La fotografía en donde poso a la par de la Gorda Gertrudis de Botero, en la ciudad amurallada de Cartagena de Indias, me permite parafrasear a Voltaire: una vez el austero, dos veces el libidinoso. Y es que, en mi segundo viaje de cuatro a esa bella ciudad, atendí la tradición oral del pueblo y le di el “osculum obsenum” a la Gertrudis para tener éxito en el amor y regresar muchas veces a ese paradisíaco lugar.
Según la cháchara social, lo que pasa en
la ciudad amurallada se queda ahí, sin embargo, desistí de tal idea y la
compartí…
En la segunda fotografía que añado al
post, tomada por un fotógrafo profesional que nos acompañó en el viaje; parece
ser que con su cámara condensó tres planos de sentido: la historia, el tiempo y
la comunidad.
En
primer lugar, estamos frente al Baluarte San Francisco Javier, uno de los
quince baluartes que tiene la ciudad junto a 69 cañones que se sumaban a la
defensa de la ciudad amurallada de Cartagena de Indias.
Murallas, baluartes, fuertes y
cañones fueron construidos para resistir asedios, piratas y tempestades del
Caribe. Arquitecturadas para detener al enemigo y ganar tiempo. Hoy, quisiera
detener el tiempo y ganarle a mi peor enemigo: el demonio del mediodía o la
pereza del alma…
Sin embargo, ahora el escenario es otro,
donde antes hubo asedio ahora hay encuentro, memoria y celebración. Una
trilogía que nos tiene ahí embelesados de tanto encanto.
En segundo lugar, nos decantamos por
quedarnos hasta el atardecer, para ver al sol descender sobre la “mar oceána”,
envolviendo al grupo y al baluarte en mención con su hermoso arrebol del ocaso.
En ese instante el tiempo
histórico de los siglos XVI-XVII y nuestro tiempo personal en este siglo, se
dieron cita por fracción de minutos, se abrazaron y se besaron, y así, la vieja
historia de la ciudad, con la nuestra personal, quedaron iluminadas por el
mismo sol que nos transfiguró al filo del atardecer…
En tercer lugar; el grupo de hombres y
mujeres de negocios de seguros, sostienen un estandarte de Seguros GyT, como un
gesto de agradecimiento, camaradería, proximidad y celebración.
Desde esa perspectiva, anclado
en un pasado tan antiguo nace una idea: así como en el siglo XVI, construyeron
las murallas de piedra y calicanto que recorrí de cabo a rabo, para proteger a
la ciudad; hoy, las organizaciones como la nuestra también construyen fuertes,
no de piedra sino de bona fide para proteger finanzas personales y
empresariales, tranquilidad, paz mental, cooperación y propósito compartido.
Las fortalezas de estos
hombres y mujeres de negocios de seguros son proteger proyectos y trayectorias
humanas.
De tal guisa, el baluarte San Francisco Javier a nuestras espaldas, que antes defendía la ciudad negrera de Cartagena; hoy reúne a un grupo de agentes de seguros que defienden algo distinto: los intereses, la seguridad financiera y el patrimonio de sus clientes y amigos que, en ellos depositan su confianza y que, entrambos son la vida y la razón de existir de las empresas de seguros…
¡Eh ahí la cuestión!
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