lunes, 15 de septiembre de 2025

Camelando a Hércules


     Al camelar a Hércules en el desierto de Los Cabos, Baja California Sur y posar a su lado, una semana antes de que el mundo cerrara sus fronteras por causa de la COVID-19, jamás imaginé que cinco años después, su imagen audaz y trote eficaz, me interpelarían y servirían de ejemplo en la más contumaz sequía del desierto espiritual por las que no pocas veces atravieso.

     Bajo esas circunstancias no muy favorables, mi yo superior me obliga a
camellar en los distintos proyectos que la vida me pone por delante, con énfasis en mi proyecto de vida inacabado todavía, y en las tareas inherentes a mi cargo, entre otros tantos más…

     Cuando Hércules viene a mi mente de repente, lo pienso por forzudo, de paso lento y sereno pero frecuente, puntual y perseverante. No se inmuta por las condiciones climáticas adversas de su entorno, mucho menos por las cargas que los diablos de la tierra, le imponen sobre su atormentada alma. Parafraseando a Schopenhauer.

     Para el incomprendido Nietzsche, en “Así habló Zaratustra”, el camello simboliza la primera etapa en la metamorfosis del ser humano. Condición “sine qua non” para dar el paso hacia la liberación de todo aquello que nos aliena y esclaviza, como las cargas innecesarias que nosotros mismos nos ponemos al hombro, cuestiones que no nos podemos perdonar, los convencionalismos sociales, etcétera.

     Lo anterior expuesto nos invita a “soltar lastre”, para que el fluir de nuestra vida se dé sin ninguna dificultad. En “soltar amarras” (contexto hindú), para practicar el desapego y el desapropio por libre determinación, para que, “nuestro yugo sea fácil y nuestra carga ligera”. 

     Las características del forzudo Hércules y los de su raza entonces, me impelen a seguir forcejeando por ese desierto, evitando a toda costa los espejismos, oteando el horizonte en la búsqueda de algún oasis para descansar, y calmar el hambre y la sed de justicia. Sabiendo perfectamente bien que, el desierto espiritual también es un lugar de encuentro con Dios, consigo mismo y con los demás, en los brazos de la adversidad. Haciendo una paráfrasis a uno de los pensamientos de Georg Wilhelm Friedrich Hegel…

Rumbo a las Conchas

   


      Eran los tiempos en que los acuerdos de paz “firme y duradera” (vaya engaño), no se habían firmado en la mesa de las negociaciones, entre los copetones del ejército y las diferentes guerrillas que operaron en Guatemala entre 1966 a 1996.

     Por lo tanto, el fuego de fusilería, explosivos y granadas, solía escucharse, allá a lo lejos, entre las zonas escarpadas de la densa selva, adyacente al camino de herradura en donde en un momento de solaz, poso al lado y al frente del Nautilus. Así le puse por nombre a mi Land Cruiser, porque era capaz de zigzaguear sin atascarse, por los lodazales en medio de aguazales que, muchas veces había que sortear en la brecha que serpentea en las faldas de la montaña, máxime en lo más profundo del invierno que en ese tiempo, aún no lo habían robado los depredadores.

     Esas circunstancias adversas obligaban emprender tan raudo viaje preferentemente de día, para llegar a una parcela de mi propiedad ubicada en el corazón de Las Conchas, sin ninguna novedad. Intentábamos mantener el paso, al paso cenital del sol para que, el ocaso y la densa noche en la montaña, no nos agarrara desprevenidos, o, remotamente, sin quererlo, encontrarnos en medio de la combatividad por causa de la conflictividad y salir malheridos, o pudiéramos ser agarrotados, interrogados y confundidos, como “orejas” del ejército de parte de la guerrilla, o por “canchitos” de parte del ejército. Igual, con cualquiera de las dos tenía sus resquemores.

Máxime por mi vehículo, similar al que usaban los judiciales para extorsionar, secuestrar y desaparecer personas que, pensaban diferente a los gobiernos de los generales, que llegaron al guacamolón por fraudes electorales…

     En esos tiempos y en esos lares, cualquier persona era objeto de sospecha y, podía sucederle que, a imitación del general Pancho Villa, “los comandantes” dijeran: “fusílenlo, después averiguamos.”

     Llegó el año de 1996 de nuestro Señor y se firmaron los acuerdos de paz. Los ganadores fueron los “cabezones” de ambos lados, que se enriquecieron con el botín de la guerra.

El gran perdedor como siempre, el pueblo de Guatemala. Los fusiles y los tambores de guerra se callaron en las montañas, en donde hoy se respira un ambiente de relativa paz…

     Sin embargo, esos fusiles, retumban en las selvas de acero y cemento, son otros los actores, otros los escenarios, pero el pueblo sigue siendo el mismo, quien sufre las consecuencias.

Hoy más que nunca, ese noble, resiliente, estoico y timorato pueblo, se encuentra atrapado “entre la espada y la pared, entre Escila y Caribdis, entre martillo y tenazas…”

“Cuando amanezca, ¡más vale que estés corriendo!

     En nuestra acostumbrada reunión de cadencia de rendición de cuentas de hoy, un  lunes cualquiera, con emoción conté la historia de El león y la gacela, cómo abrebocas a una pregunta poderosa de coaching, que es: ¿Qué
te impide tener éxito en un mercado laborioso?

El tema en sí, es bastante escabroso y puede dar de sí para un sinfín de conjeturas. Por eso siempre es mejor preguntar qué conjeturar…

Sin paracaídas, nos cayó una lluvia de respuestas, sin rodeos, directas al cerebro triúnico que, desmontaron todas las creencias limitantes para actuar en consecuencia y con frecuencia a efecto de que, cuando amanezca, más vale que estemos corriendo…

     Eh aquí la pequeña narración que captó nuestra atención, en esta fría mañana y última sesión del mes de agosto que sereno y con prisa, agoniza:

     Cada mañana en África una gacela se despierta. Ella sabe que debe correr más rápido que el león más veloz o morirá bajo sus garras.

     Cada mañana en África un león se despierta. Él sabe que debe correr más rápido que la gacela más lenta o morirá de hambre.

     No importa si eres león o una gacela… cuando amanezca, ¡más vale que estés corriendo!

     El poder del relato en cuestión radica en la última sentencia: cuando amanezca, más vale que estés corriendo. Esa frase es una clara, atenta y abierta exhortación para ponernos en acción, sin importar la explicación o justificación de alguien que, no quiera salir de su zona de confort. Sin duda es la antesala del infierno organizacional que uno mismo sopla para arder socioeconómicamente en el, cuando no quiere hacer lo que tiene que hacer en un tiempo y en un lugar concreto.

Es un lugar reservado solo para aquellas personas que gozan de la somnolencia causada por la complacencia y que, con displicencia se conducen por la vida “sin ton ni son.”

     Dado que, a esta reunión solo mujeres de negocios de seguros asistieron, concluyo con la siguiente frase mágica: “talitha kumi.” Una frase aramea pronunciada por Jesús, que significa: “doncella levántate.”

Invitación clave para seguir en acción, estar en movimiento, a desinstalarse para esperar el nuevo día, para que las encuentre corriendo con alegría.

El Emilio y algunos divertimentos

 


   Cursábamos sexto magisterio, cuando en la Sección “B” del glorioso Instituto Normal Mixto del Norte, Emilio Rosales Ponce, al estilo de Nerón Claudio César Augusto Germánico, emperador de Roma, propicié la quema de unas cortinas viejas, raídas y descoloridas que afeaban nuestra sección, mientras en el aula de música, tocaban la lira.

     Como castigo a tal atentado contra los bienes del estado y para no ser expulsado en mi último año, previo a obtener el título de Maestro de Educación Primaria Urbana, fui enviado por el profesor guía del seminario (Macario le decíamos), al lugar más remoto del municipio de Chahal, a una aldea llamada Cantutú, que distaba del centro de San Agustín, a unas seis horas de distancia, a puro golpe de calcetín, es decir, totalmente a pie. No solo llegar a la cabecera municipal de Chahal en la década de los 70 era toda una odisea, no digamos transitar a pie hasta dicha aldea.

     Previo a mi entrada triunfal al Chahal antiguo, mi tía Thelma Fernández Ligorría me había conseguido posada en casa de su suegra, doña Luz Molina de Flores (+), quien generosamente me acogió en su morada y al día siguiente gestionó en la municipalidad de la localidad, un guía oriundo del lugar, para acompañarme hasta la micro región de Cantutú, como suelen llamarle ahora.

     En la tarde noche del día de mi llegada, fui al parque central, luces mortecinas de quinqués caseros alumbraban sutilmente sus alrededores, muy pocas almas se encontraban en el lugar por lo que decidí regresar al hogar de doña Luz. Un par de perros jiotosos, a quien les regalé un mendrugo de pan, me acompañaron por las viejas callejas del pueblo bien empedradas, pero poco iluminadas con quinqués hechos por los vecinos del lugar, que los sacaban a sus aceras para iluminar el alma atormentada de algún bolo impenitente…

     Al día siguiente le di pie a la andadura de mi aventura. Salimos con el guía quien dijo llamarse Lej (Alejandro en idioma q’eqchi’) muy de mañana. El sol naciente aún no se hacía presente, por lo que, Lej alumbraba el camino de herradura con un foco de empuñadura. —mira bien tu camino porque podés machucar una cantí (serpiente), repetía constantemente. —no vayas a tocar ningún palo porque podés encontrar un che (palo) de amché o palo brujo y ese quema mucho, enarcando ambas cejas. —no comas mucho, porque te van a dar ganas de defecar (almibarando la palabra que realmente dijo), y si te dan ganas de ir al monte (al estilo único del diputado tres quiebres), te puede salir una tapalcúa (serpiente mítica de dos cabezas que se mete en el cuerpo, ve tú a saber por dónde), —sentenciaba…

     Seis o siete horas después, con los pies ampollados, lodo en los costados, y el trasero anquilosado, llegábamos a Cantutú. Me esperaba un técnico en educación rural, de quien solo recuerdo su nombre: Mariano, con un par de colmillos dracúleo que era todo lo que tenía por dentadura.  Ese par de colmillos era toda su armadura en aquella verde, verde selva, en donde estaba enclavada la aldea.

Mariano, aparte de ser el único maestro del lugar, también fungía como enfermero, casamentero, curandero, partero, consejero y tul (brujo) dada la cercanía de la aldea con la jurisdicción de Cahabón, Alta Verapaz.

     El resto de compañeros que hicieron su trabajo de investigación pedagógica en lugares distintos y distantes, tuvieron más suerte que yo. Al menos eso percibí con las envidiables anécdotas que comentaron a su regreso, unos llegaron a su destino a horcajadas de un caballo, otros surcaron ríos en cayuco, los demás en vehículo automotor de dos, cuatro y más ruedas…

     La algarabía era tal que, previo a irnos a celebrar a un rincón de la Tienda El Estudiante, ubicada estratégicamente en las cercanías del Emilio, Quincho Álvarez (quinchicidad), Melintón Teny (melosa), Francisco Zetina (enchilada), Maca, el chinix (+), Lico García y un tal chafarini, levantamos con todo y pupitre a nuestra compañera Concha y, como si fuera la papisa Juana, sentada en su silla gestatoria, la llevamos en solemne procesión por los amplios corredores del establecimiento, al compás de unas cuantas vivas: ¡Concha, Concha, Concha!…

Todos los presentes, impertérritos celebrábamos el divertimento, a excepción del director del establecimiento y el claustro de catedráticos que, a lo lejos nos veían acongojados y enojados.

     Unas cuantas horas después, en torno a una mesa de cervecería, en la “Tienda El Estudiante”, nuestro amanuense Hugo García, levantaba acta, como era nuestra costumbre cada vez que nos echábamos los alipures (de alipuces, bebidas alcohólicas), actas que eran interminables mediante el recurso del “otrosí”, ante tanta barrabasada que queríamos consignar en punto de acta…

      Previo a la graduación de la promoción del 79, el grupo que me fue cercano, con mi grupo de compañeros, nos fuimos a celebrar a Chamché, balneario que queda a inmediaciones de la Villa de Tactic. Quincho, aportó un galón de cusha importada de su pueblo: Uspantán. Fermentada y “curada” (con muñeco sin duda), rápido surtió sus efectos. Enchilada, ya con el calor de los ranaxcates, se puso sentimental y enamoró a una compañera, de cuyo nombre no quiero acordarme, parafraseando a don Quijote. Como ella no le hizo caso, herido en su orgullo, la zarandeó y la tiró a las frías aguas del balneario. Ahí se acabó la fiesta, aparentemente, sin embargo, la seguimos en Cobán.

     Reunidos en el lugar que ocupaba la tienda mencionada en párrafos anteriores, sacamos nuestro libro de actas y como fue nuestra inveterada costumbre, dejamos constancia por escrito de todo lo acontecido debajo del sol, antes, durante y después de nuestra experiencia de campo, más lo acontecido en el balneario, previo a que el rey de los astros se ocultara en el poniente…

“Sos un gato, no tenés personalidad.”


“Un gato que sueña convertirse en león debe perder el apetito por las ratas.”

Proverbio africano

Jlriveirof, OP

      “Sos un gato, no tenés nada de personalidad”, dijo la “brujer” alebrestada y encalambrada, cuando en calidad de pretendiente quise visitar a su hija en casa y no en callejones como era, es y será la costumbre.

¡Ipso facto! Vedo el consentimiento a un amorío de estudiante, en aquel invierno evanescente de un año cualquiera de nuestro Señor, evidenciando a todas luces que, ella no tenía la inteligencia sentiente que, nosotros teníamos de más.

     La frase resonó estrepitosa cuando la vizcarra de forma caprichosa y maliciosa la utilizó como un dardo venenoso y de forma peyorativa contra mi humanidad. El castigo que ambos le impusimos fue, jugarle la vuelta a horas y deshoras…

     Pues bien, utilizaré la palabra gato para abrir el paso, y de paso hilvanar otras ideas respecto de la palabra en cuestión.

La misma es utilizada en diferentes contextos, como, por ejemplo, para referirse a una persona que, por diferentes motivos no sale de su zona de confort, no planea, no ejecuta, no tiene objetivos inteligentes, ni estrategias, ni valores, ni una visión del futuro, mucho menos una misión coherente que, en consecuencia, no alcanza el tan anhelado éxito en el mundo de los negocios.

Simple y llanamente un gato es alguien que, carece de todas las respuestas a interrogantes existenciales y que, jura y perjura que “el trabajo es tan feo que hasta pagan por hacerlo”, o que, “es la raíz de todos los males”, entre otros absurdos…

     En Guatemala y otras partes de LATAM se utiliza para adjetivar a una persona que vende su trabajo por un mísero salario, en condición de subordinación y explotación, en donde el monto de sus emolumentos no alcanza ni siquiera para cubrir el presupuesto familiar.

     En el contexto carcelario, el abogado Leandro Alperín, experto en sistemas carcelarios, dijo al diario argentino La Nación el 7/4/17 que, se le llama gato al sirviente de todos, al lavaplatos, al que hace los oficios más viles, es aquel que es abusado y pisoteado en sus derechos humanos. Es quien tiene la última posición en el pabellón de ese submundo que son las cárceles en todo el mundo.

     En un contexto laboral, y dándole interpretación al preámbulo introductor, el gato representa lo que muchas personas conformistas, pusilánimes y mediocres son ahora. Aquellas que, están satisfechas en el sopor de la complacencia, aquellas que, están conformes conduciendo carritos de calesita sobre los rieles que otros construyeron sin mejorarlos, aquellas que, tienen por costumbre echar culpas de su propia mediocridad a otras personas, aquellas que, tiran la piedra y esconden la mano, entre un rosario dé etcéteras…

     Ahora bien, “ser gato” en el léxico que atrae nuestra atención, no es un imperativo que rija el comportamiento de las personas en todas las aristas de su vida. Cuando alguien no está conforme con ser gato y quiere metamorfosearse en león, debe entrar en un minucioso proceso de reflexión y tomar una elección que marcará el resto de su existencia y a su núcleo familiar y social.

     Primero: debemos dejar de perseguir ratas y perder el apetito por ellas: las ratas simbolizan las bajas pasiones, los bajos instintos, malos hábitos que practicamos, las cosas que postergamos, las metas que ofrecemos y no alcanzamos, los vicios que roen el alma, rompen las sanas relaciones interpersonales y matan la fe, la esperanza y el amor. Son las contiendas, la insana competencia, las envidias, aquellos viejos paradigmas que ya son irresolubles e impracticables para explicar la realidad, son las ataduras que nos anclan a un pasado sin sentido, inútil y tortuoso que hay que olvidar y dejar atrás.

La rata persigue ratas y vive inmersa en la carrera de la rata, aquella carrera que Robert Kiyosaky y Sharon Lechter, mencionan en su obra Padre Rico, Padre pobre.

     Segundo: al ser la figura del león un símbolo de poderío, para crecer y ser como él se deben cambiar los viejos hábitos que constituyen un lastre. En primera instancia, dejar de perseguir todas las ratas mencionadas en el párrafo anterior, dejar de tener pensamientos limitantes que coartan nuestra libertad de acción y locomoción, los vacíos existenciales son un fiasco, ser autodidacta, tener pensamientos positivos y hacernos preguntas poderosas, solo así podremos salir de las mesetas en donde los pusilánimes construyen su refugio.

     En otras palabras, para transformarnos en un león, hay que “matar nuestra vaca”, y soltar todo el lastre que nos impide alcanzar el nivel de vida que realmente queremos obtener, en dejar de ser rémoras, cavar en el interior de nuestro propio pozo, porque solo ahí encontraremos el Ballarat y el Bendigo que necesitamos para salir de las diferentes pobrezas que el destino nos pone por delante.

El que con ratas se junta, rata se queda. El que entre leones anda, aprende de ellos…

     A tenor de lo expresado, decidí hace mucho tiempo ya, dejar la carrera de la rata, ¿y usted? …

Campamento Buena Vista

 

 

“Un viaje se mide mejor en amigos que en millas.”

Tim Cahill

     Transitando por los meandros caminos del pensamiento, recuerdo a los muchos caninos que teníamos en el Campamento.

Buena Vista se llamaba y pertenecía a la Hidroeléctrica Chulac, a donde se llegaba a finales de los años setenta del siglo pasado, por caminos de terracería.

     Tomando como punto de partida la Ciudad de Cobán, la llegada a dicho campamento eran de unas ocho horas de tormento, inamovibles sentados en un asiento, pasando por distintos poblados: Santa Cruz, Tactic, Tamahú, Tucurú, La Tinta, Telemán, hasta llegar al cruce de Seocóc, para transitar por los vericuetos caminos que conducen a Cahabón, ya en la cumbre se desviaba uno hacia la izquierda para llegar a Buena Vista, a la derecha se seguía para Cahabón, pasando por Chiís, y atravesar el río Cahabón, sobre los puentes: Rock Rock, Quita Calzón I y Quita Calzón II, llamados así por el jefe del campamento, mi tío y padrino Hermógenes  Fernández Ligorría, por obvias razones.

En sus bajos mandó a construir rústicos balnearios para el caminero. De hecho, algún hecho ha de haber quedado como evidencia en la arena para llamarlos de ese modo.

Todos esos pueblos y aldeas forman parte del verde y pujante departamento de Alta Verapaz.

     El nombre de Bella Vista obedece precisamente a la vista bella que tenía el campamento, ubicado en una de las cumbres más altas de las serranías que circundan el lugar.

Desde ahí se podía divisar el Río Polochic serpentear por el cálido y fértil valle con el mismo nombre.

Un valle fecundo que debe su nombre presuntamente a un fraile dominico, de los muchos que vinieron “al nuevo mundo” después del medioevo.

La historia cuenta que, estos frailes fueron ubicando esos pueblos cada 25 kilómetros.

Como todo un equipo conformado, llevaban en su misión, mozos, asistentes, cocineras y topógrafos.

Aunque inverosímil la siguiente leyenda cuenta que, una noche veraniega, “rúbel chaím” (bajo las estrellas), un fraile vio como “la hierba se movía” y escuchó a la orilla del río que sinuoso y caudaloso recorría su camino, tiernos ayes, seguidos de una pequeña pero significativa palabra en idioma Q'eqchi, —ay Polo (hipocorístico de Leopoldo) “chi’c…” (bis).

—¡Ah!, ya se dijo el fraile, —le pondremos a este portentoso Valle, Polochic.

Por tal razón, al valle se le conoce como el Valle del Polochic…

     Así pues, volviendo al tema en cuestión, descrito en el preámbulo introductor, para las vacaciones estudiantiles de la década de los setenta, mi primo Fredy Fernández, un grupo de compañeros y quien suscribe, nos íbamos de campamento a Buena Vista. Según nosotros, pero en virtud del poder del jefe, a quien no le gustaba la ociosidad, nos empleaba y emplanillaba como ayudantes de albañil, nuestro trabajo consistía en limpiar copantes y ayudar al maestro albañil en la construcción de nuevos copantes. Cada uno tenía su porta viandas de peltre y un galón de plástico en donde llevábamos nuestro almuerzo y agua pura.

Al filo del mediodía, hacíamos una hoguera con palos secos recogidos a la vera del camino, aún siento su calor y el rico olor a comida caliente que emanaba de esos trastos puestos sobre tres piedras que le daban cobijo a la leña.

     Desde muy jóvenes aprendimos el valor del trabajo probo y digno, así como también el corolario de las juergas desenfrenadas, cuando puros k'aleb'aales (aldeanos) bajábamos a Panzós a beber el sagrado boj (bebida fermentada de maíz, caña de azúcar y “muñeco”), especialmente los días de pago, que eran cada quince días.

     Era indudable que el poder estaba en todas partes en Buena Vista. El gato (mi padrino) tenía sus “xiques”, (orejas) que le informaban todo lo que hacíamos debajo de ese sol candente.

Uno de ellos era don Coty Díaz, un viejito chaparro y barrigón, oriundo de Chicamán, les tenía pavor a las serpientes. En venganza por una reprimenda que recibí, lo corrí con una barbamarilla descabezada que el padrino había matado de un tiro, cuando la misma me corrió por el campo de futbol para inyectarme su letal veneno. Ese día por poco mato de infarto a don pobre Coty, estaba más pálido que la muerte que se quiso llevar al ex presidente Yamaneti, en fechas recientes.

     La jauría de perros, casi todos de cacería, creo que eran los que más poder tenían en el campamento. Especialmente el recordado Whisky, hijo de una sabuesa sorda, abandonada, más huesuda que la pareja sentimental de A. Giammattei que, recogí en una de las polvorientas callejuelas de Panzós. A lo sumo eran unos quince perros.

 Presumiblemente, éramos los dueños de esa jauría, pero quienes ejercían el poder sobre nosotros, eran ellos, estábamos sometidos. Había que cuidarlos, bañarlos, cepillarlos, ver qué les dieran de comer, etcétera. A la hora de las cacerías eran los perros quienes tomaban el control de la situación, eran quienes ostentaban el poder, quienes ejercían liderazgo, nosotros sus peones, detrás, siempre detrás de ellos. No es una mera perogrullada, pero esos perros tenían más poder que cualquier bípedo implume dentro del campamento.

     De hecho, una fría noche de noviembre, aprovechando que el gato como buen felino andaba de cacería y no estaba en la casa patronal, creyendo que no llegaría a dormir, metí a sus majestades los perros, a todos, toditos, todos, bajo el pabellón sobre su cama, resulta que, llegó pasada la media noche, y al abrir la puerta de su cuarto, el aullido sonoro, al unísono de toda la jauría rasgo el suave manto de la noche que, ahora defendían lo que ellos creían era su territorio y, opacaban las mil y una mentada de madre que me dio…

lunes, 7 de julio de 2025

"Güichito, usted por dónde pasa quema…”

 

 


“Cada vez que algunos hombres de genio se encuentran reunidos en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis, en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el filisteo.”

Nordau

     Dando una lectura fiel  a la fotografía que antecede al post, retrotraigo  el pensamiento a los años idos y me instalo especialmente en el año 1983 de nuestro Señor, cuando me encontraba  a escasos días por cumplir 23 años de edad, tiempo de “malcriadurías” en virtud que, en insensato contubernio con un grupo de colegas, inspectores de saneamiento ambiental,  nos escapamos del internado del Instituto de adiestramiento para personal de salud pública —INDAPS— ubicado en Quiriguá, los Amates, Izabal, donde estudiábamos para profesionalizarnos en esa ocupación.

     El internado parecía un barracón como los del tiempo del holocausto y el director un capo nazi, por lo tanto, el escape fue preparado con la debida antelación y con mucha preparación por mis pares para festejar el arribo de esos libertinos 23 años…, el lugar para el festejo: Puerto Barrios.

Salimos de noche del internado y al llegar a la carretera a pie, obtuvimos un aventón en un tráiler, al llegar al puerto aterrizamos en uno de los muchos antros que pululaban en el lugar, el festejo duró lo que quedaba de la noche y el fin de semana que lo precedía. Al filo del mediodía del domingo retornamos al establecimiento educativo.

El corolario de beber mucha cerveza fría fue padecer al día siguiente una horrible resaca física y moral, más el apercibimiento de parte del director del plantel de expulsarnos por llegar tartajosos al mismo y protestatarios en contra de la razón. No solo que para el director del INDAPS yo no era santo de su devoción, simplemente por ser yo y mis circunstancias…

     Eran los tiempos en donde nos vanagloriábamos de nuestra juventud, cuando nos creíamos el ombligo o la cima del mundo, idealistas románticos con el pelo largo y los pantalones de campana, las respuestas  siempre en la punta de la lengua, contestatarios a morir estigmatizábamos  a los orejas (que casi siempre eran los mismos estudiantes) del director por hipócritas, serviles y arrastrados,  parecían bisagras: si no estaban detrás de las puertas, estaban detrás de las ventanas, especialmente del área en donde pernoctaban las estudiantes de enfermería.

     Eran tiempos de apuestas para ver quién empinaba más el codo para beber más cerveza, quién soplaba más brasas para estremecer y estrujar más corazones, quién era el Romeo de más de dos Julietas o el Werther de más de tres Carlotas…, eran los tiempos en donde no se medían las consecuencias y se soslayaban cuando convenía los convencionalismos sociales…

     En otro escenario similar al primero, durante el mismo año, pero en diferente lugar, otro escape se materializó, esta vez rumbo a Río Dulce. Ahí fui sorprendido con las manos en la masa …, —Güichito, usted por donde pasa quema, — refunfuño don Carlos Requena (+) Vice alcalde de Fray Bartolomé de las Casas, población en donde yo trabajaba como inspector de sanidad. Me encontró en los bajos del puente de Río Dulce. A imitación de Musset, yo ofrecía el sol, la luna y las estrellas por una caricia, y la vida misma por un rosario de besos.

Profesaba una vida bohemia con olor a perfume de mujer, signada por los néctares embriagadores del anís, la cebada, el trigo o la caña, no importaba cuál elixir, al final, todos llevaban al mismo paroxismo.

Ni lento ni perezoso don Carlitos rápido llevó las noticias a mi entrañable parcelamiento de las Casas, y al llegar me mandaron a “tocar las golondrinas.” Un par de horas después los mariachis me pisaban los talones…

     Como el agua entre los dedos, los años verdes se fueron, hoy estoy a un par de meses de distancia para arribar a mi 65 aniversario de vida, vivo la misma con levedad, inmerso en la era de la sexalescencia, es el tiempo en donde se vive con propósito, con dignidad y con decoro, en donde el eterno retorno de Nietzsche se hace necesario para que, llegado el momento de nacer a la vida eterna se haga pidiendo más luz como Johann Wolfgang Von Goethe…

El tiempo del lobo de las estepas ya pasó, es el tiempo del lobo domesticado…

Jlriveirof