Así como las cumbres son las partes más altas de una montaña, el pujante y portentoso Valle del Río Salamá o Valle de las Rosas, que se aprecia al fondo, es cumbre de un desarrollo socioeconómico, urbanístico y de progreso nunca antes visto, muy especialmente en la cálida Ciudad de Salamá y puntos circundantes que florecen en el valle.
Desde la cresta del Cerro de la Santa
Cruz, donde posa de espaldas el Reverendo Giovanni Morán, párroco del templo
San Mateo Apóstol, y su grey que, de forma panorámica pudieron apreciar, al
frente, la Sierra de Chuacús, al fondo, como ya lo dije, el Valle de las Rosas,
cuyo entorno es abrigado con el manto de un cielo empíreo de color azul
celeste, acromático y dramático, adornado de nubes de algodón que le dan un
toque de belleza sin igual.
El sacerdote en mención, con la custodia
alzada y El Santísimo expuesto, bendice el valle, a su gente trabajadora y
proba y demás seres vivos que yacen sobre la faz del valle y sus montañas que
la rodean, pidiendo para que las lluvias retrasadas de mayo se hagan presentes
en junio, entre otras cosas.
La misa celebrada por él cura en la
cúspide del cerro, que me fue comentada, a mi parecer fue dialógica y simbólica
por cuanto que, en tiempo de los mayas se creía que en ese cerro vivía
Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, que tenía por misión asustar a los
antiguos pobladores.
Ya con la llegada del
cristianismo a esas tierras por parte de los frailes dominicos que vinieron de
España, se mandó a erigir un templo y una cruz en ese lugar, para desmitificar
las creencias ancestrales. De ahí el nombre que tiene hasta el día de hoy el
cerro.
No obstante, hoy día, son otra clase de
serpientes las que merodean, chismorrean y espantan a la gente, se arrastran
por todas las ciudades, ya no son emplumadas como Quetzalcóatl, sino bípedos
implumes, según la frase utilizada por Platón. Que mil misas nos libren de tal
raza de víboras…
Jlriveirof, OP

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