En el post anterior a éste, que intitulé "El lugarteniente," epilogue de forma tangencial cómo después que, un hato de ganado fino de mi propiedad, un hado las "convirtió" en vacas y toros viejos no aptos para uso cárnico, decidí vender la tierra con todo y los delincuentes subversivos que habían invadido media caballería de terreno, cuyas fotografías preceden al post en curso; y, en la búsqueda de ese afán por mantener la mente y el cuerpo ocupado, decidí fincar 48 manzanas que compré a mi tío Guillermo Riveiro, a quien cariñosamente le decíamos grillo (+), fracción de terreno que fue desmembrado de la finca Chameoj, propiedad de mis abuelos paternos: Francisco Riveiro y Martina Champney, que él grillo había recibido en heredad después de la muerte de mi abuela, que decidí comprar dada la colindancia con la herencia dada a mi papá y su buena vecindad.
Durante y después de mi abuelo, la finca
mencionada era explotada para el cultivo del café, pinares y maderas preciosas,
hasta que después de su muerte, quienes administraron la finca decidieron
introducir palma africana, cuyas ínfimas ganancias no justificaron la desertificación
de esa propiedad.
En
ese contexto, decidí sembrar diez manzanas de café de un solo tajo, sin ningún
conocimiento técnico ni preparación agropecuaria que sustentará esa decisión.
Una decisión tomada
dada la preparación remota que
tenía instalada mi querido viejo, dentro de sus capacidades adquiridas en su mocedad,
cuando aún vivía mi abuelo Pancho.
En esa consideración se mandó preparar
la tierra, se construyeron curvas de nivel, compré un almacigo de más de 35,
000 matas de café catuaí, una variedad creada en 1949 del cruce del Caturra
amarillo y Mundo novo y, cuando los tiempos fueron propicios para la siembra,
cubrimos cerros y laderas de café, café y más café.
A priori me preparé para los tiempos de la
cosecha que en su momento llegarían y, para el efecto compré pulpero, maquinas,
zarandas, y se construyó un pequeño beneficio húmedo a la vera de una quebrada
de agua que temerosa penetraba el caudaloso río Polochic, que en la parte del
valle atravesaba nuestra propiedad.
Fueron semanas, meses y años duros,
pagando jornales, limpiando la tierra de malezas, abonando, etcétera, en otras
palabras, enterrando el dinero en ese cafetal.
Con el objeto de aprender del oficio del
caficultor, recibí varios cursos en ANACAFE, cuya institución nos brindó
asistencia técnica especializada, enviando a un perito agrónomo a darnos
capacitación y asesoría para el buen desarrollo del cafeto, buen manejo de
sombra, controles fitosanitarios, gestión de plagas y enfermedades, entre un inacabado
etcétera.
Grata fue mi sorpresa al enterarme que, el
perito agrónomo que enviaron fue mi gran amigo Juan Francisco San José Leal, el
famoso San, bautizado con ese mote por mí, para abreviar su nombre. Compañero
desde el párvulo hasta el tercero básico, compañero de mil batallas noctámbulas
en bares, discotecas y clubes de striptease, que menciono para que las almas pías
se santigüen en vano, intercedan por mi alma impura y recen unas largas
letanías antecedidas por un ¡Jesús, María y José!
Infausto fue su peritaje la primera vez
que visitó la plantación; su sentencia fue la siguiente: la escogencia que
hiciste del café fue pésima. El catuaí es para climas fríos, acá estamos a 600
metros sobre el nivel del mar, tenés que sembrar mucha sombra, más
fertilización al tallo y foliar, más control fitosanitario. Éste catuaí por
estar en una región cálida será susceptible a roya, antracnosis y no recuerdo
que más yerbas. Cuando coseches tu conversión será de 4 quintales de café
cereza por uno de pergamino y tu grano será vano...
¡ah!, Gracias a Dios las vacas no vuelan,
—dije‐ porque si no del cielo raso
como el agua durante mayo, el estiércol me hubiera caído a cántaros...
Como vidente digno de
confianza, las dramáticas profecías del San, se fueron cumpliendo y, las
pérdidas se hicieron evidentes, patentes y manifiestas.
No obstante, la obcecación por
seguir bregando en los distintos derroteros que la vida me puso por delante no
me impidió alzar otros vuelos "mutatis mutandis in saecula
saeculorum".
Como dijo Sir Winston Churchill una vez:
"El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo
".
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