.
Traducido por Paola Cortés Rocca.
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