En las postrimerías del siglo XX, funcionó en el antiguo inmueble de Sociedad de Beneficencia de Cobán contiguo al Estadio Verapaz, una cantina llamada El Congreso. Obviamente el giro del negocio del antro en mención era la comercialización de toda clase de bebidas alcohólicas, el celestinaje y toda actividad libertina.
Al lugar en cuestión, llegaba toda clase de gente,
desde bebedores sociales que llegaban, degustaban las diferentes boquitas y
bebidas alcohólicas que ahí se preparaban, platicaban de mil y una cosa y se
iban, pasando casi siempre desapercibidos. Mientras que, los bebedores asiduos,
llegaban y se quedaban hasta que borrachos en extremo, se brutalizaban, unos
doblados de bruces se dormían sobre sus orines hasta que les pasaba la borrachera
que se habían puesto si bien tenían suerte o dinero para seguir gastando, de lo
contrario eran echados a la calle sin mayor miramiento.
En el interior y después de algunas horas de estar
imitando a los filibusteros unos lloraban sus perfidias, otros cantaban al amor,
algunos eran aplaudidos, otros maltratados, según el estado de ánimo de los bebedores
y el talento de quienes hacían de bufón causal del antro en mención.
Para los hipócritas que practicaban alguna religión
pero que no querían ser vistos, o para los que llevaban a la amante de turno o
para quienes no querían ser importunados por el murmullo de los comensales y la
música a todo volumen, había un lugar privado en donde se podía platicar con
más tranquilidad, obviamente tenía un costo adicional.
El Congreso, como toda cantina o prostíbulo era un
punto de conexión con toda clase de vándalos en aquella época, toda actividad
comercial, orgiástica y pirática era lícita y permitida, aunque sus formas no
fueran para nada ortodoxas, ahí se podía transar todo lo que el dinero pudiera
comprar, incluyendo personas junto a sus voluntades y dignidades y, platicar de
todo y de nada.
Pues bien,
recapitulando sobre todo lo que acontecía en esa cantina de poca monta llamada El
Congreso, resulta fácil hacer un símil con otro antro ubicado en la zona 1 de
la Ciudad de Guatemala, llamado también Congreso de la República de Guatemala,
en virtud que, las cualidades, calidades y las competencias de los inquilinos
temporales de ese palacio legislativo, son muy similares a los viciosos
epocales que en el Congreso cobanero hacían su morada.
Es más, podría aseverar que aquellos bolitos
consuetudinarios de antaño y las mujeres dedicadas a la más antigua de las
profesiones que visitaban el lugar y, que, dicho sea de paso, en aquel tiempo
cobraban diez quetzales, tenían más fundamentos de valor -principios
axiológicos- por los cuales regían su vida, algo que es casi nulo en esa
caterva de diputados que se autodenominan padres de la patria.
En aquel tiempo los drogodependientes en la sociedad
cobanera ochentera eran contados con los dedos de la mano, no así quienes
comercializaban con toda clase de estupefacientes. Un negocio que es redondo y
que tiene muchos exponentes en el hemiciclo, según las reiteradas
investigaciones de periodistas que no son de alquiler y que no han podido
comprar los miembros del denominado pacto de corruptos.
En el
Congreso cobanero era más fácil escuchar a borrachines oradores virtuosos de la
palabra, mientras que en el “honorable pleno” de continuo escuchamos durante
sus sesiones parlamentarias a timadores, lenguaraces y manipuladores que
conjugan el placer con el tener sin importar su forma y su fondo.
Muchos de los enfrentamientos tanto físicos como
verbales que vi en el “parlamento” cobanero, son normales, usuales y
acostumbrados en este Congreso de la República de Guatemala: mujeres con el
mismo comportamiento de aquellas que se venden en la 17 calle entre cuarta y
quinta avenida de la zona 1 de la Ciudad de Guatemala, tirando bebidas
alcohólicas, agua pura o gaseosas en la cara de sus homólogos del partido
político contrario y con quien disienten, hombres contra ombres intentando
darse a los golpes en una sesión parlamentaria, palabras soeces que se
entrecruzan y, que ponen en evidencia un bajo coeficiente intelectual, poca
competencia conversacional, fuga de una retórica deliberativa parlamentaria y
una cultura muy pobre de quienes se dicen legisladores.
Escuché más retorica aristotélica, es decir más arte
en el bien decir en el Congreso cobanero que en el Congreso de la zona 1
capitalina; en aquel, hasta los bolitos más empedernidos en sus discursos
convencían, conmovían los sentimientos, apelaban a emociones más nobles y a
muchos persuadían, en tanto que estos cada día con lo que dicen y hacen se
esfuerzan por ser más serviles, abyectos, vulgares y plebeyos. En virtud de sus
costumbres una inmensa mayoría de ellos son voraces, ambiciosos, sediciosos y
extremistas …
A mi modo
de ver las cosas, es incuestionable lo que decía Mr. Ronald Reagan cuando era
el presidente de los EE. UU. “Al ser la política la segunda profesión más
antigua del mundo se parece mucho a la primera”.
En ambas, todos tienen un precio, se pervierten y subvierten
en menoscabo de su dignidad.
Jlriveirof, OP
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