miércoles, 23 de noviembre de 2022

La gorda Gertrudis

     Al transitar la vieja plaza de Santo Domingo, concretamente por la calle treinta y cinco del otrora puerto negrero de Cartagena de Indias, no pude evitar caer en la tentación que sugiere la tradición oral del puerto que, consiste en palpar y darle el osculum obsenum a esa gordibuena y bella obra de arte esculpida en bronce, por el artista antioqueño, Fernando Botero.

Según la tradición en cuestión, cualquier visitante que toque, trastoque y bese las enormes posaderas de la Gorda Gertrudis, la desventura se hará a un lado y le cederá el paso a  la ventura y la buena suerte que, lo acompañarán a perpetuidad y, con un poco de más atrevimiento, al tocar sin tanto aspaviento, con sumo miramiento, los pechos fornidos descubiertos al viento, se asegurará un largo y placentero romance con la pareja, (hombre y mujer)  y, repetirá el viaje sin mayor equipaje que, el deseo de volver para deleitarse del glamour, la gastronomía, la exquisitez, las puestas y salidas del sol que, en lontananza pareciera ser que hunde su redondez en alta mar y, la beatitud de contemplar los tiempos idos, anclados en tan paradisíaco lugar.

¡Ah, las puestas y salidas del sol a orillas del mar, ja!

     Sin embargo, para garantizar el éxito en la tentativa de tal faena quise por enésima vez, dada mi tozudez, palpar y besar al derecho y al revés a la Gertrudis; pero, recordé la sentencia de Voltaire, que solía decir: “una vez, un filósofo. Dos veces, un pervertido” 

     ¡Ah, gordibuena Gertrudis! ¿Es que acaso no te volveré a ver?, necesito la suerte que prodigas en la querencia, connatural a la existencia del hombre en potencia y en latencia. ¡Gertrudis, Gertrudis!, Déjate ver de vez en vez…, que por ti surcare los cielos y los mares, para visitar esos lares, por cuarta y quinta vez, para perderme en el claroscuro ese que se da, entre las candilejas de tus viejas callejas y las luces y sombras de tu cruenta historia entre las calles, las plazas y las edificaciones del siglo XVI.

      Tú; tan florentina como Maquiavelo y Lorenzo el Magnífico, pero de padre colombiano. Fuiste traída de Italia como un regalo de los dioses para la bella y antigua ciudad de Cartagena de Indias, con tus 650 kilos de peso corporal y exceso de beldad, posando hasta la eternidad, con la cara siempre, siempre, mirando al sol, ese sol caribeño que nace de lo alto y aparece casi siempre, en la misma hora y en el mismo lugar. Frente a ti, el tiempo pasa despacio, como no queriéndose ir nunca jamás…

Tu sinuosa figura, protuberantes nalgas y prominentes pechos parecen  volcanes erguidos, como los de la mujer en ciernes, brillan más que el resto de tu cuerpo, por el desgaste causado por tanta mano que te ha trastocado y, los rayos del sol que, con serena impudicia, también te acarician, depositando su calor, su candor y su fulgor, en donde más atraes…

Jlriveirof, OP


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